Una aventura de Julio César
Siendo aún un jovencito, el futuro conquistador de las Galias fue secuestrado por piratas...
A continuación tienes uno de los capítulos de Historias de piratas, de Juan Cabal.
Hay una aventura famosa de Julio César que, por su relación con los piratas y por ser interesante y divertida, merece figurar en este libro. Hela aquí referida tal como ha llegado a nuestro conocimiento.
Era en el año 78 a. C. Gobernaba Roma, como dictador, Lucio Cornelio Sila, no sin haber vencido antes enconadas resistencias cuyos rescoldos humeaban aún. Esta circunstancia explica que persiguiera implacablemente a sus enemigos políticos. Al conquistar el poder, su primera providencia había sido el destierro de Mario, su aborrecido rival, destierro al que siguió el de innumerables partidarios del proscrito, especialmente los significados por su talento o envidiable posición.
Entre ellos se contaba un mancebo de arrogante presencia, en el que su familia, una de las más ilustres y ricas, había puesto grandes esperanzas. Su juventud no le libró de ser considerado por Sila como peligroso. Era inclinado al estudio, brillaba por su inteligencia, no carecía de audacia y entre otros rasgos de su carácter sobresalía la ambición. Temible también por sus amistades, el dictador estimó conveniente alejarle de Roma, donde los espíritus rebeldes se buscaban para conspirar.
—El destierro debe de ser muy aburrido —se dijo el mancebo, sin afligirse excesivamente—. Lo más importante, de todos modos, es no perder el tiempo.
Pensaba emplearlo perfeccionándose en el arte de la oratoria, para lo cual hubo de inscribirse en la escuela de Apolonio Molón, famoso profesor.
Le habían dicho sus amigos que nunca llegaría a pronunciar discursos elocuentes, y anhelaba demostrarles lo contrario. Picado en su amor propio y convencido de que el dominio de la palabra podía adquirirlo a fuerza de voluntad, era por el momento su más bella ilusión revelarse, cuando pudiera regresar del exilio, como un brillante orador.
Acaso conocía los esfuerzos que hubo de costarle a Demóstenes, sin par por su elocuencia entre los griegos, el corregir los defectos de su pronunciación.
El joven desterrado partió, pues, de Roma abrigando muy loables propósitos. Se dirigía a la isla de Rodas, y, naturalmente, tuvo que hacer el viaje por mar. No iba solo, por supuesto. Le acompañaban servidores y esclavos, como convenía a varón tan esclarecido y de tan elevada alcurnia.
Le vemos en la nave, rica por sus adornos, con mascarones en lo alto del tajamar y en la popa, aunque de un solo mástil, para sostener la gran vela cuadrada, que hincha el viento, mientras los remos, saliendo por los costados, se abandonan al empuje de las olas como brazos caídos, en espera de que les llegue su hora.
El joven proscrito se distingue de los demás pasajeros por sus ricas vestiduras, de amplios y majestuosos pliegues, y por su talante de gran señor. Está sentado en medio de sus criados, cuya presencia no parece advertir, abstraído como se encuentra en la lectura. Parece serle ajeno todo cuanto le rodea, y ni el mismo mar, hermoso en su grandeza, de un azul de añil y con sus plumeros de blanca espuma en la cresta de las olas, despierta ni por un momento su interés.
De pronto, hallándose el barco navegando al largo de la costa del Peloponeso, cerca de Caries, paraje solitario y fragoroso, el patrón observa, con la consiguiente inquietud, la proximidad de un grupo de embarcaciones piratas.
—Es evidente que nos persiguen —dice—. No tenemos escape: sus naves son más rápidas que la nuestra, y no tardarán en alcanzarnos.
—¡Que los dioses nos protejan! —exclaman algunos de los viajeros, sin hacer nada por disimular su espanto.
El más animoso pregunta:
—¿Pero es que no intentaremos siquiera defendernos?
—Sería en vano —replica el patrón —. Ellos son más numerosos y seguramente están mejor armados. Debemos escoger entre rendirnos o morir.
