De Aquiles a Pompeyo
Porque sí: Aquiles fue un pirata, y hubo piratas desde muy antiguo por todo el Mediterráneo...
A continuación tienes uno de los capítulos de Historias de piratas, de Juan Cabal.
Aquiles fue pirata. Dar este nombre al héroe más famoso de la guerra de Troya, inmortalizado por Homero, parecerá una falta de respeto a la poesía épica. Y es probable que nuestras palabras lleven al espíritu del lector ingenuo una cierta decepción. Pero también son incontables los personajes históricos, rodeados de gloria inmarcesible, que tienen antecedentes parecidos.
No calumniamos al héroe de la Ilíada: Aquiles se llama a sí mismo pirata. Por otra parte, también aparecen piratas en la Odisea, como se puede ver por el siguiente relato del poema que canta las aventuras de Odiseo; se encuentra en la novena rapsodia y dice así: «De Ilión llevome al país de los cícones, en Imaro. Entré a saco en la ciudad y maté a sus moradores. Repartimos las mujeres y el cuantioso botín equitativamente, sin que nadie se quedara sin su parte. Exhorté a mis hombres a que nos retiráramos con pie ligero; pero ellos, por ser necios, no se dejaron persuadir. Y, mientras bebían sin medida y degollaban en la ribera ovejas y bueyes de retorcidos cuernos, los cícones fugitivos fueron a pedir auxilio a los habitantes del interior del país. Estos eran muchos y valerosos, tan hábiles en sus carros como duros si luchaban a pie firme. Presentáronse al amanecer y eran tantos como las hojas y las flores que brotan en la primavera. Allí comprendimos —¡oh, infelices!— el destino que nos señalaba Zeus, destino aciago, sembrado de todos los males. Por ambos lados de nuestras naves nos atacaron, sin dar descanso a las broncíneas lanzas. Nos defendimos toda la mañana y según fue transcurriendo el día sin desfallecer, resistiendo su empuje, aunque nos superaban por su número. Mas, cuando el sol poniente indicó la hora de desuncir los bueyes, los cícones derrotaron a los aqueos, y seis de los nuestros, de hermosas grebas, perecieron en cada barco. Los restantes pudimos escapar de la muerte».
Claro está que, si los aqueos no se hubieran entretenido emborrachándose y haciendo otras locuras, achaque muy frecuente entre los que pretenden vivir del pillaje, habrían podido evitarse la paliza, por otra parte merecida.
Pero, en fin, si recordamos un pasaje de la Odisea es para que observe el lector que ya en la antigua Grecia, cuna de nuestra civilización, había piratas. Y no pocos. El más célebre de todos ellos fue Polícrates, tirano de Samos, que vivió en una época seiscientos años anterior al nacimiento de Jesucristo. Ninguno de sus sucesores, que fueron innumerables, logró jamás superarle en arrojo ni en poder. Como suele ocurrir entre los bandidos cuando no acaban de mala muerte, hizo una carrera tan rápida como brillante.
Llegó a poseer cien naves de guerra, con las cuales extendió su dominio por todas las aguas del Egeo, al mismo tiempo que se erigía soberano de toda la costa del Asia Menor, pudiendo tratar de igual a igual a los príncipes más poderosos. Hombre astuto y de una ambición sin límites, Polícrates quiso evitar, desde el principio de su carrera, la concurrencia de otros piratas para aumentar sus beneficios primero y más tarde para proclamarse rey. Es el procedimiento que posteriormente seguirían otros improvisados monarcas que han existido en todos los tiempos, porque las coronas reales continuaron estando al alcance del más fuerte. Polícrates, pirata, se propuso acabar con la piratería de su época, y lo consiguió después de vencer a sus rivales de Melita y Lesbos. Lograda esta doble victoria, pudo considerarse un soberano legítimo y tener una corte fastuosa, no superada en esplendor por la de ningún otro príncipe.
Samos, su antigua guarida de bandolero, convirtiose rápidamente en una gran ciudad, incomparable por la magnificencia de sus palacios y la belleza de sus monumentos. Como podía pagar a los artistas con esplendidez inusitada, hasta los de Atenas se trasladaban a Samos para servir a tan rico y poderoso señor. También los poetas se rindieron a sus dádivas, y Anacreonte, delicado cantor de Baco y el placer, fue uno de sus amigos más íntimos.
