La despedida ¿envenenada? de Julio César
¿Y si las últimas palabras significaron otra cosa absolutamente distinta?
El día que lo iban a matar, Julio César se levantó con la pacificación de la Dacia y la invasión de Partia en mente. Según Apiano, su plan pasaba por marchar con dieciséis legiones (unos sesenta mil soldados de infantería pesada) y diez mil jinetes, además de un número indeterminado de infantería y caballería auxiliares.
Todo eso quedó en nada, ya que sesenta o más conjurados, con Bruto a la cabeza, lo cosieron a puñaladas el 15 de marzo del año 44 a. C. para supuestamente liberar a Roma de la tiranía.
En una resultona escena llena de drama —se dice—, Julio César, entre estertores y aspersiones de sangre, dijo aquello de:
¿Tú también, Bruto, hijo mío?
Esta frase tiene tantas variantes como personajes han narrado el final del dictator perpetuo…
Cualquiera mínimamente escéptico puede imaginarse que en realidad lo más probable es que el hombre simplemente no dijera nada, o que aprovechara sus últimos segundos para lanzar una de esas terribles maldiciones romanas sobre sus asesinos.
Bueno, pues resulta que sí hay una teoría bastante interesante —si bien podría considerarse algo conspiranoica— respecto a esta última posibilidad. Puede que las famosas últimas palabras de Julio César tengan un significado e intención muy —totalmente— diferentes a los que levitan en el imaginario colectivo.
Hay varias versiones, del tipo: ¿También tú, Bruto? o ¿También tú, hijo mío?, que suelen entenderse como las palabras de alguien decepcionado, mientras se le escapa el alma del cuerpo al ver que incluso su querido «hijo» Bruto también era uno de sus asesinos.
El historiador Suetonio menciona que César podría haber dicho esas palabras en griego: καὶ σύ, τέκνον; (kaì sú, téknon?), y este detalle realmente es importante. Según James Russell, la secuencia καὶ σύ ‘también tú’ es muy frecuente en las tablillas de maldiciones (algo así como el vudú de los antiguos griegos y romanos).
Por tanto, las últimas palabras de César eran, en esencia, una maldición hacia Bruto (y a juzgar por el destino de los conjurados en general, funcionó a las mil maravillas); en las propias palabras de Russell, habría sido algo como «¡Nos veremos en el infierno, cabrón!».
Y es que de forma similar anuncia Aquiles sus asesinas intenciones a Licaón: ἀλλὰ φίλος θάνε καὶ σύ. En traducción de Segalá y Estalella (Ilíada 21.106-135):
—Por tanto, amigo, muere tú también [...].
Aquiles puso mano a la tajante espada e hirió a Licaón en la clavícula, junto al cuello: metiole dentro toda la hoja de dos filos, el troyano dio de ojos por el suelo, y su sangre fluía y mojaba la tierra. El héroe cogió el cadáver por el pie, arrojolo al río para que la corriente se lo llevara, y profirió con jactancia estas aladas palabras:
—Yaz ahí entre los peces que tranquilos te lamerán la sangre de la herida. No te colocará tu madre en un lecho para llorarte, sino que serás llevado por el voraginoso Escamandro al vasto seno del mar. Y algún pez, saliendo de las olas a la negruzca y encrespada superficie, comerá la blanca grasa de Licaón. Así perezcáis los demás teucros hasta que lleguemos a la sacra ciudad de Ilión, vosotros huyendo y yo detrás haciendo gran riza. No os salvará ni siquiera el río de hermosa corriente y argénteos remolinos, a quien desde antiguo sacrificáis muchos toros y en cuyos vórtices echáis solípedos caballos. Así y todo, pereceréis miserablemente unos en pos de otros, hasta que hayáis expiado la muerte de Patroclo y el estrago y la matanza que hicisteis en los aqueos junto a las naves mientras estuve alejado de la lucha.
¡Ciertamente parecería que César tenía justo el pasaje en mente en ese preciso momento!
Quizá no termina de encajar en este contexto, pero creo que aun así podemos decir que se habría tratado de una venganza in articulo mortis: dum morior, ulciscor, o sea, mientras muero, me vengo.



Y 2069 años después, seguimos recordando este complot como uno de los más épicos de la historia ❤️👀