A continuación tienes uno de los capítulos de El libro de los piratas, de Henry Gilbert.
Era un radiante día de verano, y al azul del Mediterráneo respondía el azul sin manchas del cielo, en el que el sol brillaba con toda la fiereza del mediodía. En una cala rocosa de la isla de Farmacusa, situada a pocas millas de la costa de Caria, en Asia Menor, había una larga galera negra, cuyo morro de cobre bruñido apenas asomaba a la entrada de la cala. Con sus bancos de remeros que charlaban tranquilamente sentados, sus remos negros no colocados a bordo, sino listos en sus manos, el mástil inclinado y la enorme vela medio enrollada, la galera tenía todo el aspecto de un escorpión esperando en una hendidura de las rocas a alguna presa incauta.
Cada hombre llevaba un cuchillo bien afilado al cinturón, y en la caja bajo su asiento había suministros de jabalinas, arcos y flechas, hondas y piedras. Estos remeros no eran esclavos: cada uno tomaba parte y suerte en la empresa en la que estaban comprometidos; cada uno era marinero y guerrero, tan hábil con el remo o la vela como en el lance con cuchillo o los proyectiles. En efecto, se trataba de la galera Milvus, «La Cometa», una de las embarcaciones exploradoras del gran pirata Espártakos, líder de una banda de salteadores cuyo nombre infundía terror en todas las costas de Asia Menor, desde el Helesponto hasta Tiro, en Siria.
Tres hombres estaban sentados en el camarín de la popa, desde el que tenían una amplia vista de la cubierta del barco y de las costas de Caria, que brillaban a la bruma del calor. Esperaban la llegada de algún mercante procedente de Grecia o Italia que se dirigiera a Mileto o Éfeso. Para pasar el rato, jugaban a los dados, pero el día era caluroso y la partida se alargaba.
—¡Por Zeus! —dijo uno, llamado Mikios, bostezando—. ¡Es mejor ser lagartos asándose en una piedra que esperar aquí a barcos que nunca llegan! El mar está tan vacío como el tesoro de Samos.
Se refería a una de las hazañas recientes más audaces de Espártakos, cuando profanó un templo de Afrodita en la isla de Samos, a unos cincuenta kilómetros al norte de donde estaban sentados. El hermoso edificio había quedado arruinado por el fuego, después de que los piratas hubieran pasado a cuchillo a los sacerdotes y sacerdotisas y despojado al tesoro y al templo de toda la riqueza que le habían dado generaciones de devotos adoradores. El que hablaba había sugerido esta hazaña a su jefe, que estaba sentado a su lado, y se enorgullecía bastante de su iniciativa.
—¡Por Heracles! —se mofó el tercer hombre, un truculento bribón de cejas negras llamado Siros—. Hablas como si hubieras escalado los muros del Olimpo y le hubieras robado los rayos a Zeus. Hay un objetivo mayor que cualquiera para el que tengáis valor, si Espártakos nos lo permite.
—¿Y cuál es? —preguntó Espártakos, un hombrecillo de rostro fiero con aretes de oro en las orejas, cadenas de oro al cuello y joyas relucientes en sus sucios dedos.
—El templo de Ártemis en Éfeso —respondió Siros.
—Es cierto que allí hay suficiente botín —dijo Espártakos—, pero la ciudad es fuerte y Arquelao, su gobernador, es un hombre duro que no se pasaría a nuestro bando si no fuera por una suma muy elevada. Y aunque accediera a llevarse a sus soldados mientras nosotros saqueábamos, los efesios lucharían como fieras por su Ártemis.
—No me gusta la idea —dijo Mikios—. La diosa ha sido buena conmigo. Le hice un sacrificio cuando saqueé Agrigento, y aquel día me salvó de la muerte y de la captura, pues los sicilianos lucharon demasiado bien.
—¡Bah! —replicó Espártakos—. Estos dioses y diosas no pueden evitarlo. Hasta que a mi viejo jefe Estórax de Chipre se le ocurrió saquear el templo de Apolo en Claros, porque el dios le negó el barco del rico mercader Craso en Quíos, ningún capitán del mar se había atrevido a pensar en poner a prueba el poder de un dios. ¿Le ocurrió algún mal a Estórax por ello? ¿Acaso no saqueó después el templo de Ceres en Hermíone y el del dios sanador Asclepio en Epidauro? Lo que él pudo hacer, otros lo hicieron. Sannios el Negro tomó muchos tesoros del templo de Poseidón en el Istmo, y, como el dios hundió dos de sus mejores galeras en Ténaro, saqueó su templo allí también, y en Calauria.