Polícrates, sin embargo, aunque cubierto de púrpura, seguía siendo un pirata de corazón. Podía haberse dado por satisfecho al verse inmensamente rico, pero continuó entregado al pillaje por costumbre y por incorregible amor a lo ajeno. El ladrón de alto vuelo suele conservar un cierto orgullo profesional hasta después de haber hecho su fortuna. Polícrates cobraba un tributo a todos los navegantes extranjeros, quienes corrían el peligro de quedarse sin barco en el caso de resistirse a pagar. Supo un día que Amasis, rey de Egipto, enviaba al de Lidia —Creso, tan famoso por sus tesoros— un regalo de incalculable valor. Polícrates, sabiendo que a Creso no se le podían regalar sino maravillas, sintiose tentado como cuando ejercía su antigua profesión. Y asaltó el barco de Amasis.
Quien mal anda mal acaba, dice el refrán, y Polícrates, pirata de raza, no pudo escapar a su destino. Cayó víctima de una emboscada semejante a las suyas de otro tiempo y murió en la cruz, condenado por sus fechorías.
Su muerte, sin embargo, lejos de servir de escarmiento, produjo, como era natural, efectos contrarios. La piratería resurgió con una violencia aterradora. Era como las aguas de una presa que se desbordan al romperse el dique que las contiene. Polícrates, por haber querido ser único en el arte de piratear, impedía a sus émulos toda acción. Al desaparecer el tirano de Samos, volvió el Egeo a quedar infestado de piratas.
Basta echar una ojeada al mapa para comprender que el mar de Grecia, con sus numerosas islas, era el más propicio al desarrollo de una industria que ha seducido siempre a los impacientes por hacer fortuna. Así como los salteadores de caminos buscaban para operar parajes agrios y fragorosos, donde eran igualmente fáciles la sorpresa de la víctima y la fuga del agresor, un extenso y complicado archipiélago había de ofrecer al pirata notables ventajas para asegurar las presas con el menor riesgo.
Los griegos de la Antigüedad, por otra parte, aunque dieron al mundo artistas maravillosos, poetas extraordinarios y grandes filósofos, tenían bastante olvidadas las actividades utilitarias, y por esto eran pobres; conducta diametralmente opuesta a la observada por los fenicios, dedicados casi todos al comercio, lo cual les sirvió para enriquecerse y señorear en tierras muy distantes de la suya: primero, traficando con las sedas, joyas y especias del oriente, trasladadas a sus puertos a través del desierto, consiguieron tener el monopolio de pingües negocios; más tarde extendieron su comercio por todo el Mediterráneo y hasta fundaron colonias en el África del norte, en España, en Francia, que se convirtieron, con el tiempo, en mercados siempre abiertos a su especulación. Navegantes intrépidos a la vez que mercaderes codiciosos, iban a comprar el ámbar del Báltico y el estaño de Inglaterra para revenderlo en Tiro y Sidón, las dos ciudades rivales de Fenicia, y hasta se cree que dieron la vuelta al África en un viaje que duró tres años. Eran demasiado ricos para no despertar envidias, mientras los griegos, sobre todo a raíz de la guerra de Troya, se reconocían demasiado pobres para resignarse con su suerte, razón por la cual los más impacientes y turbulentos se hicieron piratas.
¿Y qué había de suceder en consecuencia? Cuando el que nada posee se desprende de todos los escrúpulos para mejorar de situación y echa por el atajo, el que lo tiene todo, naturalmente, corre el peligro de ser despojado si no se defiende. Las naves fenicias, cargadas de los preciosos productos orientales, ofrecían a la rapiña de los bandidos del Egeo el botín más codiciado. Al fin y al cabo, la piratería ha sido siempre, hasta el siglo XIX de nuestra era, una enfermedad del comercio marítimo, como el escorbuto lo fue de los hombres de mar.
Los piratas pudieron sostenerse, durante miles de años, merced a una cierta tolerancia encontrada en el poder legal de sus países respectivos, poder que perseguía implacablemente al salteador de caminos por ser incompatible con el orden interior, mientras miraba con indiferencia el bandidaje ejercido en el mar, siempre que le fueran respetados sus barcos. El mar no tenía fronteras, y sus rutas quedaban libres para los aventureros de toda especie. Ningún príncipe sentíase inclinado a castigar a los piratas, súbditos suyos, por fechorías cometidas contra extranjeros; en cambio, hubiera fulminado a los venidos de otras latitudes cuando amenazaban la seguridad de su navegación. Los golpes que recibe el prójimo no nos duelen; pero, cuando se vuelven contra nosotros, ¡ay!, entonces ponemos el grito en el cielo.
Cuantos más barcos tuvieran los fenicios y mayores fuesen las riquezas acumuladas merced a su gran tráfico mercantil, más piratas saldrían del Egeo. La prosperidad del agredido estimulaba al agresor. Puede decirse que, indirectamente y con todo ser ellos los primeros perjudicados, los fenicios, con la fama de sus tesoros, fomentaban el desarrollo de la piratería griega.
