Sobre las pronunciaciones clásicas del latín y el griego
Una breve historia con Erasmo de Róterdam y Antonio de Nebrija...
Este es el segundo capítulo de un nuevo libro que estoy preparando para publicar —si todo va según lo previsto— en el tercer trimestre de 2026. Se trata de un libro divulgativo sobre* el latín y el griego, así como etimologías y cultura clásica.
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Que el imperio de occidente «cayera» en el siglo V no significa que el latín dejara de hablarse entonces, por supuesto. Lo que sí es cierto es que poco a poco el latín fue fragmentándose en las llamadas lenguas romances, entre ellas las que habrían de ser los actuales español, catalán, portugués, francés, italiano y rumano, entre otras.
Incluso cuando el latín ya había dejado de ser lengua nativa de nadie, seguía hablándose y escribiéndose latín, aunque era ya cosa de unos pocos letrados y gente de la Iglesia. Eso sí, si antes hemos hablado de la pronunciación hispánica (a la española) y de la eclesiástica (a la italiana), tendríamos que hablar también de a la francesa, a la inglesa, a la alemana, etc. (¡y aquí estamos simplificando muchísimo!).
Ya en el siglo VIII con el llamado Renacimiento Carolingio, de la mano de Carlomagno y su intelectual de confianza, Alcuino de York, se intentó poner un poco de orden, pues cada reino y territorio a lo largo de toda Europa pronunciaba el latín a su manera, según las particularidades de cada lengua local (o, dicho en román paladino, cada uno pronunciaba el latín como si lo leyera en su propia lengua).
En un tiempo en que la mayoría de gente leería Cicero como [tsítsero] o [chíchero] o algo similar, se estableció algo tan simple como que c siempre sonaba [k] independiente de la letra que le siguiera; sin embargo, se prescribía que ae había de pronunciarse [e], con lo que Caesar se quedaba como [késar], aunque al menos ya no como [tsésar] o [chésar]. Pese a lo precario de esta protofilología, este fue un magnífico buen primer intento, si bien la intención no fue tanto de reconstruir la pronunciación clásica como de simplemente uniformarla de alguna forma basándose en algún criterio.
Aquello, sin embargo, no debió de terminar de calar, ya que desde finales del siglo XV los humanistas volvieron a sacar el tema a relucir. En este punto, lo normal sería hablar directamente del famoso Erasmo de Róterdam y su obra Dialogus de recta Latini Graecique sermonis pronuntiatione (Diálogo sobre la correcta pronunciación del latín y el griego). Sin embargo, siendo yo español y de Sevilla, no puedo quedarme sin al menos mencionar a Antonio de Nebrija, en mi opinión uno de los primeros —si no el primero— en todo el mundo en poder ser llamado filólogo y lingüista sin tener que añadir proto-. Si te saltaste la presentación, te recomiendo que al menos leas la cita de Ingram Bywater sobre Nebrija, porque encaja a la perfección aquí.
Tomando ahora las propias palabras de Nebrija (parafraseadas desde el latín):
Puede demostrarse que nos equivocamos en la pronunciación de ciertas letras griegas y latinas a partir de las definiciones y principios que tenemos de todos los gramáticos tanto griegos como latinos, tanto los más antiguos como los menos.
Y justo en estas pocas palabras de Nebrija encontramos su genialidad en un momento en que la filología estaba en pañales si no en estado embrionario: se puede reconstruir la pronunciación de una lengua de la que no hay registros orales a partir de lo que decían los gramáticos que hablaban de forma nativa esa lengua. Además, hay pistas de otro tipo que los lingüistas han de considerar, como las que ofrecen las inscripciones antiguas: si p. ej. aedilis (edil) aparece escrito aidilis en latín arcaico, y constantemente vemos que en inscripciones arcaicas tenemos ai por lo que en latín clásico es ae, eso ha de querer decir que ese diptongo cambió su pronunciación entre el latín arcaico y el clásico.
En época de los humanistas, estaba bastante claro que lenguas como el castellano, el francés y el italiano procedían del latín. Ahora bien, algo chirriaba en el hecho de que estos pueblos pronunciaran una misma palabra de forma diferente, p. ej. Caesar como [tsésar], [sésar] y [chésar]: no era posible que tres pronunciaciones distintas se correspondieran con una misma palabra que en época clásica debía de pronunciarse de una misma forma.



