A continuación tienes uno de los capítulos de Historias de piratas, de Juan Cabal.
Cuando Henry Mainwaring recibió su diploma de bachiller y tuvo que abandonar la alegre compañía de los estudiantes de Oxford, solo pensaba en ser abogado. Pertenecía a una familia honorable, medianamente acomodada, del condado de Shrophire, y sus notas del colegio de Brasenose, donde había estado instruyéndose, le presentaban como un muchacho estudioso y de conducta correcta.
Bachiller a los quince años, un picapleitos le ofreció un empleo de pasante para que se fuera adiestrando en la lucha por la vida, siempre dura y difícil para el que no cuenta sino con su juventud y su voluntad para abrirse paso. El rábula que le deparaba el destino por maestro no podía dar a Henry Mainwaring ningún sueldo, porque era pobre; pero le brindaba, en cambio, su experiencia y sus consejos, no despreciables si el alumno hubiera podido esperar.
Desgraciadamente, no era este su caso. El joven bachiller necesitaba con urgencia ganar dinero, no le gustaba el oficio de tinterillo y tenía, además, mucha imaginación. De la noche a la mañana, obedeciendo a uno de esos impulsos juveniles que se producen sin causa aparente, trocó las leyes por las armas. Pero tampoco la vida del soldado se acomodaba a su temperamento ni ofrecía perspectivas inmediatas de un favorable cambio de fortuna. Henry Mainwaring, acostumbrado al trato de los estudiantes de Oxford pertenecientes casi todos a las familias distinguidas, no podía soportar la ordinariez cuartelaria, al mismo tiempo que la disciplina, —incompatible con sus afanes de libertad— le pesaba como un yugo. Decidió aprovechar la primera ocasión que se le presentaba para licenciarse, convencido ahora de que su destino estaba en el mar. Recordaba al intrépido Francis Drake, armado caballero por la reina Isabel al regresar de su vuelta al mundo, y sintiose con ánimos para llevar a venturoso término una proeza semejante.
Henry reunía condiciones excelentes para sobresalir y triunfar cuando encontrara acomodo adecuado a las mismas. Joven, fuerte, bien parecido y con la suma de conocimientos que representaba su grado de bachiller, a su buena presencia y esmerada educación se añadían un natural despejo, un corazón arrojado y una energía temperamental fuera de lo común. Podía, pues, ser ambicioso, porque no le faltaban motivos.
Embarcado en un velero de la marina mercante, no tardó en ganarse el puesto de segundo de a bordo, aunque desde el primer viaje comprendiera que en su nuevo oficio, pagado con tacañería, era difícil prosperar.
Un día llamó su atención la pintoresca catadura de un viejo marinero irlandés que se ocupaba en empalmar calabrotes, mientras a media voz y con frecuentes interrupciones iba canturreando una tonadilla de su país. La maraña de su rostro hirsuto, su modo de vestir y sobre todo el cuchillo descomunal que ostentaba atravesado en el cinto convenían con la letra de su canción, que era una balada de piratas.
Henry se le acercó para tirarle de la lengua.
—¡Hola, John! —le dijo—. Eso que estás cantando debe recordarte los mejores años de tu vida.
El viejo levantó la cabeza y abrió la boca, donde la presencia solitaria de dos o tres dientes negros como la brea daba la impresión de un velero desmantelado. Contestó sin inmutarse:
—Bastante tiempo anduve pirateando para no morirme de hambre. Todos hacen lo mismo, porque a todos nos gustan las bebidas fuertes y las mujeres guapas. Con lo que ganamos honradamente haciendo cabotaje, o en los barcos del rey, ni se come, ni se bebe, ni puede uno divertirse.
—No he conocido a ningún irlandés que no sea pirata.
—Lo creo. En mi tierra la gente no es hipócrita, no esconde sus inclinaciones ni se asusta porque uno de la familia haya salido al mar en busca de botín. Salvo lo de robar y lo de cortarles el cuello a sus enemigos, un pirata puede ser una persona decente. ¿Qué ha de hacer el pobre cuando le pide el cuerpo un poco de agitación y regodeo? ¡Que me parta un rayo si he sentido alguna vez el deseo de hacer daño solo porque sí! Cuando eres joven, tienes que embarcar en un corsario para librarte de las levas del rey; si te has casado y tienes hijos, no puedes dar de comer a la pollada porque no encuentras trabajo, y, si lo encuentras, porque te lo pagan con una miseria. Esto ocurre en todas partes. Pero en Irlanda, al menos, no se maltrata ni se persigue a los que, sin vender el alma al diablo, han tenido que abordar algún navío para salir de penas. Por el contrario, se los protege y agasaja. En todo puerto irlandés encuentra el pirata, para reponerse de sus fatigas, todo el vino que necesita y una moza bonita con quien poder bailar.
El viejo John, volviendo a su trabajo y a su canturreo, parecía haber puesto final a la charla cuando Henry Mainwaring insinuó:
—Por lo que puedo ver en tu vida presente, de poco te sirvió el andar merodeando por esos mares, pues no has mejorado de fortuna.
