Este es uno de los capítulos de Las aventuras de Odiseo, de Carl Witt.
Con un viento favorable, el barco avanzó a buen ritmo en su viaje de regreso y llegó a la isla de Circe a primera hora del día siguiente. Odiseo no perdió tiempo en ir a buscar el cadáver de Elpenor al palacio y enterrarlo, según sus deseos, en un saliente de tierra que se adentraba bastante en el mar. Circe había hecho llevar comida y vino a la orilla para sus invitados, y ella misma acudió también y se sentó con Odiseo en una cueva cercana, mientras sus compañeros se banqueteaban en la playa.
Odiseo le contó todo lo que había oído de Tiresias, y entonces ella dijo:
—Ahora te hablaré de los peligros que tendréis que atravesar antes de llegar a la isla de Trinacia. En primer lugar están las sirenas, que seducen a todos los hombres con su canto mágico para poder devorarlos. Se sientan a cantar en una agradable pradera, pero a su alrededor yacen los huesos blanqueados de aquellos a quienes han atraído hacia su perdición.
Circe le explicó a Odiseo cómo proteger a sus compañeros para que no oyeran el canto, y cómo él mismo podría escucharlo sin peligro; luego, continuó:
—Después de esto, tenéis que elegir entre dos caminos. Uno de ellos conduce a través de las rocas errantes, y quienquiera que vaya por allí está perdido sin remedio, pues se precipitan de aquí para allá a máxima velocidad, formando grandes olas a su paso, y todo lo que se interpone en su camino queda hecho añicos o bien destruido por las llamas que brotan de ellas. Ni siquiera un pájaro ha volado jamás junto a ellas sin sufrir daño alguno; las mismas palomas que llevan al padre Zeus la ambrosía, el alimento de los dioses, nunca llegan al monte Olimpo sin dejar atrás a una de las suyas, y, para mantener la bandada al completo, Zeus tiene que crear una paloma nueva cada vez. Tampoco ha pasado jamás ningún barco por allí, salvo uno: fue la Argo, que pudo escapar únicamente gracias a la ayuda de Hera.
»El otro camino discurre entre las rocas de Escila y Caribdis. Una de estas rocas se eleva en vertical desde el mar, y su cima está siempre cubierta de nubes. Aproximadamente a mitad de altura hay una caverna profunda, morada de la monstruosa Escila. Su voz suena como la de un perro joven, pero tiene un cuerpo de tamaño enorme. En lo más profundo de la cueva esconde sus doce pies, y desde ella asoma sus seis cuellos. Al final de cada cuello hay una cabeza horrible con tres hileras de dientes mortíferos, y estas cabezas las inclina hacia el agua para pescar delfines, perros marinos y cualquier otra cosa que pueda encontrar en el mar. Ningún barco puede pasar sin que ella cobre su peaje, pues, con cada una de sus seis cabezas, atrapa a uno de los hombres mientras reman por su lado.
»A no más de un tiro de flecha de Escila se encuentra la otra roca, más baja —marcada por una higuera silvestre que crece en ella—, donde, tres veces al día, Caribdis succiona el mar y lo escupe de nuevo. Igualmente condenado a la destrucción está el barco que pasa junto a Caribdis, ya sea que lo haga en el momento de la succión o en el de la expulsión. Cuando ella aspira el agua, esta se arremolina en un tumulto salvaje por su garganta, haciendo que toda la roca tiemble y se estremezca, hasta que, al fin, toda el agua circundante ha sido absorbida y el fondo del mar queda completamente desnudo y a la vista. No menos terrible es el momento en que el agua vuelve a ser expulsada, pues entonces burbujea como si estuviera hirviendo furiosamente en un caldero gigantesco; todo el mar se cubre de espuma y se aleja de la roca con una fuerza irresistible. Por lo tanto, debéis navegar pegándoos a Escila, pues es mejor que perezcan seis hombres que perder a toda la tripulación y también la nave.
En ese momento, Odiseo interrumpió a la diosa.
—Pero ¿no puedo evitar a Caribdis —dijo— y, al mismo tiempo, mantener a raya a Escila con mi espada y mi lanza?
—No eres más que un necio —respondió Circe, sonriendo—, ¡que hablas de luchar contra los inmortales! El monstruo Escila no puede morir, y ningún arma puede perforar su piel. Solo con la huida y la velocidad podéis esperar, cualquiera de vosotros, escapar de ella. Si os demoráis tan solo un instante, sus seis cabezas se asomarán por segunda vez, y perderéis a otros seis de vuestros compañeros.
A primera hora de la mañana siguiente, la nave prosiguió su camino, de nuevo impulsada por un viento favorable. Pero, cuando las rocas de las sirenas aparecieron a la vista, el viento amainó y tuvieron que recurrir a los remos. Circe le había dado a Odiseo una gran porción de cera, que él dividió entonces con su espada en varios trozos con los que tapó los oídos a sus compañeros. Previamente les había dicho que, tan pronto como lo hicieran, debían atarlo con una cuerda resistente al mástil del barco, y que, aunque él les suplicara que lo desataran, no debían hacer caso, sino atarlo con una segunda cuerda aún más resistente.
Pronto se encontraron lo suficientemente cerca de las rocas de las sirenas como para que Odiseo oyera su canto —y a sus oídos sonaba encantador, dulce e inocente más allá de toda descripción—. Esto era lo que cantaban: «¡Ilustre Odiseo, noble héroe, detén tu barco y escucha nuestro canto! Nunca antes que tú ha habido hombre alguno que no se haya detenido a escucharnos, y mucho hemos enseñado a más de uno: cosas que antes ignoraba. Sabemos todo lo que les ha sucedido tanto a los griegos como a los troyanos por voluntad de los dioses; sí, sabemos todo lo que jamás ha ocurrido en el vasto mundo».
El canto de las sirenas era tan cautivador que le llegó a Odiseo al corazón: comenzó a pensar que todo lo que Circe le había contado sobre su traición debía de ser un error y un engaño, y nada deseaba con más ardor que saltar de la nave al mar y nadar hacia las ninfas para poder escuchar su canto una y otra vez. Ahora se arrepentía profundamente de haberse dejado atar, y con gestos suplicantes indicaba a sus compañeros que lo liberaran, pero dos de ellos le ataron una segunda cuerda, aún más firme que la primera, y los demás remaron tan rápido como pudieron. Odiseo se enfureció enormemente, pero, cuando se hubieron alejado tanto que ya no se oía el canto, se alegró de que le hubieran desobedecido. No fue hasta que se encontraron a una distancia segura de las sirenas cuando se quitaron la cera de los oídos y desataron a Odiseo.