¿Y qué hacían, en cambio, por combatirla? Pirateaban a su vez cuando las circunstancias les eran favorables. Con una moral de mercader, acomodada a todas las situaciones, los fenicios se preocupaban sobre todo por no perder dinero; mejor dicho, por no ver disminuidas sus enormes ganancias. En su afán de resarcirse, un ardid empleado por ellos con frecuencia fue el rapto de mujeres griegas, que después vendían en los mercados mediterráneos acaso más baratas que las sedas y los perfumes orientales.
El procedimiento empleado para cazarlas era el siguiente: durante sus estancias en los puertos del Egeo, invitaban a las mujeres, en todo tiempo deslumbradas por las joyas y los perifollos, a visitar sus naves, donde podían comprar como en una tienda, por decirlo así, las últimas novedades de la moda. Y, cuando más numerosa era la concurrencia de compradoras, el barco maniobraba de improviso y partía con ignorado rumbo.
Hubo un rey de Creta, de la dinastía de Minos, que reunió toda su fuerza naval para emplearla contra la más terrible plaga del mar. Como Polícrates, el príncipe cretense había sido también pirata, o descendía de piratas, por manera que estaba magníficamente preparado por conocer las tretas del enemigo y contar con una poderosa escuadra. Desplegó en la empresa una energía enorme y estuvo largo tiempo peleando con singular tesón, animado por los mercaderes fenicios que veían en él su salvador. Lograda la victoria después de una lucha sangrienta que se prolongó durante años, impuso a los griegos su ley, que consistía en prohibirles el empleo de barcos tripulados por más de cinco hombres. Era lo bastante para asegurarse contra un nuevo resurgimiento de la piratería; pero, andando el tiempo, con la muerte del vencedor, declinó la potencia guerrera de Creta y los corsarios aparecieron otra vez, multiplicados hasta lo infinito.
¿Cómo defenderse de los mosquitos en la selva? No era más fácil combatir a los piratas, cuya propagación propiciaban las circunstancias geográficas y el modo como se navegaba en época tan remota. Es otra cosa que deben conocer nuestros lectores para mejor hacerse cargo. Se navegaba entonces solamente durante el día para tener siempre la tierra al alcance de los ojos. Islas, montañas, promontorios servían al marino para orientarse, razón por la cual no podía alejarse mucho de la costa. Y las noches las pasaba siempre recogido en un puerto.
Era, por consiguiente, muy hacedero para los piratas acechar la presa en las rutas más frecuentadas y seguirla hasta su refugio. Se servían, generalmente, de embarcaciones muy ligeras, con poco calado, para ganar a los mercantes en velocidad. Así, el pesado y lento trirreme no los hubiera alcanzado nunca. Lo que pretendían los bandoleros no era siempre capturar las naves de los fenicios, sino entrar en ellas por sorpresa y llevarse lo mejor de su cargamento. Por esto las atacaban de noche, en la rada, cuando dormían sus tripulaciones. Sabiendo donde el bajel perseguido se había refugiado, se deslizaban con todo sigilo hasta sus costados, protegiéndose en la sombra. Si conseguían dar muerte a los centinelas antes de haber sido descubiertos, el éxito del asalto quedaba asegurado. Los demás hombres de la tripulación eran cogidos en lo mejor de su sueño y degollados sin piedad.
Podía acontecer que la fortuna les fuera tan propicia que hasta pudieran llevarse el navío con ayuda de los mismos supervivientes de la matanza, a quienes obligaban a remar bajo una lluvia de latigazos. Pero, como no siempre salen las cosas como se han pensado, los piratas, previendo el fracaso, lo tenían todo dispuesto para escapar rápidamente. Como el malhechor de tierra adentro, que opera en descampado, confía su salvación a la velocidad de su caballo, el antiguo pirata del Egeo necesitaba servirse de barcos como flechas para ponerse fuera del alcance de sus contrarios en los trances de apuro, lo mismo después de un abordaje que en sus golpes de mano contra las poblaciones ribereñas.
Ninguna playa podía considerarse bien defendida contra el ataque de los corsarios, constantemente en acecho. Sus habitantes, no pudiendo tener a salvo sus bienes, habían construido en las colinas unas torres como fortalezas, donde buscaban amparo, al producirse la invasión, para defender al menos la vida. Desde allí pedían auxilio a sus vecinos del interior con humaredas si era de día o encendiendo grandes hogueras en medio de la noche, mientras los asaltantes se entregaban al pillaje y lo destruían todo, para enseguida huir con el botín y con los prisioneros hechos. Las ruinas de las torres levantadas como refugios se conservan todavía en la actualidad, pasados dos mil quinientos años, por lo cual puede colegirse que debían ser muy sólidas y resistentes.