—A mí me ha perdido el beber siempre un trago de más —hubo de contestar el marinero sin cambiar de humor—. He tirado el oro a puñados. Me daba la borrachera por el rumbo. Además, no puedo ver a nadie padeciendo sed sin que se me parta el corazón. Nunca pude evitar que se me subiera el vino a la cabeza, porque, aunque procuro llevar la cuenta de lo que bebo, siempre se me va de la memoria el último trago.
—¿Y te gusta el oficio de pirata?
—No hay otro mejor. Es muy divertido y provechoso, sobre todo para los capitanes.
—Pero tiene el peligro de la horca. ¿Tú no pensaste nunca en que podías terminar tus aventuras colgado de una verga?
—¡Bah! Eso sucede algunas veces, aunque casi siempre el de la soga es un pobre diablo. Los capitanes, cuando se ven ricos, compran su perdón con una parte del oro que han robado y algunos hasta llegan a ser condes o duques. Sin ese trago de más que yo me echaba al coleto por falta de memoria, estoy seguro de que habría hecho carrera, y ahora, además de llenarme de plumas el sombrero, sería marqués del Aguardiente.
Henry hubo de celebrar la ocurrencia del borrachín con una sonora carcajada. Pero recordaba al mismo tiempo los nombres de algunos altos personajes que habían ganado su fortuna y sus títulos en el mar con hazañas no dignas de loa.
Pasaron años. Las charlas de Henry Mainwaring con el viejo John se repitieron con relativa frecuencia. El tema de las mismas no cambiaba, porque a la avidez del mozo por conocer pormenores de la vida de los corsarios correspondía el anciano extrayendo con placer de su experiencia muy sabrosas enseñanzas.
Una noche se metieron los dos en una taberna de los arrabales de Plymouth para seguir su conversación al amor de la lumbre y de una botella de buen vino. Como en la calle hacía mucho frío, la taberna estaba llena de parroquianos, casi todos ellos desastrados. Eran marineros sin empleo y esperaban un enganche cualquiera para remediar su penuria. Oyéndolos lamentarse como plañideras, el viejo John, que se había entusiasmado recordando las andanzas de su mocedad, les dijo que el remedio de los desesperados estaba en el pillaje, ejercido con arrojo y sabiduría.
—Eso no es tan fácil como parece —observó uno de aquellos hombres a quienes el anciano se había dirigido—. También a bordo de los corsarios escasean los puestos vacantes.
—Se debe esta situación a que son muchos los que padecen necesidad —corroboró otro de los marineros.
—¡Al diablo con los empleos que no llegan! ¿No podéis obrar por cuenta propia? —hubo de advertir el veterano, cuyos ojos empezaban a chispear por efecto del vino ingerido—. ¿No hay entre vosotros uno que tenga arrestos de capitán para induciros a escapar con una nave cualquiera de las ancladas en el puerto?
Los preguntados se miraron unos a otros como buscando el jefe que necesitaban. Pero no debieron encontrarle, porque se les vio enseguida bajar la cabeza con aire de abatimiento.
—¡A ver! ¡Que traigan diez azumbres de lo bueno para que remojen el gaznate estos amigos! —dijo Henry Mainwaring, que había permanecido hasta entonces silencioso—. Yo soy el capitán. El que quiera seguirme que se acerque.
Todos formaron una piña en torno suyo, abrumándole con un diluvio de preguntas. ¿Era de veras que los invitaba a seguirle? ¿No había querido burlarse de unos pobrecitos? ¿Qué barco era el suyo? ¿Pensaba acaso robarlo? ¿Debía darse el golpe en Plymouth o en otro puerto? ¿Y las armas? ¿Contaba con un número suficiente de arcabuces?
—Vosotros no tenéis que hacer otra cosa sino esperar mis órdenes —observó el bachiller con un aplomo que hizo perder la cabeza al viejo John, asombrado de la audacia de su joven compañero—. Y ahora mismo vais a jurarme obediencia ciega. No quiero cobardes en mi banda. El que sienta alguna duda, o algún temor, que se retire.
Media hora más tarde, se arrodillaban todos alrededor del improvisado pirata y, con los vasos en alto, juraban serle fieles hasta la muerte.
El proyecto de Henry Mainwaring era apoderarse de un pequeño navío de dos palos, propiedad de un mercader de Amberes, que se encontraba de paso en Plymouth. Dicho barco llevaba un cargamento de armas con destino a los corsarios berberiscos de Argel, y su tripulación se componía de unos quince o veinte marineros de catadura impresionante, capaces sin duda de rechazar un ataque si no se los cogía desprevenidos. Pero Henry llevaba observado que la mayoría de aquellos hombres desembarcaban todas las noches para buscar en las tabernas un poco de expansión, y era aprovechando una de sus ausencias que se proponía el bachiller dejarles en seco.