—Pero fíjate, capitán —dijo Mikios—, creo que estas cosas no pasan desapercibidas, por mucho que los viejos dioses hayan caído ahora en desgracia desde que el dios toro Mitra es tan adorado. ¿Qué pasó con Estórax?, preguntarás. ¿No fue asesinado por una mano invisible mientras se deleitaba en su bodega de la montaña de Aspera, en medio de sus leales hombres? Fue una flecha del dios la que lo mató, seguro, pues todas esas muertes son obra de Apolo. Y a Sannios, ¿qué le sucedió en Mesina? Mientras navegaba en medio de sus galeras en un mar en calma, esperando a que sus hombres sacaran a los senadores Sexto y Glabrio para pedir rescate, una gran ola llegó desde el Estrecho y anegó y ahogó cinco galeras y unos cuatrocientos hombres, Sannios entre ellos.
—Eso son cuentos de viejas —respondió Espártakos, pero sus palabras no sonaban sinceras.
De hecho, la superstición le conmovía tanto como a los hombres más sabios y más humildes en aquellos tiempos, cuando los viejos dioses morían y otros nuevos y desconocidos ocupaban su lugar. Las mentes de los hombres aún se veían más afectadas por las viejas creencias que por las nuevas, y Espártakos no pudo reprimir la sensación de que podía haber algo de verdad en las palabras de su lugarteniente Mikios.
Siros no tardó en advertir la duda en la mente de su capitán, por lo que se echó a reír.
—¡Hemos de esperar, pues, algún acto de venganza contra nosotros de la delicada mano de la diosa Afrodita! —dijo—. ¡Sin duda, la próxima doncella a la que robemos un beso nos dará una buena tunda!
Espártakos rio con fuerza, pero Mikios parecía abatido. Él mismo había sugerido el saqueo del templo de Afrodita en Samos, pero había sido para ganarse el favor de Espártakos, sin pensar entonces en la posible ira y venganza de la diosa. Siros se burló de él.
—¡Gallina! —le dijo—. Creo que ahora te has asustado a ti mismo. En cuanto a mí, no temo a ninguno de los viejos dioses mientras me proteja el joven Mitra.
Hizo en el aire el viejo signo oriental de la esvástica, para invocar la protección de Mitra.
En aquel momento se oyó un grito débil y entrecortado procedente del vigía de la roca más alta de la orilla. Un rápido movimiento se extendió entre los hombres que ocupaban los bancos de la galera; se aferraron a las empuñaduras de sus largos remos y miraron a sus líderes en busca de órdenes. Espártakos y sus lugartenientes miraron hacia la orilla y vieron a un hombre que gesticulaba hacia el mar, hacia el norte, como señalando un navío que avanzaba.
—Salta a tierra, Mikios —dijo el capitán de la galera—, y corre hacia el norte a ver qué noticias te traes.
Mikios hizo lo que se le ordenaba, y en el transcurso de unos minutos regresó para decir que había dos galeras mercantes cuyo rumbo mostraba que se dirigían a Mileto. Iban muy cargadas y, por lo tanto, eran una buena presa.
—Llamad a las otras galeras —dijo Espártakos, y pronto un toque de trompeta, claro y agudo, resonó a lo largo de las rocas y calas de la isla.
Tras unas pocas órdenes, empujaron la Milvus afuera de la cala y, seguida por otras dos galeras que se habían escondido en ensenadas vecinas, se dirigía hacia los barcos mercantes. Con sus largos remos que subían y bajaban de forma regular, las galeras piratas parecían grandes y siniestros monstruos marinos que surcaban las brillantes olas azules. Los remos, al golpear las aguas, las agitaban hasta convertirlas en espuma; el sol brillaba y convertía las agitadas aguas en joyas que centelleaban al caer; el viento cantaba, llevando consigo el olor salado del mar. Los piratas, sin embargo, apenas veían la belleza del mar y del cielo, del sol y del viento; como aves de rapiña, solo tenían ojos para sus víctimas, y, empujadas por los vigorosos brazos de los bribones en las bancadas de remos, las tres galeras se acercaron rápidamente a los mercantes. Al ver las negras embarcaciones que corrían hacia ellos, los mercaderes aumentaron la velocidad, desplegaron otra vela e incitaron a sus remeros a redoblar sus esfuerzos. Pero los navíos iban demasiado cargados, y el jefe de los mercaderes, un hombre gordo y panzudo, se retorcía las manos al ver la rapidez con que los piratas acortaban el intervalo entre los barcos.