Ahora bien: si la piratería hubo de impacientar a los fenicios, no desesperó menos a los romanos después de la derrota de Grecia. Las guerras no dejan tras de sí nada más que la muerte, la miseria y la desmoralización, sobre todo si terminan con un desastre. La piratería vino a ser para los griegos vencidos una necesidad y algo así como un desquite. Pero no eran ellos solos los derrotados: había caído también Cartago, después de la tercera guerra púnica, de suerte que los fenicios del norte de África, por haber perdido su poderosa república mercantil, se encontraron en parecida situación a la de los helenos. Ambas razas reaccionaron del mismo modo, y los piratas se extendieron por el Mediterráneo.
Nada menos que cerca de un siglo tardó Roma en poner remedio a este estado de cosas. Y habría tardado, probablemente, mucho más si los piratas, llevando su audacia a los mayores extremos, no hubieran cortado el aprovisionamiento de una ciudad que ejercía la soberanía del mundo. Los piratas habían herido a Roma primero en su orgullo; después le hicieron sentir el hambre.
La pasividad de los cónsules y del Senado romanos, que contrastaba con el poder y el esplendor del imperio, tiene una explicación: faltaban los marinos de raza. El tráfico por mar lo hacían extranjeros de los países dominados. Y un pueblo sin tradición marinera no se improvisa una gran potencia naval de la noche a la mañana. Otra circunstancia vino a retardar la represión contra los piratas: Roma se debatía en una lucha interior, la guerra civil entre los partidarios de Mario y Sila, en la que malgastaba sus energías. Esta distracción, pugna sangrienta, tan prolongada que llegó a ser un peligro para la estabilidad de la república, envalentonó a los aventureros del mar, cuya actividad hubo de acrecentarse hasta lo inaudito. Roma padecía los efectos de un bloqueo, pues no llegaba a los puertos italianos ni la tercera parte del trigo importado del África y Egipto. El espectro del hambre hizo su aparición.
De entre todos los piratas se distinguían por su ferocidad y su organización los de Cilicia, protegidos por Mitrídates, rey de Ponto, el más implacable enemigo de los romanos. De este modo, según fue pasando el tiempo, la persecución de naves mercantes se convirtió en una verdadera guerra. Mitrídates daba amparo en sus puertos a los cilicianos y hasta les prestaba sus galeras cuando las necesitaban para mejor asegurar un golpe. Con ello, la situación de Roma llegó a ser desesperada.
—Algo se tiene que hacer por remediar de una vez nuestra miseria —se dijeron los prohombres—. Si terminara entre nosotros la lucha fratricida y se restableciera la unidad del poder, esos aventureros sin ley que nos acosan y nos humillan serían aplastados como moscas.
La necesidad es una gran maestra. Roma, que se ahogaba en la política y no tenía ya nada que comer, recobró su espíritu sereno y se dispuso a cortar de raíz cuanto pudiera ser un peligro para la salud de la república. El Senado volvió por sus fueros; los odios banderizos de la guerra civil fueron apagados; un general hubo de ser escogido para que planeara el exterminio de los piratas.
Dicho general fue Pompeyo, a quien se concedieron poderes dictatoriales al efecto de facilitar su labor. Convenía sobre todo que ningún impedimento legal estorbara la ejecución de sus resoluciones. El pueblo había puesto en él toda su confianza, por ser el hombre más destacado en aquel momento crítico.
Cuando le dijeron que debía terminar radicalmente con el azote de la marina mercante, Pompeyo se guardó mucho de contestar con una baladronada.
—Eso no es tan fácil como muchos creen —hubo de advertir. Y añadió después de haberlo meditado profundamente—: Tardaremos en conseguirlo.
—¿Qué puede durar la campaña? —le preguntaron.
—Necesito tres años —calculó.
—Es mucho tiempo, y el hambre apremia.
—Pero yo no puedo prometer lo que no estoy seguro de conseguir. La tarea es formidable, aunque dos o tres éxitos iniciales pueden aliviar nuestra situación.
Le fue concedido el plazo que solicitaba, y se pusieron a su disposición todos los recursos del imperio. Pompeyo sonrió satisfecho. Estaba seguro de la victoria.
Los romanos, como ya hemos dicho, no eran marinos, pero podían aprovecharse de la experiencia adquirida en el mar por los naturales de otras tierras conquistadas por Roma. Quiere esto decir que encontrar buenos pilotos, siendo tantos los extranjeros sometidos al poder imperial, no presentaba la menor dificultad.
