El escriptorio de Nebrija

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«Érase una vez... ¡un libro de mitos!», de Blanche Winder

Teseo y el Minotauro, el monstruo del laberinto

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Paco Álvarez Comesaña
oct 31, 2023
∙ De pago

A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.

Uno de los príncipes más apuestos, inteligentes y valientes de aquellos maravillosos días se llamaba Teseo. Su padre, que era un gran rey, se vio obligado a dejar a su hijo para que lo criara solo la reina, mientras él se marchaba a gobernar su reino de Atenas. Pero, antes de partir, levantó una gran roca y colocó debajo de ella su espada y sus sandalias. Luego le dijo a la reina que, en cuanto Teseo fuera lo bastante grande y fuerte para levantar la piedra, debía tomar la espada en la mano, calzarse las sandalias y partir para reunirse con su padre en la corte de la ciudad.

Pues bien, el pequeño Teseo creció, y un día su madre lo llevó hasta la piedra y le preguntó si creía que podría levantarla. El joven príncipe levantó con facilidad la gran roca, ¡y allí estaban la espada y las sandalias! La reina, encantada con la fuerza de su hijo, le explicó por qué estaban allí y a quién pertenecían. Teseo se ciñó la espada al costado, se calzó las sandalias y partió de inmediato, como su padre le había ordenado.

En el camino vivió toda clase de aventuras y empezó a descubrir que era más fuerte y más listo que los gigantes que encontró en las montañas, que hicieron todo lo posible por acabar con él. Sin embargo, Teseo los mató y siguió adelante, caminando valiente y orgulloso como un joven ciervo por las colinas. Cuando llegó a Atenas, fue recibido con gran alegría por su padre y ocupó su lugar en la corte como hijo único y heredero del rey.

Poco después de su llegada a la bella ciudad, una mañana oyó sollozos y llantos en la calle bajo su ventana. Cuando preguntó qué ocurría, le dijeron que aquel era el día más triste del año para el pueblo de Atenas.

En una isla lejana vivía un rey malvado que una vez los había vencido en batalla y, como resultado de su victoria, se veían obligados cada año a enviarle un regalo de siete hermosas doncellas y siete apuestos jóvenes. Si estos muchachos y muchachas estuvieran destinados a ser esclavos, habría sido bastante triste, pero su destino era mucho peor. El rey enemigo tenía en la isla un monstruo horrible, llamado Minotauro, que era mitad hombre y mitad toro bravo y feroz. Se alimentaba de seres humanos, y los jóvenes y las doncellas le eran entregados a esta terrible criatura para que se los comiera.

Teseo se levantó, cuadró los hombros y alzó la cabeza con orgullo. ¡Se le presentaba una aventura digna de él! Recordó a los gigantes que había matado cuando intentaron cerrarle el paso a Atenas. ¡Cuánto mejor sería ir con los siete jóvenes y las siete doncellas a la isla lejana y matar al Minotauro!

Ciñéndose la espada, se presentó ante su padre y le anunció lo que pensaba hacer. En vano le dijeron que tal idea era una locura: el Minotauro lo mataría y se lo comería como si fuera un ratoncillo en las fauces de un león. Teseo se limitó a reírse de los temores de su padre y de los cortesanos, se despidió de ellos y partió en un gran navío de velas negras junto a las doncellas y jóvenes acobardados y llorosos.

Llegaron a la isla al cabo de unos días y enseguida los llevaron a presencia del malvado rey. A su lado estaba la princesa más encantadora que Teseo había visto en su vida. Miró con tristeza a los muchachos y muchachas de cabellos brillantes que iban a correr tan terrible suerte. Se le llenaron los ojos de lágrimas y, cuando cerró los párpados para ocultarlas, Teseo pensó que eran tan hermosas como los pétalos de una rosa blanca que se pliegan con el rocío. Su rostro también era como una flor entre la espesa y oscura melena. No era de extrañar que se enamorara de ella.

Se llamaba Ariadna, un nombre tan dulce y delicado como ella misma. Sin dejar de mirarla, Teseo se puso delante de sus compañeros. Inclinándose cortésmente ante el rey, hizo su petición, que consistía en que él debía ser la primera víctima en ser arrojada a la terrible bestia.

El rey se rio con desdén. Acababa de llegar del salón de fiestas, donde estaba celebrando un banquete en memoria de su victoria. Le dijo a Teseo que le concedía su deseo. Luego volvió a sus platos de ricas viandas y a sus copas de espumoso vino. Sin embargo, Teseo fue encarcelado durante la noche, por si cambiaba de opinión e intentaba huir.

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