¿Cómo hemos de leer el latín?
Más concretamente, el latín clásico de Cicerón, Julio César, Virgilio...
Este es el comienzo de un nuevo libro que estoy preparando para publicar —si todo va según lo previsto— en el tercer trimestre de 2026. Se trata de un libro divulgativo sobre* el latín y el griego, así como etimologías y cultura clásica.
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Cualquier persona que sepa leer español sabe leer latín. Naturalmente, una cosa es leer y otra cosa muy distinta es entender. ¡Incluso hay muchos hispanohablantes que leen español sin entenderlo! Pero centrémonos: no hablamos ahora de comprensión lectora…
Es bien sabido que el español utiliza el alfabeto latino: salvo algún añadido como la ñ, seguimos usando las mismas letras que Ovidio, Julio César, Catón o Escipión el Africano. O sea, para leer latín no tenemos que aprender un alfabeto distinto, como sí es el caso de quien aprende griego, ruso, armenio, hebreo o chino.
Si viajáramos en el tiempo a la antigua Roma, podríamos leer las inscripciones de sus monumentos y los textos de sus papiros y pergaminos, ¡e incluso reconocer bastantes palabras! Ahora bien: ¿qué ocurriría si leyéramos esos textos en voz alta? ¿Cuánto diferiría nuestra pronunciación del latín de la de un romano de la época? ¿Hasta qué grado nos entendería con nuestro acentazo del siglo XXI? Y la gran pregunta: ¿cómo podemos saber cómo pronunciaban los romanos, si —obviamente— no tenemos grabaciones?
No nos hace falta ser crononautas para tratar algunas de estas cuestiones. Tomemos, por poner un ejemplo, el famoso comienzo de la Guerra de las Galias de Julio César:
Gallia est omnis divisa in partes tres, quarum unam incolunt Belgae, aliam Aquitani, tertiam qui ipsorum lingua Celtae, nostra Galli appellantur.
La pronunciación de un italiano y la de un español va a diferir de forma relativamente significativa; e, incluso dentro de España, quienes estudiaron los latines hace varias generaciones leerán de una forma distinta a como se enseña hoy en día. En resumidas cuentas, tenemos dos grandes pronunciaciones «internacionales», además de la pronunciación que podemos llamar hispánica.
Se atribuye a Tomás de Aquino y a Agustín de Hipona entre otros la frase hominem unius libri timeo ‘temo al hombre de un solo libro’. A mí me pasa lo mismo, pero parafraseando la cita como temo al hombre de una sola pronunciación, porque —aunque todas las pronunciaciones son aceptables— quien solo conoce una pronunciación es quien va por ahí desprestigiando a quien emplea otra (y esto no ocurre solo con el latín, sino que es esencialmente la raíz de la glotofobia y el hablismo en lenguas actuales).
Sea como fuere, vamos a hablar de estas tres pronunciaciones del latín.
Pronunciación hispánica
Empecemos por la última que hemos mencionado, la hispánica, ya en retroceso durante décadas, casi un vestigio de los latines de los curas, pero aún todavía hoy la única pronunciación que conocen muchos hispanohablantes. Consiste en leer latín a la española —con matices— tal cual como si le diéramos a un niño de ocho años un texto en latín y le dijéramos que lo leyera; así, divisa como /dibísa/1 o Aquitani como /akitáni/.
Eso sí, como decíamos, con matices. Ya tenemos algo en la primerísima palabra: Gallia se pronuncia /gál.lia/ (pronunciando las dos eles por separado). En Celtae tendríamos la pronunciación /zélte/ sin seseo o /sélte/ con él; pero vemos que ae no se lee tal cual, sino simplemente como /e/. Y, si ae se lee /e/, entonces la g de Belgae no se pronuncia como la g de gato, sino como la de genio: /bélje/. De forma similar, el nombre del autor del texto, Caesar, se leería /zésar/ o /sésar/, y el del más famoso orador, Cicero, /zízero/ o /sísero/. Otro rasgo es que la secuencia ti seguida de otra vocal se pronuncia como ci: tertia /térzia/ o /térsia/.
Aun así, esta pronunciación hispánica, por ser en gran medida la de los curas, tiende a tener algunas influencias de la siguiente que veremos, la conocida como eclesiástica, y así podemos tener pronunciaciones entremezcladas como /chélte/, /bélye/, /chésar/, /chíchero/, /tértsia/ e incluso /áñus/ por agnus.
Pronunciación eclesiástica
La pronunciación eclesiástica, como su propio nombre indica, es la que se emplea hoy en día en el Vaticano, lo cual la hace de facto la pronunciación eclesiástica internacional. Es también la que se suele usar en la música sacra, y no solo en el Réquiem de Verdi por ser italiano, sino también en el del austriaco Mozart.
