El escriptorio de Nebrija

El escriptorio de Nebrija

«El libro de los piratas», de Henry Gilbert

La conversación de César con uno de los piratas

Avatar de Paco Álvarez Comesaña
Paco Álvarez Comesaña
ene 26, 2024
∙ De pago

A continuación tienes uno de los capítulos de El libro de los piratas, de Henry Gilbert.

Un día, César se dirigió a un grupo de piratas, mientras estaban sentados después de la cena, y les dijo que iba a recitar un discurso que había compuesto. Era una versión revisada de la parte final del discurso que había pronunciado en el Foro cuando había acusado a Antonio Híbrida de gobierno corrupto en Macedonia. Con toda solemnidad, mientras los hombres le miraban asombrados, les dijo que este discurso siempre le había dejado insatisfecho y que, más que ninguno de sus otros discursos, le había convencido de que eran necesarias unas cuantas sesiones con el gran orador Molón de Rodas —a donde se dirigía cuando los bribones se apoderaron de su persona— para perfeccionarse en el arte de la retórica.

Entonces, durante algún tiempo, desplegó todas sus dotes de elocuencia sobre el grupo de desgraciados que tenía ante sí. Con cada nueva frase exquisita, gesto noble y entonación elocuente, se esforzaba por hacerles comprender la fuerza de los argumentos con los que pretendía demostrar cuán absolutamente malvadas y perjudiciales para el Estado habían sido las acciones del gobernador al aceptar sobornos de demandantes y mercaderes y al despojar a los viajeros de sus bienes. Pero todos sus esfuerzos fueron en vano: los piratas no se impresionaron lo más mínimo e incluso se rieron de él, y a mitad de su discurso muchos se apartaron y empezaron a jugar a los dados o a un juego con huesecillos llamado mora.

Cuando terminó, César los miró con amargura mientras se repantigaban en sus lugares. Algunos bromeaban sobre los gestos que había hecho; Espártakos dijo que le parecía demasiado hablar tanto de un hombre que se había llevado unos pocos bienes y sumas insignificantes de oro; mientras, otro rufián, que se suponía que era un tipo muy cómico, empezó a provocar carcajadas en un rincón imitando los movimientos y los gestos de César mientras hablaba.

—¡Idiotas y bárbaros! —gritó César—. ¡Es como arrojar perlas a los cerdos o dar oro a los asnos el exponer ante vosotros la rica oratoria que yo poseo!

—Parece que los sabios no hacéis otra cosa que hablar —gruñó Siros—. En cuanto a nosotros, los marinos, puede que seamos hombres rudos, pero hacemos mucho más de lo que hablamos. A mí dadme un hombre que haga cosas, no uno que hable de lo que otros hombres han hecho.

—¡Imbécil! —dijo César, con una sonrisa desdeñosa—. Supongo que nunca aprenderás que las palabras pueden influir en los hombres mucho más que tus brutales hazañas con cuchillo y jabalina. Oh, cuando vuelva a ser libre, ¡tendré el mayor de los placeres en ahorcaros a todos!

Diciendo esto, se alejó con gran dignidad, envolviéndose en su toga con un gesto señorial.

Los piratas se rieron mientras se alejaba de ellos.

—¡Qué bobo es este hombre! —dijo Espártakos con sorna—. Es todo palabras. Nunca nos ha contado nada que haya hecho él mismo.

—Ya se lo dije yo —dijo Siros—. Seguro que vomitaría si viera morir a un hombre. ¡Y habla de crucificarnos!

Avatar de User

Continúa leyendo este Post gratis, cortesía de Paco Álvarez Comesaña.

O compra una suscripción de pago.
© 2026 Paco Álvarez · Privacidad ∙ Términos ∙ Aviso de recolección
Crea tu SubstackDescargar la app
Substack es el hogar de la gran cultura