A continuación tienes uno de los capítulos de Historias de piratas, de Juan Cabal.
En 1893, con motivo de celebrarse en Chicago la Exposición Universal Colombina (World’s Columbian Exposition), España envió a los Estados Unidos tres carabelas que eran una copia exacta de la Niña, la Pinta y la Santa María, naves con las cuales Cristóbal Colón rasgó el misterio del Atlántico y descubrió el Nuevo Mundo. Construidas en los astilleros gaditanos de La Carraca con paciente escrupulosidad, las tres nuevas carabelas, en todo semejantes a las antiguas, partieron de Cádiz y tomaron el mismo rumbo seguido por los descubridores cuatro siglos antes. Su último destino era el lago de Michigan, al que llegaron, recorriendo las mil millas que lo separan del mar, por el río de San Lorenzo.
El capitán Concas, que navegaba en la moderna Santa María con una tripulación española contó que había corrido una terrible tormenta, durante la cual su velero anacrónico hubo de sufrir daños considerables en la arboladura. Ello no obstante, el tiempo empleado en la travesía —treinta y seis días— representaba un progreso con relación al primer viaje, que duró más de dos meses.
Los noruegos, picados en su orgullo nacional, no quisieron ser menos que los españoles. También ellos enviaron a Newport, Rhode Island, la reproducción de un barco primitivo, el que sirvió a los vikings para llegar a una playa americana quinientos años antes de que lo hiciera Colón.
Esta proeza de los escandinavos, en el caso de haberse realizado como se pretende, no añadió ningún conocimiento geográfico a los muy escasos del siglo X. Los vikings no fueron descubridores, sino aventureros. Por casualidad pudieron llegar a una tierra ignorada del hemisferio occidental, que no trataron de penetrar ni conocer, y de este modo una mitad del globo terráqueo continuó envuelta en el misterio. Pero, aunque de nada sirviera, es de justicia el reconocer la audacia de unos navegantes intrépidos que desafiaron con sin igual arrojo los peligros de lo desconocido, pues sus navichuelos eran todavía más deleznables que los empleados por Colón y los Pinzones. La gloria que se atribuyen los pueblos del Báltico, por este motivo, no admite discusión.
Ahora bien: los vikings eran piratas, como lo expresa su mismo nombre. Que el orgullo de raza pueda fundarse en gestas de antecesores piratas parece, a primera vista, una enormidad, aunque el caso de Escandinavia no es excepcional. También Inglaterra se ha sentido siempre orgullosa de sus piratas, como se verá más adelante.
Pero dejemos las digresiones para ocuparnos solo de los vikings.
No es de creer que los normandos, caídos como una plaga sobre una parte del imperio de Roma, sujetaran sus costumbres a los principios de una moral muy estrecha. El pillaje, si se acompañaba de un acto de valor, debía parecerles legítimo. Los vikings, aunque piratas, eran sus héroes, y todo joven normando, hasta cuando pertenecía a una familia acomodada, deseaba tomar parte en sus incursiones para completar de este modo su formación.
Los vikings estaban organizados y se regían por leyes hasta cierto punto semejantes a las del código del honor que fue norma de conducta entre los caballeros de la Edad Media. Eran, por decirlo así, unos caballeros ladrones, o unos ladrones caballeros; pero castigaban el robo severamente cuando se cometía dentro de su comunidad, y cualquier escamoteo advertido en el reparto del botín era considerado por ellos como un crimen, del cual el culpable no podía redimirse jamás. La traición se pagaba con la vida, y el desertor, tenido por cobarde, raras veces podía sobrevivir a su vergüenza.
Las reglas observadas para su gobierno no impedían a los vikings hacerse temer por su ferocidad. Eran altos, recios, musculosos, tan notables por su fuerza como por su empuje. La expresión de su rostro, de crecida y enmarañada barba, infundía pavor. Usaban cota de malla para defender las partes más vulnerables de su cuerpo, y sus armas eran una espada gigantesca, el hacha, el arco y el venablo. No daban cuartel al enemigo, y, como los bárbaros de Atila, después de haberle derribado, le mordían en la garganta para rematarle.
