El escriptorio de Nebrija

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«Érase una vez... ¡un libro de mitos!», de Blanche Winder

La servidumbre de Psique

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Paco Álvarez Comesaña
abr 12, 2023
∙ De pago

A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.

Aunque todo acabó saliendo bien, la pobre Psique tuvo que pasar un tiempo como sirvienta de Venus, que la obligó a hacer todo tipo de tareas arduas, y al final tuvo que bajar al inframundo para conseguir una crema de la diosa Prosérpina. Ahora contaremos la historia de estas tareas y el penoso descenso de la princesa al reino de Plutón.

Después de que Venus hubo forzado a Psique a ser su sirvienta, se preparó para marcharse a una boda grandiosa. A Psique le dijo que debía quedarse para llevar a cabo la primera de las tareas que le había impuesto. La llevó ante una pila enorme de trigo, cebada, mijo, semillas de amapola, guisantes, lentejas y alubias, y entonces la diosa del amor le ordenó separar en montones distintos todas aquellas semillas según su tipo, y que la tarea tenía que estar hecha antes de que regresara de la boda. Entonces, se montó en su carro tirado por cuatro palomas, agitó las resplandecientes riendas y se marchó volando.

Psique, sentada junto a la enorme pila de semillas, se quedó mirándola sin esperanza, pues sabía que aquella era una misión imposible, incluso si tenía una semana para llevarla a cabo. Pero una hormiguita que había oído el mandato de Venus fue corriendo hacia Psique y le dijo que llamaría a todas las demás hormigas de los campos y la ayudarían.

Así marcharon las hormigas, como un ejército, una tras otra, y se pusieron a trabajar a toda prisa para separar los granos y semillas en montones distintos. Y se esforzaron tanto en la tarea que, cuando Venus regresó, el trabajo estaba hecho.

Cuando la diosa del amor lo vio, se enfadó más que nunca antes, pues creyó que aquello había sido cosa de Cupido. A la mañana siguiente, llamó a Psique al jardín, señaló el oscuro bosque que se veía en la distancia y le dijo:

—Ve a ese bosque, donde verás un arroyo que atraviesa los arbustos. Allí hay ovejas silvestres que brillan como el oro. Ve y tráeme su lana.

Psique se marchó sin quejarse, no para tratar de capturar a las ovejas, sino para tirarse al arroyo y terminar ya con todo aquello, pues sabía que las ovejas silvestres eran terriblemente feroces, y que tenían cuernos afilados y dientes venenosos con los que mordían a quien se les acercara. Sin embargo, cuando ya estaba junto al arroyo preparándose para saltar, oyó la más dulce de las músicas en todo el mundo, que provenía de alguna parte del suelo. Se inclinó para escuchar y vio que la música salía de un junco verde que estaba creciendo, junto a muchos otros, junto al agua fresca del arroyo.

—¡Psique! —cantaba el junco, muy suave y amablemente—, no te tires a este precioso arroyo. Espera hasta la tarde, cuando las feroces ovejas silvestres se alejen del verde prado y se echen a descansar a la sombra. Entonces, ve a los arbustos donde habían estado comiendo y recoge la lana dorada que se habrá quedado enganchada en las espinas de los arbustos.

Psique escuchó las amables palabras del junco y, cuando vio que las terribles ovejas se marchaban, corrió a toda prisa a los arbustos y recogió la lana dorada que se había quedado enganchada, como le había dicho el junco. Se puso todo aquello en las faldas del delantal y se lo llevó a Venus, que ahora se volvió absolutamente loca.

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