A continuación tienes uno de los capítulos de El libro de los piratas, de Henry Gilbert.
En la popa, con el jefe de los mercaderes, viajaba un hombre joven y discreto, un romano a juzgar por su vestimenta, de rasgos aristocráticos y porte audaz y seguro. Vestía una túnica de lana blanca, con mangas que llegaban hasta las muñecas, donde estaban cortadas con una especie de fleco. La prenda estaba apenas ceñida por un cinto. En aquella época, la túnica con flecos y el cinto holgado se consideraban signos de afeminamiento. En los pies llevaba zapatos de cuero escarlata. Al ver que las galeras piratas se acercaban cada vez más, el joven se rio de los gritos lastimeros del mercader.
—Es inútil que te lamentes —dijo con sorna—. Si hubieras esperado a los otros mercaderes, habrías podido derrotar a estos bribones. Tal como están las cosas, te superan en número por tres a dos.
—Pero yo quería llegar al mercado antes que los demás —se quejó el viejo y codicioso mercader—. ¡Qué pérdida! Estos bribones me harán pagar muy caro mi rescate. ¡Ay, si hubiera esperado...!
El joven se dio la vuelta con un bostezo. Dos criados estaban cerca, y ordenó a uno que pidiera a su médico que fuera a verle; al otro le dijo que le llevara la toga y que dijera al resto de sus criados que subieran a la popa. Luego se apoyó ociosamente en el costado del navío y contempló la veloz embestida de la primera galera.
El mercader, viendo que no había escapatoria, había ordenado a sus esclavos que dejaran de remar, y sus marineros estaban arriando las velas. Pronto las galeras mercantes perdieron el rumbo y se quedaron inmóviles sobre el agua. Espártakos condujo su galera a menos de cien metros; entonces, con una sola palabra, sus hombres dejaron de remar y la galera se deslizó a corta distancia.
—¿Qué barco es ese? —le preguntaron.
—El vellocino de oro, de Rodas —fue la respuesta—, propiedad de Vinius el lidio.
—Si Vinius el lidio está ahí, que suba a bordo —fue la orden—. Si no está, que venga el capitán.
Vinius, el viejo mercader, subió entonces a una pequeña barca con dos de sus hombres y, llevando consigo su dinero y sus joyas, fue conducido a remo hasta la galera pirata. Mientras tanto, el joven aristócrata, rodeado de sus sirvientes, se sentó con Cinna, su amigo y médico y, sacando un pergamino del pliegue del pecho de su toga, comenzó a hablar de su contenido, como si la visita de unos trescientos piratas, que no daban importancia a hundir las galeras y la gente a bordo de ellas, fuera algo cotidiano.
Al poco rato, de cada uno de los barcos piratas zarpó un bote repleto de hombres. Abordaron el gran mercante y, tras examinar rápidamente la carga para comprobar su valor, se concentraron en los pasajeros de la popa.
Fue la rápida vista de Espártakos la que distinguió al joven caballero romano en el centro de su séquito. Mientras avanzaba por la pasarela hacia la popa, gruñó a Mikios, que estaba tras de sí:
—Aquí hay algún vástago de Atenas o Roma que pagará por nuestros servicios.
Al llegar a la popa, los piratas se dirigieron hacia el grupo. Los sirvientes se cerraron en torno a su amo, movimiento ante el cual Espártakos rio.
—¡Apartaos, perros! —dijo—. Quiero el dinero de vuestro señor, no su vida.
—¿Qué pasa, Formio? —dijo el joven romano.
Los esclavos abrieron paso a los piratas, que se acercaron al joven noble. Este, envuelto en su toga con su franja de color púrpura intenso, levantó la vista con un ligero aire de fastidio por ser molestado.
—¿Quién eres? —preguntó Espártakos con dureza, disgustado por el aire altivo del aristócrata.
El otro miró a su interlocutor con una sonrisa condescendiente durante un instante. Luego, con un gesto, se volvió hacia su amigo con estas palabras:
—Díselo, Cinna.
El médico, un hombre de edad avanzada, miró con altanería al pirata y dijo:
—Este señor es Gayo Julio César, de Roma.
—¿Cuánto pagará por su vida y la de su gente? —preguntó el pirata.
Cinna se encogió de hombros y miró a su amo, que, sin embargo, había vuelto a su libro. Espártakos esperó una respuesta, pero, como ni César ni Cinna parecían pensar que la pregunta les concerniera, y no intentaron romper el frío silencio, Espártakos, con una furiosa maldición, se volvió hacia Mikios y dijo:
—¿Cuánto valen, crees? Por la soberbia que tienen, no bastaría ni el tesoro de Midas.
Mikios miró a la multitud de esclavos y libertos como si estimara su valor de mercado, y luego murmuró una sugerencia a su capitán.
—Lo doblaré —replicó Espártakos—: veinte talentos es lo que quiero.
César levantó la cabeza y en sus ojos se reflejó una mirada de auténtica cólera.
—¡Veinte talentos! —dijo con frialdad—. Mi buen amigo, me temo que ninguno de los dos sabe de lo que habla. ¡Cualquiera que me conozca os dirá que valgo al menos cincuenta talentos!
Espártakos se quedó mudo de sorpresa. Por regla general, la gente estaba deseosa de pagar el rescate más bajo que sus captores aceptaran, y que un prisionero incrementara el precio que le habían puesto era algo inaudito. Además, la tasación de César (equivalente a casi un millón de euros en el siglo xxi) era una cantidad asombrosa. Espártakos hizo un esfuerzo para superar su sorpresa y aceptó la oferta.
—Como quieras —dijo, con una risa áspera—. Cincuenta talentos pagarás antes de volver a ver Roma.
—Enviaré a mi gente con cartas a Roma —respondió César—. Los embarcarás rumbo allí de inmediato, y el dinero estará en tus manos para las calendas de agosto.
Espártakos frunció el ceño; de algún modo, este aristócrata parecía estar dando órdenes, y su captor tenía que obedecerlas. El pirata gruñó y se marchó. Al poco rato, las galeras de los mercaderes viraron y remaron hacia la isla, donde anclaron en una pequeña bahía y desembarcaron los ricos aparejos y mercancías para añadirlos a las provisiones de los piratas. César, el mercader y su gente fueron alojados en cabañas del poblado de los piratas, situadas en un amplio campo verde justo debajo de la alta roca que formaba el puesto de vigía de Espártakos y su banda. Allí esperarían el momento de recibir el dinero de los rescates. En pocas horas, César había escrito sus cartas a amigos y parientes en Roma, y a la mañana siguiente el barco mercante más pequeño fue ocupado por los piratas, los libertos y esclavos de César, que debían llevar las cartas; subieron a bordo y, con viento favorable, se puso rumbo a Italia. El mismo día, los piratas, en una de sus propias galeras, llevaron a algunos de los esclavos del mercader a Mileto, que estaba a pocas millas de distancia, en tierra firme. César también envió cartas a través de ellos a sus amigos de Asia Menor, en particular a Nicomedes, el rico rey de Bitinia.