Se los recuerda con admiración, sin embargo, no por haber sido tan fieros, sino como marinos de una intrepidez inigualable, según ya hemos dicho. Porque no se concibe cómo podían hacer tan largos viajes embarcados en verdaderos cascarones.
Sus naves, que terminaban en punta por ambos extremos, eran largas y estrechas, así como de poco calado y de escasas condiciones marineras para desafiar la furia de los elementos. Movidas casi siempre por remos, aunque llevaban todas un mástil para izar en él la vela cuando había viento propicio, su maniobra debía ser muy laboriosa y de andar muy lento. Los remeros, que en los barcos de mayor porte llegaron al número de sesenta, treinta por cada lado, no eran esclavos: todos los hombres de la tripulación, descontados los mandos, se relevaban en este menester, del mismo modo que en los combates ninguno podía dejar de intervenir. No tenían bandera; en su lugar, los escudos redondos de los jefes eran colgados en las dos bandas del navío.
Durante más de una centuria, los vikings demostraron una particular predilección por el clima británico. Quiere esto decir que sus desagradables visitas a las costas de Inglaterra y Escocia, así como a las de Irlanda, eran muy frecuentes. Entraban a saco en las poblaciones ribereñas con la furia de un vendaval; mataban a quien intentase detenerlos; pegaban fuego a las casas, después de haberse apoderado de todos los objetos de valor, y huían enseguida con el botín, añadiendo al mismo un buen número de mujeres, generalmente jóvenes. Esto ocurría ochocientos años más tarde de haber invadido Julio César la Gran Bretaña.
Andando el tiempo, los piratas del Báltico, sin duda para acortar la distancia que los separaba del que había pasado a ser su campo de operaciones, se establecieron en las pequeñas islas situadas al largo de la costa inglesa. En Irlanda llegaron a ocupar casi la mitad del territorio, mientras en Escocia se despoblaba el litoral por efecto del terror. Saquearon también varias ciudades de Alemania, dejando Hamburgo, puerto el más floreciente por su comercio, envuelto en llamas. Remontaron los ríos de Francia para más tarde afirmar su dominio en el país que se llamó en adelante la Normandía, trampolín que serviría a otros hombres de su raza para conquistar en el siglo XI toda Inglaterra. Llegaron, en fin, a España y se metieron en el Mediterráneo.
No había fuerza organizada en el mundo que pudiera hacerles frente, y eran temidos en todas las costas marítimas de la cristiandad como el azote más terrible enviado por Dios contra la tierra. Por otra parte, se multiplicaban prodigiosamente, sin duda a causa de los éxitos obtenidos en sus correrías, y sobre todo en el Báltico y en el mar del Norte no podía haber otra navegación que la suya. A fines del siglo IX, el rey Alfredo de Inglaterra se atrevió, sin embargo, a combatirlos, tomando el buen acuerdo de promulgar una ley según la cual todos los normandos debían ser tratados como piratas, y de este modo logró detener por algún tiempo sus depredaciones. También fue creada con el mismo objeto la llamada Hansa Teutónica, o liga hanseática de las ciudades alemanas, aunque esto fue trescientos años más tarde, cuando ya no todos los piratas eran verdaderos vikings.
Desde luego no puede ser considerado como viking el célebre Stertebeker, fundador de la cofradía «Amigos de Dios y enemigos del mundo», que vino a ser una alianza de los cuatro corsarios más temidos del siglo XIV. Stertebeker, noble arruinado, igualmente famoso por sus fechorías y por sus borracheras (su nombre significa Pichel de un trago), se juntó con otros tres capitanes de banda —Godekins, Moltke y Manteufel— para dominar los mares del Norte. Lo hicieron tan bien que, después de haberse apoderado de innumerables barcos mercantes, toda navegación comercial quedó interrumpida. Otra de sus hazañas, la de mayor resonancia, fue el incendio y saqueo de Bergen, la ciudad más importante de Noruega, cuyos principales mercaderes capturaron, obligándolos a pagar cuantiosos rescates.
