A continuación tienes uno de los capítulos de La historia de los griegos, de Hélène Adeline Guerber.
Los griegos solían contar a sus hijos que Deucalión, el jefe de los tesalios, era descendiente de los dioses, pues todos aseguraban que su fundador era hijo de algún dios. Fue bajo el reinado de Deucalión que tuvo lugar otra inundación. Esta fue incluso más terrible que la de Ogiges, y toda la gente de los alrededores huyó a toda prisa a las altas montañas al norte de Tesalia, donde fueron recibidos amablemente por Deucalión.
Cuando terminó todo el peligro y las aguas habían empezado a retroceder, siguieron a su jefe y bajaron de nuevo a las llanuras. Pronto, esto dio lugar a una maravillosa historia que oirás a menudo. Se dice que Deucalión y su esposa Pirra fueron las únicas personas que sobrevivieron al diluvio. Cuando ya se marcharon las aguas, bajaron y se encontraron con que el templo de Delfos, donde adoraban a los dioses, aún estaba allí sin daño alguno. Entraron y, arrodillándose ante el altar, rezaron pidiendo ayuda.
Una voz misteriosa les ordenó entonces que bajaran y arrojaran los huesos de su madre tras de sí. Al oírlo, se sintieron en una situación complicada, hasta que Deucalión dijo que una voz divina no podía haberles ordenado hacer nada malo. Estuvieron reflexionando cuál sería el verdadero significado de las palabras que habían oído, hasta que Deucalión le dijo a su esposa que, como la Tierra es la madre de todas las criaturas, sus huesos deben ser las piedras.
Deucalión y Pirra, por tanto, fueron bajando lentamente la montaña, arrojando las piedras tras de sí. Los griegos solían decir que un recio linaje de hombres salió de las piedras arrojadas por Deucalión, mientras que de las arrojadas por Pirra salían hermosas mujeres.
La región se pobló rápidamente con los hijos de estos hombres, que siempre declararon orgullosamente que esta historia era verdad y que salieron del linaje que debía su nacimiento a aquel gran milagro.
Deucalión reinó sobre su gente durante toda su vida y, cuando murió, sus dos hijos, Anfictión y Helén, fueron reyes en su lugar. El primero se quedó en Tesalia y, al enterarse de que algunos bárbaros, los tracios, estaban a punto de invadir y expulsar a su gente, convocó a los líderes de todos los diferentes estados a una asamblea para pedirles consejo sobre la mejor forma de defensa. Todos los líderes acudieron y se reunieron en un lugar de Tesalia en el que las montañas estaban tan cerca del mar que apenas había un estrecho paso entre ellos. Allí hay unas fuentes termales, y por eso se llamaban Termópilas o Puertas Calientes.
Los líderes, reunidos de esta forma, llamaron a la asamblea Liga Anfictiónica en honor a Anfictión. Tras hacer planes para rechazar a los tracios, decidieron reunirse cada año, ya fuera en las Termópilas o en el templo de Delfos, para debatir todos los asuntos importantes.