—Los marinos no son los que deben dar la batalla —se diría Pompeyo—. Constituyen un elemento auxiliar indispensable, que me proporcionarán los mismos pueblos de donde proceden los piratas, y la fuerza de choque la encontraré en mis legiones.
En efecto, los soldados de Roma, vencedores en todas partes, podían combatir como compañías de abordaje, asegurando el éxito de la campaña con su disciplina y su valor, con tal de que sus naves fueran conducidas por navegantes expertos. Pompeyo comprendió que, siendo innumerables los nidos de piratas, la tarea de ir destruyéndolos uno a uno, hasta limpiar por completo el Mediterráneo, podía durar más que su vida.
«El plazo que se me concede es de tres años: tengo el tiempo limitado», hubo de recordar. Pensó, en consecuencia, simultanear los ataques, esto es, emprender la persecución de los merodeadores desde distintos puntos a la vez. Reunidas las galeras necesarias, dividió la poderosa escuadra en varios grupos, que operarían cada uno en una región diferente del Mediterráneo occidental. De este modo, la campaña iba a comenzar al mismo tiempo en las costas de Hispania, de la Galia, del África, de Sicilia y Cerdeña. Se dejaba para más tarde el atacar a los piratas en sus nidos más antiguos del Egeo y del Asia Menor. Pompeyo se puso al frente de las fuerzas destinadas al África, mientras otros capitanes empleaban las suyas en la Galia e Hispania.
El éxito obtenido desde un principio rebasó ampliamente los cálculos más optimistas. Los marinos extranjeros puestos al servicio de Roma cumplían con su obligación, y el empuje de las legiones era incontenible. Bastaron cuarenta días para barrer todo el bandidaje establecido entre el estrecho de Sicilia y el de Gibraltar. Y la represión fue muy dura, porque se buscaba deliberadamente la ejemplaridad de un castigo terrible.
La segunda parte del programa, es decir, el traslado de la acción represiva a la otra mitad del mar infestado de corsarios, vino inmediatamente, sin dar respiro a los perseguidos. Estos huían del mar abierto para refugiarse en el laberinto de sus islas, en las costas recortadas y de senos profundos, donde tenían sus fortalezas, dejando libres las rutas del trigo, con lo cual pudo la Roma famélica remediar su penuria. Pero Pompeyo no se daba por satisfecho. Habiendo advertido que el pánico de los piratas iba en aumento, no quiso aplazar la obtención de una victoria total que tenía ya a su alcance. Debía aprovechar aquellos momentos de terror, si bien, con muy buen consejo, prometió ser clemente con todos los que se entregaran sin combatir.
Esta política astuta produjo el efecto apetecido: la resistencia encontrada fue muy escasa, salvo en Cilicia, donde los piratas protegidos por el rey de Ponto se defendieron como leones. Fueron también vencidos, sin embargo, y el rencoroso Mitrídates hubo de ver con espanto cómo se iban rindiendo todas sus naves y también sus puertos. No tres años, sino tres meses, habían bastado a Pompeyo para limpiar todo el Mediterráneo, cuyos caminos comerciales, de una importancia vital para el imperio, podrían ser recorridos por los mercantes sin otros riesgos que los derivados del estado del mar. Veinte mil piratas prisioneros y otros diez mil muertos en los combates dan idea de la extensión del mal por fin vencido. Todos los refugios y astilleros de los corsarios quedaban destruidos, así como sus barcos, de los cuales los romanos pudieron capturar cuatrocientos en buen uso, pero más del doble estaban en el fondo del mar y otros tantos habían sido pasto de las llamas.
Pompeyo se estableció en Cilicia, sometida a Roma, y no extremó su rigor en los castigos por estimar que la clemencia reforzaba su poder. El ensañamiento en la represión puede tener por causa el instinto vengativo y sanguinario del que la emprende, pero más frecuentemente descubre el miedo de un tirano que se cree rodeado de enemigos.
—Si vuelven a levantar cabeza los piratas, no será en mis días —aseguraba su vencedor.
Ni en los suyos ni en los de Julio César, que le sobrevivió. Pero, después de la muerte del gran conquistador, ocurrida en el año 44 a. C., la piratería hubo de renacer para extinguirse más tarde por sí sola con la caída de Roma y la disgregación de su imperio. Pasarían más de mil años durante los cuales, por no haber comercio marítimo, el pillaje en el mar se hizo imposible. Para que existan ladrones es preciso que se pueda robar algo. Al desaparecer el botín, se acabaron los piratas.
Pero no para siempre.

