A continuación tienes uno de los capítulos de La historia de los griegos, de Hélène Adeline Guerber.
El primer egipcio que se asentó en Grecia fue un príncipe llamado Ínaco. Al desembarcar en aquel territorio, que tiene un clima sumamente agradable, enseñó a los pelasgos cómo hacer fuego y cocinar la carne. También les enseñó a construir casas cómodas apilando piedras una sobre otra, de forma bastante similar a como los granjeros construyen los muros de piedra alrededor de sus campos.
Los pelasgos eran inteligentes, aunque eran incivilizados, y aprendieron pronto a construir las paredes más alto para mantener alejadas a las bestias de sus hogares. Más adelante, cuando hubieron aprendido el uso de herramientas de bronce y hierro, cortaban las piedras en enormes bloques de forma regular.
Estos bloques de piedra se ponían unos sobre otros tan inteligentemente que algunos de aquellos muros siguen en pie todavía hoy, a pesar de que no usaban mortero para mantener las piedras unidas. Tal era la fuerza de los pelasgos que levantaban enormes bloques a grandes alturas y hacían muros que sus descendientes pensaban que debían de haber sido construidos por gigantes.
Como los griegos consideraban que los cíclopes, nombre que significa ‘ojo redondo’, eran gigantes, dieron a estos muros el nombre de ciclópeos; y al mostrárselos a sus hijos les contaban fantasiosas historias sobre los grandes gigantes que los habían construido, y siempre añadían que aquellos enormes constructores tenían un solo ojo en medio de la frente.
Algún tiempo después de que el egipcio Ínaco les enseñara a los pelasgos el arte de la construcción y de que hubiera fundado una ciudad llamada Argos, hubo un terrible terremoto. La tierra a los pies de la gente se resquebrajó y se abrió, las montañas temblaron, las aguas inundaron la tierra y la gente huyó aterrorizada a los montes.
A pesar de que huyeron a toda prisa, las aguas los alcanzaron rápido. De esta forma, muchos pelasgos se ahogaron, mientras que otros corrían más y más rápido para subir a las montañas y no pararon hasta que se aseguraron de estar a salvo.
Al mirar abajo hacia las llanuras donde habían vivido hasta entonces, las vieron completamente cubiertas de agua. Ahora habían de construir nuevas casas; pero, cuando las aguas empezaron a penetrar poco a poco por la tierra o volvieron al mar, se alegraron mucho de ver que algunos de los muros más gruesos habían resistido el terremoto y la inundación y aún seguían firmemente en pie.
Sin embargo, no olvidaron el terremoto y la inundación. Los pobres pelasgos no podían olvidar el miedo y la muerte repentina de tantos amigos, y a menudo hablaban sobre aquel horrible episodio. Como esto ocurrió en los días en que Ogiges era el rey, llegó a vincularse con su nombre y es a menudo conocido como la inundación de Ogiges.

