El escriptorio de Nebrija

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«Historias de piratas», de Juan Cabal

Los «vikings» y sus sucesores

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Paco Álvarez Comesaña
may 28, 2026
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A continuación tienes uno de los capítulos de Historias de piratas, de Juan Cabal.

En 1893, con motivo de celebrarse en Chicago la Exposición Universal Colombina (World’s Columbian Exposition), España envió a los Estados Unidos tres carabelas que eran una copia exacta de la Niña, la Pinta y la Santa María, naves con las cuales Cristóbal Colón rasgó el misterio del Atlántico y descubrió el Nuevo Mundo. Construidas en los astilleros gaditanos de La Carraca con paciente escrupulosidad, las tres nuevas carabelas, en todo semejantes a las antiguas, partieron de Cádiz y tomaron el mismo rumbo seguido por los descubridores cuatro siglos antes. Su último destino era el lago de Michigan, al que llegaron, recorriendo las mil millas que lo separan del mar, por el río de San Lorenzo.

El capitán Concas, que navegaba en la moderna Santa María con una tripulación española contó que había corrido una terrible tormenta, durante la cual su velero anacrónico hubo de sufrir daños considerables en la arboladura. Ello no obstante, el tiempo empleado en la travesía —treinta y seis días— representaba un progreso con relación al primer viaje, que duró más de dos meses.

Los noruegos, picados en su orgullo nacional, no quisieron ser menos que los españoles. También ellos enviaron a Newport, Rhode Island, la reproducción de un barco primitivo, el que sirvió a los vikings para llegar a una playa americana quinientos años antes de que lo hiciera Colón.

Esta proeza de los escandinavos, en el caso de haberse realizado como se pretende, no añadió ningún conocimiento geográfico a los muy escasos del siglo X. Los vikings no fueron descubridores, sino aventureros. Por casualidad pudieron llegar a una tierra ignorada del hemisferio occidental, que no trataron de penetrar ni conocer, y de este modo una mitad del globo terráqueo continuó envuelta en el misterio. Pero, aunque de nada sirviera, es de justicia el reconocer la audacia de unos navegantes intrépidos que desafiaron con sin igual arrojo los peligros de lo desconocido, pues sus navichuelos eran todavía más deleznables que los empleados por Colón y los Pinzones. La gloria que se atribuyen los pueblos del Báltico, por este motivo, no admite discusión.

Ahora bien: los vikings eran piratas, como lo expresa su mismo nombre. Que el orgullo de raza pueda fundarse en gestas de antecesores piratas parece, a primera vista, una enormidad, aunque el caso de Escandinavia no es excepcional. También Inglaterra se ha sentido siempre orgullosa de sus piratas, como se verá más adelante.

Pero dejemos las digresiones para ocuparnos solo de los vikings.

No es de creer que los normandos, caídos como una plaga sobre una parte del imperio de Roma, sujetaran sus costumbres a los principios de una moral muy estrecha. El pillaje, si se acompañaba de un acto de valor, debía parecerles legítimo. Los vikings, aunque piratas, eran sus héroes, y todo joven normando, hasta cuando pertenecía a una familia acomodada, deseaba tomar parte en sus incursiones para completar de este modo su formación.

Los vikings estaban organizados y se regían por leyes hasta cierto punto semejantes a las del código del honor que fue norma de conducta entre los caballeros de la Edad Media. Eran, por decirlo así, unos caballeros ladrones, o unos ladrones caballeros; pero castigaban el robo severamente cuando se cometía dentro de su comunidad, y cualquier escamoteo advertido en el reparto del botín era considerado por ellos como un crimen, del cual el culpable no podía redimirse jamás. La traición se pagaba con la vida, y el desertor, tenido por cobarde, raras veces podía sobrevivir a su vergüenza.

Las reglas observadas para su gobierno no impedían a los vikings hacerse temer por su ferocidad. Eran altos, recios, musculosos, tan notables por su fuerza como por su empuje. La expresión de su rostro, de crecida y enmarañada barba, infundía pavor. Usaban cota de malla para defender las partes más vulnerables de su cuerpo, y sus armas eran una espada gigantesca, el hacha, el arco y el venablo. No daban cuartel al enemigo, y, como los bárbaros de Atila, después de haberle derribado, le mordían en la garganta para rematarle.

Se los recuerda con admiración, sin embargo, no por haber sido tan fieros, sino como marinos de una intrepidez inigualable, según ya hemos dicho. Porque no se concibe cómo podían hacer tan largos viajes embarcados en verdaderos cascarones.