Si la pronunciación hispánica es casi leer latín como si fuera español, la pronunciación eclesiástica es casi leer latín como si fuera italiano. Ya hemos dado una buena cantidad de ejemplos hace un par de párrafos. A modo de curiosidad, en Italia la pronunciación eclesiástica es prácticamente omnipresente, incluso en las clases de latín del instituto y hasta la universidad. De hecho, ¡la mayoría de los italianos desconoce que exista alguna otra pronunciación!
Pronunciación clásica
La última pronunciación, que es la que realmente nos interesa a nosotros en este libro, es la comúnmente conocida como clásica, también llamada restituida o directamente en latín pronuntiatio restituta. Y aquí comenzamos a dar respuesta a la famosa pregunta de cómo sabemos cómo pronunciaban los romanos: se trata de una pronunciación restituida, o, dicho de otra forma, reconstruida, y concretamente la de época clásica, o sea, la de Julio César, Cicerón o Virgilio, que no es necesariamente la misma en todos los aspectos que la de sus antepasados Catón el Viejo o Escipión el Africano ni la de quienes fueron después como Marco Aurelio o Juliano el Apóstata.
Esto, a priori, puede dar la impresión de que es algo artificial, como de película de ciencia ficción o una especie de cosa frankensteiniana. Sin embargo, no es así. Por poner un símil bastante simple —y hasta cierto punto paralelo cronológicamente, como veremos—, pensemos en los dinosaurios y el conocimiento que hemos ido teniendo de ellos.
No fue hasta tan tarde como el siglo XIX que empezamos a estudiar realmente a los dinosaurios como tales (hasta entonces, se pensaba incluso que los fósiles eran restos de gigantes humanos, entre otras extravagancias). A partir de esos primeros restos, por el parecido físico con los reptiles que conocemos bien, se pensó que eran reptiles gigantes, versiones mucho mayores de los cocodrilos, etc.
Poco a poco se fueron afinando los conocimientos conforme los expertos iban encontrando más información, ¡hasta el punto de pasar de creer que eran reptiles a que, de hecho, eran más cercanos a las aves, ya que había señales de plumas!
El propósito no es inventar un engendro juntando un montón de datos por lo demás inconexos: el propósito es analizar esos datos e ir dándoles forma de manera coherente, de modo que vayamos acercándonos cada vez más a la realidad del pasado que aún desconocemos completamente. ¡Incluso si esa realidad es menos glamurosa que la conjeturada inicialmente! ¿Que en el imaginario colectivo tenemos al tiranosaurio como un gran rey de los dinosaurios? ¡Sería una lástima ponernos a reflexionar sobre sus patitas delanteras, si era más carroñero que cazador o si tenía que correr poco y con cuidado, no fuera a caerse y romperse los huesos! Y, sin embargo, así debe hacerse la investigación seria.
Lo mismo pasa con lo que se conoce como lingüística histórica, que es a la lingüística y la filología lo que la arqueología es a la historia: comenzamos con un conocimiento limitado del pasado, pero a partir de unos precarios cimientos poco a poco vamos rellenando los huecos conforme se investiga más y se encuentra nueva información.
Y así es como cada vez sabemos más sobre la pronunciación de los romanos. Sí conocemos de forma esencialmente completa lo más básico y principal, o sea, cómo se pronunciaban las letras. Ahora bien, ¿lo conocemos todo sobre la pronunciación, sobre la entonación, sobre los acentos de unas partes y otras del vasto imperio? ¡Por supuesto que no! Pero sí sabemos más que hace diez, cincuenta o cien años; y dentro de cinco, diez o veinte años sabremos más que ahora mismo.
Este es el comienzo de un nuevo libro que estoy preparando para publicar —si todo va según lo previsto— en el tercer trimestre de 2026. Se trata de un libro divulgativo sobre* el latín y el griego, así como etimologías y cultura clásica.
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* Como aclaro en la presentación del libro (y pongo el símil de las carreras de Filología, aunque el libro es divulgativo):
Los contenidos de latín y griego no son para aprender latín y griego, sino sobre el latín y el griego.
Las carreras de Filología no tienen la función de que uno aprenda la lengua, que hay que traerla sabida de casa, sino sobre la lengua y los diversos aspectos culturales que la rodean.
Por la naturaleza divulgativa de este libro, usaré el sistema de transcripción establecido en el Diccionario panhispánico de dudas de la RAE/ASALE; solo en casos necesarios añadiré otros símbolos.