Una expedición organizada por Margarita de Suecia y Ricardo II de Inglaterra contra los «Amigos de Dios y enemigos del mundo» fracasó estrepitosamente. No tuvo mejor fortuna la escuadra de la liga hanseática, compuesta de treinta y cinco navíos de guerra, que tampoco pudo vencer a los piratas. Pero lo consiguió, por fin, Simón de Utrecht con una flota hamburguesa, y Stertebeker, hecho prisionero, fue condenado a muerte.
Su ejecución reunió en la plaza de Hamburgo una multitud inmensa. Es fama que había hecho ahuecar el mástil de su barco para esconder en él sus riquezas, y que encontraron allí oro fundido en cantidad suficiente para cubrir los gastos de la expedición, indemnizar a los mercaderes perdidosos y hacer una corona para el campanario de San Nicolás, iglesia hamburguesa preferida de los marinos.
Pero esto pertenece más a la leyenda que a la historia.
Stertebeker, como ya se ha dicho, no debe ser confundido con los vikings, porque pertenece a una época posterior. Murió en los albores del siglo XV. Desde mucho antes habían comenzado a piratear, en el Báltico y en el mar del Norte, aventureros de todas partes: escandinavos, valones, franceses, ingleses, comprendidos entre estos últimos los de Escocia y de Irlanda.
El mal ejemplo cunde dondequiera se presenta. Con frecuencia hubo de ser confundida, en aquellos tiempos y en los posteriores, la actividad punible del pirata con la honrada profesión del marino. No existiendo, además, una represión sistemática de la piratería por parte de los poderes que estaban obligados a perseguirla, era inevitable que en todos los países de tradición marinera abundaran los aventureros del mar. La raza inglesa, que tenía por antecesores a normandos y sajones, iba por esto a dar corsarios que pudieran considerarse los mejores del mundo.
Pero a los mercaderes de las ciudades marítimas les inquietaba su actividad. Los de Inglaterra, viendo que la Corona nada había hecho desde la muerte de Eduardo II por detener la audacia de los navegantes entregados al pillaje, tomaron ejemplo de los alemanes, aquellos de la unión hanseática, y fundaron la Liga de los Cinco Puertos para defender su comercio del asalto de los bandidos. Los cinco puertos asociados eran Hastings, Romney, Hythe, Douvres y Sandwich, a los cuales se unieron más tarde Winchelsea y Rie para crear una policía naval, pagada a escote por los comerciantes, que vino a complicar más las cosas.
La causa de la complicación era una prerrogativa, obtenida del rey, que permitía a los navíos de la Liga abordar a todos los barcos extranjeros que navegaran por el canal de la Mancha, sistema de protección para unos que se convertía en peligro para otros. El privilegio concedido a los puertos asociados venía a ser como un reconocimiento oficial de que el virus de la piratería lo llevaba todo inglés en la sangre y que se le debía dar una cierta libertad de expansión. Por su parte, los capitanes de los barcos de la Liga demostraban con sus actos que habían interpretado su deber del siguiente modo: «¡Solo nosotros tenemos derecho a ser piratas!».
Es fácil imaginarse los resultados catastróficos de una concesión comparable a la ley del embudo, o cien veces peor. Los países extranjeros en relaciones comerciales con Inglaterra pusieron unos el grito en el cielo, y otros tomaron represalias. Al mismo tiempo, los puertos ingleses no asociados, celosos de la Liga, le declararon la guerra. Se produjo de esta suerte un estado de espantosa anarquía, precisamente el que necesitaban los piratas para encontrarse en su elemento.
Se perseguían entre sí los ingleses, divididos en varios bandos, y los extranjeros, obrando en defensa propia, no hacían distingos. Sucedió además que, cuando la Corona quiso poner remedio al desafuero general, vino a descubrir que las autoridades de numerosos puertos estaban en estrecha relación con los bandidos, a quienes protegían a cambio de participar en el botín. Hubo, naturalmente, destituciones fulminantes y otros castigos durísimos; pero el mal había penetrado en la entraña de la raza y era imposible arrancarlo de raíz.