Sus naves, que terminaban en punta por ambos extremos, eran largas y estrechas, así como de poco calado y de escasas condiciones marineras para desafiar la furia de los elementos. Movidas casi siempre por remos, aunque llevaban todas un mástil para izar en él la vela cuando había viento propicio, su maniobra debía ser muy laboriosa y de andar muy lento. Los remeros, que en los barcos de mayor porte llegaron al número de sesenta, treinta por cada lado, no eran esclavos: todos los hombres de la tripulación, descontados los mandos, se relevaban en este menester, del mismo modo que en los combates ninguno podía dejar de intervenir. No tenían bandera; en su lugar, los escudos redondos de los jefes eran colgados en las dos bandas del navío.

Durante más de una centuria, los vikings demostraron una particular predilección por el clima británico. Quiere esto decir que sus desagradables visitas a las costas de Inglaterra y Escocia, así como a las de Irlanda, eran muy frecuentes. Entraban a saco en las poblaciones ribereñas con la furia de un vendaval; mataban a quien intentase detenerlos; pegaban fuego a las casas, después de haberse apoderado de todos los objetos de valor, y huían enseguida con el botín, añadiendo al mismo un buen número de mujeres, generalmente jóvenes. Esto ocurría ochocientos años más tarde de haber invadido Julio César la Gran Bretaña.

Andando el tiempo, los piratas del Báltico, sin duda para acortar la distancia que los separaba del que había pasado a ser su campo de operaciones, se establecieron en las pequeñas islas situadas al largo de la costa inglesa. En Irlanda llegaron a ocupar casi la mitad del territorio, mientras en Escocia se despoblaba el litoral por efecto del terror. Saquearon también varias ciudades de Alemania, dejando Hamburgo, puerto el más floreciente por su comercio, envuelto en llamas. Remontaron los ríos de Francia para más tarde afirmar su dominio en el país que se llamó en adelante la Normandía, trampolín que serviría a otros hombres de su raza para conquistar en el siglo XI toda Inglaterra. Llegaron, en fin, a España y se metieron en el Mediterráneo.

No había fuerza organizada en el mundo que pudiera hacerles frente, y eran temidos en todas las costas marítimas de la cristiandad como el azote más terrible enviado por Dios contra la tierra. Por otra parte, se multiplicaban prodigiosamente, sin duda a causa de los éxitos obtenidos en sus correrías, y sobre todo en el Báltico y en el mar del Norte no podía haber otra navegación que la suya. A fines del siglo IX, el rey Alfredo de Inglaterra se atrevió, sin embargo, a combatirlos, tomando el buen acuerdo de promulgar una ley según la cual todos los normandos debían ser tratados como piratas, y de este modo logró detener por algún tiempo sus depredaciones. También fue creada con el mismo objeto la llamada Hansa Teutónica, o liga hanseática de las ciudades alemanas, aunque esto fue trescientos años más tarde, cuando ya no todos los piratas eran verdaderos vikings.

Desde luego no puede ser considerado como viking el célebre Stertebeker, fundador de la cofradía «Amigos de Dios y enemigos del mundo», que vino a ser una alianza de los cuatro corsarios más temidos del siglo XIV. Stertebeker, noble arruinado, igualmente famoso por sus fechorías y por sus borracheras (su nombre significa Pichel de un trago), se juntó con otros tres capitanes de banda —Godekins, Moltke y Manteufel— para dominar los mares del Norte. Lo hicieron tan bien que, después de haberse apoderado de innumerables barcos mercantes, toda navegación comercial quedó interrumpida. Otra de sus hazañas, la de mayor resonancia, fue el incendio y saqueo de Bergen, la ciudad más importante de Noruega, cuyos principales mercaderes capturaron, obligándolos a pagar cuantiosos rescates.

Una expedición organizada por Margarita de Suecia y Ricardo II de Inglaterra contra los «Amigos de Dios y enemigos del mundo» fracasó estrepitosamente. No tuvo mejor fortuna la escuadra de la liga hanseática, compuesta de treinta y cinco navíos de guerra, que tampoco pudo vencer a los piratas. Pero lo consiguió, por fin, Simón de Utrecht con una flota hamburguesa, y Stertebeker, hecho prisionero, fue condenado a muerte.

Su ejecución reunió en la plaza de Hamburgo una multitud inmensa. Es fama que había hecho ahuecar el mástil de su barco para esconder en él sus riquezas, y que encontraron allí oro fundido en cantidad suficiente para cubrir los gastos de la expedición, indemnizar a los mercaderes perdidosos y hacer una corona para el campanario de San Nicolás, iglesia hamburguesa preferida de los marinos.

Pero esto pertenece más a la leyenda que a la historia.


Stertebeker, como ya se ha dicho, no debe ser confundido con los vikings, porque pertenece a una época posterior. Murió en los albores del siglo XV. Desde mucho antes habían comenzado a piratear, en el Báltico y en el mar del Norte, aventureros de todas partes: escandinavos, valones, franceses, ingleses, comprendidos entre estos últimos los de Escocia y de Irlanda.

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