El escriptorio de Nebrija

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«El libro de los piratas», de Henry Gilbert

Cómo Pompeyo liberó Roma de los piratas

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Paco Álvarez Comesaña
ene 26, 2024
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A continuación tienes uno de los capítulos de El libro de los piratas, de Henry Gilbert.

Por insolentes y arrogantes que hubieran sido los piratas, hasta entonces no se habían atrevido a interferir en gran medida con los barcos de grano que iban y venían entre el Tíber y Egipto, transportando grano de las fértiles tierras del Nilo para llenar los graneros de Roma. Tampoco cortaban el paso a los comerciantes que se dirigían a la ciudad de las Siete Colinas. Pero hacia el año 78 a. C., se habían vuelto tan audaces como para detener el comercio desde Roma, y entonces los senadores tuvieron que armarse de valor. Decidieron erradicar a los piratas de sus guaridas en Cilicia, y para ello enviaron al procónsul Servilio al frente de una escuadra para destruirlos por completo. En tres difíciles campañas en los arroyos y entre las montañas de Cilicia, infligió grandes pérdidas a los piratas, y a su regreso a Roma le dieron un triunfo. Habían ganado una batalla, pero no la guerra...

Cuando, en el año 73, el gladiador Espartaco, con su ejército de esclavos fugitivos y bandidos, desafió el poder del Senado romano, negoció con los piratas para que le ayudaran, y a lo largo de las costas de Italia llevaron a cabo muchos actos de destrucción, mientras que Espartaco derrotaba a un general tras otro enviado contra él por los campos de la península. En el año 71, Espartaco fue abatido, y los piratas desaparecieron durante uno o dos años.

Entonces, sus depredaciones se volvieron más insolentes de lo habitual, y los senadores tomaron medidas tímidas contra ellos. Su método consistía en conseguir que algún aliado marítimo les prestara una flota, que ponían al mando de un general que, tras quemar unas cuantas galeras piratas, capturar una o dos ciudades y dar muerte a algunos centenares de bandidos, consideraba que ya había hecho bastante.

De hecho, los romanos odiaban y temían el mar. Nunca habían sido marineros, y hasta el final de su historia nunca llegaron a dominar el mar. Por lo tanto, nunca mantuvieron una flota permanente, y a todos los efectos dejaron las aguas del Mediterráneo en posesión de los astutos piratas, que amaban los barcos y el mar. Si los asaltantes del mar no hubieran desconfiado unos de otros, sino que se hubieran agrupado bajo algún líder de talento, a Roma le habría resultado realmente difícil acabar con ellos. Pero los malhechores no podían actuar de común acuerdo. Cada clan de marinos se mantenía en su propia parte del Mediterráneo, y cualquier corsario que se encontraba fuera de su territorio era tratado con dureza.

Los isleños de las Baleares dominaban todos los mares de Hispania, el sur de la Galia y las costas de Mauritania; una horda de dálmatas dominaba el Adriático; las galeras de los cretenses acechaban las islas del Egeo; y desde las costas de Asia Menor hasta la desembocadura del Nilo los panfilios y los cilicios barrían los mares con sus flotas, que a veces contaban con un centenar de naves.

Hacia el año 67 a. C., las incursiones de los piratas se estaban volviendo demasiado audaces incluso para que los romanos, que odiaban el mar, siguieran soportándolas con tanta paciencia. De hecho, los piratas les atacaban donde eran más vulnerables: en su suministro de alimentos. Llegó una mala temporada en la que los campos de cereales de Italia se vieron afectados por plagas y enfermedades. Al mismo tiempo, los barcos egipcios que transportaban el esperado grano no llegaron, y pronto se supo que los sacos de dorado cereal destinados a las hambrientas multitudes romanas estaban siendo vendidos por los insolentes piratas en los mercados de Asia Menor y las islas griegas. Al instante hubo un clamor de venganza; se produjeron disturbios en Roma, y los senadores se vieron obligados a emprender la destrucción de aquellos que estaban amenazando la vida misma del Estado.

Afortunadamente, Roma tenía en Pompeyo al general perfecto que, a diferencia de los muchos generales que hasta entonces solo habían hecho chapuzas, cumpliría con su deber a la perfección y pondría fin a la campaña de forma satisfactoria. El pueblo confiaba tanto en sus poderes que le concedió el control total del Mediterráneo durante cinco años; debía tener bajo su mando una flota de quinientas galeras —mayor que cualquiera de las que se habían reunido hasta entonces— y su autoridad había de anular los poderes de los cónsules y pretores al frente de cada una de las provincias romanas cuyas costas estaban bañadas por las aguas del Mediterráneo.

Pompeyo tenía veinticuatro lugartenientes a sus órdenes, junto con ciento veinte mil soldados de infantería y cinco mil de caballería. Reunió a sus lugartenientes en Bríndisi, donde estaba reunida la mayor parte de la gran flota, y les expuso sus planes. Cada hombre debía tener a sus órdenes un cierto número de galeras, y con ellas debía mantenerse dentro de una zona determinada del Mediterráneo, y en esa zona debía buscar y destruir todos los bastiones piratas y quemar o hundir todas las galeras pertenecientes a los corsarios. Había trece de estas divisiones, que, como pronto comprobaron los piratas, eran como las partes de una gran red, pues, si huían de una, caían en otra.

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