Comoquiera que los franceses, atacados en sus navíos y en sus costas, devolvían golpe por golpe, las ciudades ribereñas del sur de Inglaterra eran víctimas de frecuentes agresiones que encendían afanes de venganza. El que se levantaba para llevarla a cabo, acompañado de una banda de forajidos, se convertía en héroe popular, y sus gestas inspiraban baladas, que podían ser el principio de su reputación y su fortuna.
Así, por ejemplo, John Hawley fue el héroe de Dartmouth, como Harry Pay lo fue de Poole, ciudad la primera del condado de Devon y la segunda del de Dorset. Hawley empleó toda su actividad contra los franceses, llegando a capturarles treinta y cuatro navíos cargados de vino, y en la celebración de esta victoria, como era de esperar, ningún habitante de Dartmouth dejó de emborracharse. Pay preferiría atacar a los españoles en las costas gallegas, y su hazaña más resonante fue el haber robado el Santo Cristo de una iglesia del cabo de Finisterre; pero los nuestros, heridos en lo más vivo por este sacrilegio, cayeron un día sobre la ciudad de Poole y la redujeron a cenizas.
En España había piratas, como en todas partes, si bien no en tan gran número que pudieran estorbar el buen gobierno del país, como ocurría en Inglaterra. Al marino español le estaban reservados más gloriosos destinos: estimulado por los portugueses, que le precedieron en la penetración del misterio oceánico, iba a ser asombro del mundo por sus descubrimientos. Una autoridad británica de la época de la reina Isabel, Richard Hakluyt, atribuyendo el desarrollo de la piratería en Inglaterra y Francia al paro forzoso de los hombres de mar, observaba que España y Portugal se veían libres de esta peste por haber sabido dar empleo adecuado a sus marinos.
He aquí un dato curioso que servirá al lector para formarse una idea de la plaga de corsarios padecida en la primera mitad del siglo XV: Enrique V tuvo que firmar un acuerdo con España por el que se comprometía a no autorizar la salida de ningún buque armado sin haber garantido previamente, con el depósito de una fuerte cantidad, la conducta honorable de su capitán.
Todos los capitanes eran sospechosos, como lo eran asimismo los armadores, los mercaderes, los funcionarios públicos, los marineros. A estos últimos no se los estimaba por su honradez, sino por su fama de piratas y bebedores, aunque es de advertir que entre los más borrachos y propensos al pillaje se encontraban los que mejor conocían su oficio.
Al otro lado del canal de la Mancha ocurría lo mismo con los bretones, aficionadísimos también a piratear, sin distinción de clases. Se cita un hecho, entre otros mil, que parece extraído de una novela de aventuras. Es el que damos, resumido, a continuación.
Fue en el año de 1343 cuando se supo en Nantes que el caballero Olivier de Clisson, del más limpio abolengo y asimismo rico y poderoso, había sido encarcelado por traidor. Con razón o sin ella, se le acusaba de favorecer a los ingleses en contra de los intereses de Francia. Cuantos pasos se dieron por conseguir su libertad fueron inútiles, sin que le valieran influencias ni sobornos para salvarse. Su esposa, Jeanne de Belleville, que le adoraba, era una de las bellezas más notables del reino y tenía en la corte buenos amigos. Pero nada consiguió, aunque hubiera dado toda su fortuna por recobrar al amado. Olivier de Clisson fue decapitado en París, pese a sus protestas de inocencia, y más tarde pudo verse su cabeza colgando en las murallas de Nantes, adonde había sido enviada, y este espectáculo horrible elevó al paroxismo la desesperación de la viuda inconsolable.
Jeanne de Belleville, sin embargo, era una mujer enérgica, rencorosa, intrépida, y juró no vivir en adelante sino para vengarse de su propio país. Había decidido hacerse pirata y como tal iba a ser conocida en el mundo por el nombre de la Dama de Clisson. Con el producto de la venta de sus castillos, sus tierras y sus joyas, armó tres barcos para lanzarse a la más descabellada y sangrienta aventura, en la que le secundaron sus hijos, dos mancebos imberbes pero esforzados y crueles como los corsarios de más negras entrañas.