Estas últimas palabras hieren el oído del joven romano, quien levanta, por fin, la cabeza y dirige una mirada al mar. En su semblante no se refleja la menor emoción. Continúa sentado y observa, estirando el cuello, la carrera de un grupo de canoas muy largas, cuyos remos, vigorosamente movidos por esclavos de rostro atezado, parecen hacerlas volar. El mancebo vuelve después los ojos a la vela del navío y comprende, por su flacidez, que no hay salvación. Sin viento que los impulse, no podrían huir; siendo pocos para defenderse, la lucha sería insensata. El patrón ha dicho la verdad. Por consiguiente, no vale la pena preocuparse por lo que no tiene remedio. El joven vuelve a su lectura sin haber despegado los labios.
Entretanto, el barco, amainando su pequeña vela auxiliar, se está poniendo al pairo, en espera del abordaje, que no tardará en producirse. Llegan los piratas y transbordan sin que nadie oponga resistencia. Esto no obstante, su actitud es insolente y amenazadora, como conviene a su facha de verdaderos facinerosos. Rugen, insultan a los viajeros, blandiendo sus lanzas y puñales, y el más feroz de todos ellos, sin duda el capitán, a juzgar por su tono autoritario, se dirige al joven lector, que continúa impasible, abismado en la meditación. Su rico porte hace sonreír al jefe de los asaltantes, que se promete un buen botín.
—¿Tú quién eres? —le pregunta, clavando en él sus ojos, que relucen como ascuas.
El joven no contesta. Mira desdeñosamente al importuno y continúa leyendo, sordo al torrente de amenazas y juramentos que ha provocado su indiferencia. Pero otro pasajero se adelanta para responder por él. Es su médico Cinna.
—Mi señor —dice— se llama Gayo Julio César y pertenece a una familia prócer. Ha sido desterrado de Roma por Sila y se dirige a Rodas.
—Me quedo con todo lo que le pertenece —advierte el pirata con voz de trueno—. Y no le hago degollar aquí mismo porque me interesa más el rescate.
Después, dirigiéndose a César, le interroga:
—Dime en cuánto estimas tu libertad y la de tus servidores.
Pero tampoco esta vez obtiene contestación, lo cual eleva su cólera al paroxismo. De nuevo tiene que intervenir el médico para calmarle.
—Supongo que no le habrán cortado la lengua —insiste el capitán de la banda, herido en su orgullo al verse tratado con tanto desprecio—. Pero se la cortaré yo si no abandona ese aire de príncipe.
De todos modos, pirata al fin, no renuncia al rescate, y por esto consulta con uno de sus compañeros el precio que puede pedir.
—Yo exigiría diez talentos —dice el consultado.
—Es poco: pongamos el doble —rectifica el capitán—. No me conformaré con menos de veinte.
Con asombro general, rompe aquí Julio César su silencio para intervenir en la discusión.
—¿Veinte talentos? No conocéis vuestro oficio —observa burlonamente —. Si tuvierais en él más experiencia, habríais comprendido que valgo cincuenta, sin exagerar nada.
El pirata abre la boca y los ojos en el colmo del estupor. Por primera vez en su vida se encuentra con un cautivo que ofrece mucho más de lo que se le pide. Se le ha pedido una cantidad considerable, y es inaudito que, lejos de entrar en regateos, ponga a su libertad un precio mucho mayor. ¿Será una burla? El capitán se ríe.
—¡Ja, ja, ja! ¡Me gusta ese modo de proceder! Pero te advierto, joven, que si no llegan los cincuenta talentos vas a perder la cabeza.
Todos los prisioneros fueron transbordados y conducidos a la guarida de los piratas, donde esperarían, bajo la vigilancia de terribles centinelas, a que se cobraran los rescates, para negociar los cuales partieron sin perder momento algunos agentes.
Ya se puede suponer que aquellos hombres reñidos con la ley de Roma no alojaban a sus cautivos en palacios. Además, ellos mismos vivían miserablemente, protegidos por la costa escarpada, en un lugarejo oculto entre peñas. Allí no había ni siquiera casas dignas de este nombre. Cuevas como cubiles y algunas chozas que hubieran despreciado los pescadores más pobres bastaban a los piratas para no pasar la noche al raso.


