El mito de Faetón inspiró los faetones
Y los carruajes faetones inspiraron el Packard Phaeton.
Hace unos años, traduciendo A Book of Myths, de Jean Lang, la autora hacía esta apreciación en el prefacio (firmado a julio de 1914):
Podríamos esperar que en este siglo XX se olvidaran los viejos dioses de Grecia y Roma. […] Pero incluso cuando leemos en un periódico sobre aviones, es más que probable que alguien cite la historia de Belerofonte y su corcel alado, o la del vuelo de Ícaro, y en nuestra habla cotidiana aparecen continuamente los nombres de dioses y diosas.
Conducimos —o, al menos, hasta hace poco conducíamos— faetones. […] La sustancia plateada de nuestros termómetros y barómetros tiene su nombre por Mercurio. Los herreros están acostumbrados a que se les llame «hijos de Vulcano», y los jóvenes hermosos, a que se les llame «jóvenes Adonis».
Todas las demás referencias me eran totalmente transparentes, mientras que la de los faetones, no tanto; o sea, conocía bien el mito de Faetón (o Faetonte), pero no la referencia contemporánea de la autora.
Para que nadie se pierda, el mito de Faetón, muy resumido, es el siguiente.
Faetón era un hijo de Apolo. Como gran error de juventud, le pidió a su padre conducir el carro del sol. (Los griegos decían que el sol iba paseando por el cielo porque Apolo lo iba transportando en su carro).
El problema fue que Faetón era un mortal y, por tanto, en cuanto se subió al carro, no pudo controlar los caballos divinos del dios Sol, que se desbocaron al momento y empezaron a causar estragos por toda la Tierra.
Así, por ejemplo, explica la mitología que haya gente de piel más oscura, porque Faetón los quemó con el sol por acercarse demasiado a esas zonas de la Tierra. Zeus, para proteger la Tierra, tuvo que fulminarlo.
Y de este mito salió el llamar phaeton en inglés y faetón en español a un «carruaje descubierto, de cuatro ruedas, alto y ligero» (DLE). Más allá de venir recogido en el diccionario, no sé cuánta fortuna tuvo realmente la palabra en nuestra lengua, aunque Pérez Galdós y Gabriel Miró la usan unas cuantas veces.
Y, sin ser yo apasionado de los coches, sí que puedo apreciar la belleza del Packard Phaeton, que a su vez hace referencia a los antiguos faetones por su forma.

Ahora bien, técnicamente el nombre está bien traído, pero quizá los de marketing no sabían mucha mitología, porque el nombre realmente es muy ominoso: a poco que uno sea algo supersticioso, es difícil comprarse un Faetón (igual que un Mitsubishi Pajero, dicho sea de paso).
O quizá los de marketing eran más listos de lo que pensamos, y resulta que el mensaje es este: Un coche para no tener que dejárselo a tu hijo.
Por cierto, mi traducción del libro entero está en abierto aquí, ¡y hasta en versión audiolibro! También puedes comprarlo en papel.