Jeanne era la capitana de la escuadrilla y no daba a nadie cuartel. Fue un azote terrible para las costas de Francia, cuyas poblaciones devastaba, pasando sus moradores a cuchillo. Hundía los barcos, sin respetar la vida de sus tripulantes, y cortaba la cabeza de todo aquel que tuviera la desgracia de tropezarse con ella, cualquiera que fuese su condición, por solo la culpa de haber nacido francés. Sus hombres eran verdaderos demonios, escogidos entre los más feroces, y la obedecían a ciegas, como contagiados de su delirio y también sedientos de sangre.
Se ignora el fin que tuvo la terrible Dama de Clisson. No debió ser menos espantoso que el de su marido.
El descubrimiento del Nuevo Mundo fue un incentivo para la piratería, sobre todo en aquellos países donde había arraigado profundamente por herencia de los vikings y por determinadas circunstancias de carácter económico. Los habitantes de las islas británicas, rodeados de mar por todas partes, fatalmente habían de desarrollar en él sus actividades. Además, Inglaterra era un país pobre, poblado apenas por tres millones de almas, y su comercio, en consecuencia, se mantenía dentro de la mediocridad.
Debido a la inclinación marinera que experimentan todos los isleños, los ingleses se dedicaban a construir barcos, destinados en su mayoría al transporte de mercancías que intercambiaban unos condados con otros. Después, según se fueron abriendo caminos en el interior de las islas, sobraron bajeles. ¿Qué se podía hacer con ellos y con sus tripulaciones? Las necesidades del comercio exterior, todavía incipiente, eran muy modestas. Y los hombres acostumbrados a ganarse la vida en el mar no sabían procurarse otro empleo. Aventureros por naturaleza, era inevitable que se hicieran piratas. Y aun puede añadirse que en el ejercicio de la piratería encontró Inglaterra las rutas de su futura expansión, verdaderamente asombrosa.
España y Portugal habían escogido el puerto de Amberes para vender en él, a los comerciantes de toda Europa, los ricos productos de sus nacientes colonias. He aquí, pues, un botín no previsto por los merodeadores del canal de la Mancha, cuya codicia fue excitada hasta el frenesí. Era fama que los navíos españoles llegaban cargados del oro del Perú, mientras los portugueses traían la canela, el clavo, la nuez moscada, el jengibre y otras especies del Extremo Oriente, tan buscadas como el oro mismo. Apoderarse de esos preciosos cargamentos era la más bella ilusión de los hombres de Cornualles y Devonshire, casi todos piratas.
Decimos casi todos piratas por no establecer ninguna distinción entre los aventureros que salían a robar y sus cómplices de cada puerto, encargados de guardarles las espaldas y de vender el producto de las rapiñas. Los corsarios rara vez obraban por su cuenta y riesgo. Pertenecían casi todos a diferentes organizaciones, más o menos secretas, entre cuyos miembros se contaban mercaderes, armadores, funcionarios de todas las categorías y hasta algunos personajes con títulos de nobleza. El origen de muchas grandes fortunas pudo haberse encontrado en aquel tráfico inmoral; pero la Corona y sus ministros, aunque de vez en cuando repartieran algún castigo, acaso para cubrir las apariencias, en general no parecían inquietarse mucho por un estado de cosas que, al fin y al cabo, aprovechaba al país.
Así nació la rivalidad entre los navegantes de Inglaterra y España, una feroz rivalidad que exacerbaban las diferencias de religión, en una época en que católicos y herejes se perseguían a muerte. La impaciencia por apresar a los galeones españoles procedentes de las Indias hizo que los corsarios de la Gran Bretaña ampliaran su radio de acción, lanzándose al océano Atlántico. A partir de este momento es cuando los ingleses empiezan a vislumbrar su destino y a sentir una ambición de espacio que irá siempre creciendo.
Pero el camino se lo habían enseñado los piratas de Francia.
Pensando en los franceses, ingleses y holandeses, más que en los españoles, parece haber escrito nuestro Espronceda su famosa canción:
Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín:
bajel pirata que llaman,
por su bravura, el Temido,
en todo mar conocido,
del uno al otro confín...
Con aquella estrofa tan romántica, flameante como una bandera y más llena de aire que de música:
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar.
