El escriptorio de Nebrija

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«El libro de los piratas», de Henry Gilbert

César, rescatado

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Paco Álvarez Comesaña
ene 26, 2024
∙ De pago

A continuación tienes uno de los capítulos de El libro de los piratas, de Henry Gilbert.

Pocos días después, de madrugada, se avistó una galera que venía de Mileto. El primer hombre que saltó a las aguas cuando la nave se acercó a la orilla fue el liberto más importante de César, Galo, quien, corriendo hacia su amo, se inclinó ante él y le dijo:

—Dómine, el asunto de los cincuenta talentos está resuelto. Está en manos del señor Valerio Torcuato, legado en Mileto. ¿Debo preparar a mi señor para su partida inmediata de aquí?

—Dile al pirata Espártakos que mi rescate le espera —respondió César sin inmutarse—, y luego ven a verme.

Al cabo de una hora, las tres galeras estaban en marcha hacia Mileto atiborradas de hombres. En la primera iban César y su amigo Cinna, junto con el liberto Galo y los dos esclavos Cota y Milón. Todos, excepto el propio César, mostraron una gran alegría por encontrarse de nuevo en camino hacia la libertad. Habían estado treinta y ocho días con los piratas, por lo que había sido una ardua tarea para Galo y los otros esclavos de César reunir la suma de cincuenta talentos. Los bienes de César y de su esposa Cornelia habían sido confiscados por Sila, que por entonces se había adueñado de Roma, pero César tenía muchos parientes y amigos ricos.

Durante los preparativos para la partida, César había permanecido sentado en silencio en la popa de la galera, contemplando la costa, de la que ahora se alejaban, como si tratara de fijar en su memoria el aspecto de las calas y los acantilados.

Espártakos y sus dos lugartenientes llegaron a popa. Estaban muy contentos ante la perspectiva de recibir una suma tan elevada por su rehén, pero, aunque Espártakos no preveía ningún ardid, siempre había tenido la costumbre, en estos casos, de asegurarse de todo. Sabía de piratas que habían sido llevados a un lugar en el que se iba a pagar un rescate, para luego ser atacados y aplastados por tropas ocultas. Por esta razón había llevado consigo a todos sus hombres bien armados, y el dinero debía entregársele en la galera del gobernador, en un punto en mar abierto fuera del puerto de Mileto.

—No puedes decir que no te he tratado bien, César —dijo Espártakos con una risa ronca—. Cincuenta talentos de golpe no suelen caerle a un pobre corsario, pero creo que yo y mis compañeros te hemos tratado como a un rey.

—Ya me encargaré yo de que tu amable trato hacia mí no te beneficie si alguna vez te presentas ante el juez de Pérgamo —fue la sonriente respuesta—. Ninguna palabra mía te librará de la cruz.

—Haz todas las bromas que quieras —dijo Espártakos, riendo—. Si alguna vez vuelves a caer en mis manos, te prometo que aumentaré tu rescate: la próxima vez serán setenta y cinco talentos, ¡por esa lengua afilada tuya!

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