El escriptorio de Nebrija

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«El libro de los piratas», de Henry Gilbert

La venganza de César

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Paco Álvarez Comesaña
ene 26, 2024
∙ De pago

A continuación tienes uno de los capítulos de El libro de los piratas, de Henry Gilbert.

Valerio invitó a su huésped a cenar con él cuando llegaran a su villa de Mileto al cabo de una hora.

—Gracias —respondió César—, pero hoy no cenaré. Sí te voy a pedir que me prestes cuatro galeras y todos los buenos combatientes que puedas comandar.

Valerio dudó.

—¿Para qué quieres todo eso?

—Te pagaré tres talentos por el préstamo —respondió César—, y tendrás de vuelta tanto las galeras como los hombres sin mucha pérdida.

—Si piensas atrapar a esos piratas... —comenzó a decir Valerio.

—No pienso en ello —replicó César en tono cortés pero firme—: voy a atrapar a esos bribones, a cada uno de ellos, y los colgaré como cuervos a lo largo de la costa para asustar a otros sucios bribones.

Hacía tiempo que Valerio había dejado atrás sus días de lucha: ahora le gustaban las comidas bien cocinadas y los vinos griegos, pero reconocía a un hombre dominante cuando lo veía, y sin decir una palabra más aceptó. ¿Quién era él para resistirse a la voluntad de este joven patricio, con, por lo que Valerio sabía, poderosos amigos en Roma, y que, en cualquier caso, era uno por el que se habían pagado cincuenta talentos? Aceptó, pues, poner bajo el mando de César cuatro galeras y quinientos soldados, doscientos de los cuales eran combatientes experimentados de su propia guardia, y los demás, auxiliares nativos.

—Y supongamos que consigues apresar a esos bribones desesperados —dijo Valerio—, pero no te prometo que te resulte una tarea fácil... ¿Qué te propones hacer con ellos?

—Los traeré aquí y te pediré que les des muerte a todos —fue la respuesta.

—¿Y crees que eso me servirá de algo? —preguntó Valerio enfadado—. Tendré a todos mis mercaderes despotricando contra mí. Tal y como están las cosas, pagan su tributo a este Espártakos, y con eso sus galeras tienen libertad. Si lo crucificas, vendrá un bribón igual de gordo y ocupará su lugar, y mis mercaderes tendrán que pagar más extorsiones.

—Lamento amenazar estos gratos acuerdos comerciales —dijo César, con una sonrisa cínica—. Entonces te ahorraré la molestia de castigar a estos amigos de tus mercaderes y los llevaré a Pérgamo.

—Hazlo, y quedaré encantado —replicó Valerio, recuperando su buen humor—. Deja que el pretor Junio se ocupe del asunto. Además, solo él tiene derecho al poder de la vida y la muerte.

Tras unas palabras más, César se separó del gobernador, que se alegró de ver la espalda de aquel joven que deseaba perturbar las cómodas relaciones existentes entre los mercaderes de Mileto y los piratas que patrullaban aquella parte de la costa.

Mientras tanto, los piratas, tras regresar a la isla, se entregaron a una gran juerga para celebrar el rico botín que tan fácilmente habían conseguido. Se bebió mucho vino embriagador, se pronunciaron discursos jactanciosos, y se amenizó el momento con canciones y bromas. Incluso los vigías del punto más alto de las rocas se habían unido a la fiesta, y el mar había quedado sin vigilar. Por tanto, cuando, con la brusquedad de una tempestad surgida del cielo estival, los hombres se abalanzaron sobre ellos desde entre las rocas, los piratas, medio aturdidos, apenas pudieron oponer resistencia a lo que se les antojó un número abrumador. Los que intentaron luchar fueron abatidos; los demás fueron rodeados y se les ordenó arrojar las armas.

—¿Quién os manda? —gritó Espártakos, balanceándose sobre sus pies, con rabia impotente en la voz.

De detrás de un grupo de soldados apareció la figura alta y esbelta de César, sonriente, pero con un brillo frío en los ojos.

Espártakos se sobresaltó; luego maldijo con vehemencia durante un rato, y después guardó silencio. Mikios miró sombríamente a César y luego, con ebria gravedad, se volvió hacia Espártakos y meneó la cabeza con gesto sabio.

—Dijo que nos crucificaría, y... ¡y así lo hará!

Rodeados por los soldados, que estaban de pie con las espadas desenvainadas listos para abatir a cualquier pirata que se aventurara a escapar o a resistirse, los bribones fueron inmovilizados y luego arrojados al fondo de las galeras. Solo unos pocos habían escapado huyendo hacia el interior de la isla cuando se produjo el asalto sorpresa, y el número de apresados ascendía a unos trescientos cincuenta. César recuperó también la totalidad de los cincuenta talentos que habían constituido su rescate.

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