Y ahora viene una pregunta obligada: ¿eran los marinos del mar del Norte más expertos y valientes que los de España? De ningún modo. Sin embargo, gozan aquellos de mayor celebridad, aunque los nuestros los superaron en muchos casos por sus hazañas, además de llevarles siempre la delantera en los descubrimientos.
«Españoles fueron los primeros que vieron y sondearon el mayor de los golfos; españoles, los que descubrieron los dos ríos más caudalosos; españoles, los que surcaron antes que nadie las aguas del Pacífico; españoles, los que por vez primera dieron la vuelta al mundo». Estas son palabras del norteamericano Charles F. Lummis, glosador de la epopeya de España en el mar, quien recuerda que, cuando los famosos ingleses Drake y Hawkins pusieron los ojos en el más grande de los océanos, su descubridor, Vasco Núñez de Balboa, estaba ya enterrado hacía más de medio siglo.
Pero ningún marino español es en nuestra patria exaltado como Drake y Hawkins lo son en Inglaterra. La gloria de nuestros héroes del mar yace bajo el polvo de los archivos. Solo de vez en cuando se la recuerda. ¿A qué puede obedecer esta extraña conducta de un pueblo cuya expansión marítima llena las más brillantes páginas de su historia?
La unidad de España la hizo Castilla, que dio el tono de la vida española, gobernándola y haciendo pesar su personalidad, su modo de ser, sobre todo el resto de la península. Castilla, propiamente dicha, que no ve el mar, es indiferente a los marinos, gente extraña a sus costumbres, y solo piensa en sus labradores, sus santos y sus guerreros. Esta puede ser la explicación del olvido inconcebible en que se ha tenido y se tiene a nuestros intrépidos navegantes de los siglos XV y XVI.
Mientras en Inglaterra hasta los niños de las escuelas primarias sienten que se les inflama la imaginación leyendo las aventuras de los Drake, Hawkins, Raleigh, Frobisher, Grenville y Cumberland, en España pocos saben lo que hicieron los Pinzones, los Niños de Moguer, Juan de la Cosa, Rodrigo de Bastidas, Diego de Lepe, Díaz de Solís, Juan Sebastián Elcano y otros innumerables exploradores de mares desconocidos.
Diríase que el hecho de haber sido los ingleses bastante más piratas que los españoles, sobre producirles un provecho material inmediato, les sirvió, además, para pasar a la posteridad con una gloria más resplandeciente. Porque Drake, Hawkins, Grenville y muchos otros comenzaron su carrera siendo corsarios. Todos los navegantes de su tiempo lo eran más o menos, es cierto, porque tenían que defenderse por sí mismos de la piratería de los demás y con frecuencia tomaban represalias sangrientas. Más tarde, casi todos fueron negreros, debido a que ningún comercio proporcionaba tan pingües beneficios como el tráfico inhumano de esclavos embarcados en las costas africanas.
Pero, cuando los ingleses se lanzaron al Atlántico sin otro propósito que el de apresar los galeones procedentes de las Indias, los españoles buscaban el premio de sus afanes en la explotación legítima de las tierras por ellos encontradas. Y hacía cerca de un siglo que estaban ensanchando los conocimientos geográficos de la cristiandad. Entre todos los marinos ingleses de vida aventurera, es Drake el que más admiradores tiene en su patria y el más conocido en todo el mundo. Sería curioso escribir las vidas paralelas, a la manera de Plutarco, del héroe británico y de uno de los nuestros, Juan Díaz de Solís, por ejemplo, que se le parece mucho. Ambos pasaron por la dura escuela de la piratería, conquistando después grandes honores, y, si uno dio la vuelta al mundo —cuando ya lo había hecho Juan Sebastián Elcano—, el otro exploró casi toda la costa atlántica de la América del Sur y descubrió el río de la Plata.
No tiene Díaz de Solís menos merecimientos que Drake para ser un héroe popular. Y, sin embargo, al primero solo le conocen los historiadores del descubrimiento del Nuevo Mundo, mientras la fama del segundo es universal.
Ya hemos explicado la causa de este fenómeno.

