El retorno de Odiseo: ¿quién puede tensar este arco?
A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.
Una vez más, Odiseo y sus hombres se encontraron navegando por alta mar, donde los alciones se llamaban unos a otros a través de las olas solitarias. Al poco rato, divisaron en el horizonte una nueva tierra, envuelta en una suave bruma plateada; y, por el repentino silencio que se apoderó del océano y por un débil y dulce eco de música lejana, Odiseo supo que su nave se acercaba a las islas encantadas de las sirenas.
Este era uno de los peligros de los que Circe le había indicado cómo escapar. Así pues, mientras la tripulación tomaba los remos para impulsar la nave por las aguas tranquilas, el rey se sentó en la proa, ocupado en hacer pequeñas bolas de cera blanda. Al cabo de un rato, se levantó de su asiento y se acercó a los marineros; y, uno por uno, les tapó los oídos con las bolas de cera, tras haberles explicado primero qué debían hacer cuando ya no pudieran oír sus instrucciones. Obedeciendo sus órdenes, los marineros —que, por supuesto, no podían oír por las bolas de cera en los oídos— tomaron respetuosamente a su rey por los hombros y lo ataron, tan fuerte como pudieron, al mástil de la nave. Luego volvieron a levantar los remos y, una vez más, remaron con firmeza en dirección a las islas de las sirenas. La cera de sus oídos les impedía oír absolutamente nada, y a través de la bruma plateada no se veía nada salvo algún que otro destello de costas blancas y colinas verdes.
Pero Odiseo, atado al mástil, oyó cómo una melodía dulce y escalofriante le recorría el cuerpo desde las aguas; entonces, de pronto, un coro de voces mágicas resonó desde la tierra medio oculta. ¡Nunca había oído el rey nada tan exquisito como aquel canto mágico! Parecía estar en todas partes a la vez: en el cielo, alrededor del mástil y en las profundidades del mar, entre los corales y las perlas. Las voces de esas ninfas invisibles le invitaban a desembarcar en las costas más allá de la niebla, pues allí encontraría todo lo que su corazón deseaba. Incapaz de contenerse, Odiseo forcejeó y luchó por liberarse, con el fin de poder dirigir su barco directamente hacia la bahía de las sirenas. Pero sus hombres, que habían sido advertidos de lo que les esperaba, obedecieron las órdenes que él les había dado antes de taparse los oídos con cera. Reclinados sobre los remos, remaron con todas sus fuerzas hasta que cesaron los forcejeos de su rey, que se desplomó exhausto sobre la cubierta. Entonces se sacaron la cera de los oídos y desataron a Odiseo, pues las peligrosas islas habían quedado muy atrás, fuera del alcance del oído, y el último eco de los cantos de las sirenas se había desvanecido.
Pero tan pronto como hubieron pasado a salvo las islas de las sirenas, para su horror vieron cómo seis espantosas cabezas se alzaban de repente, como seis serpientes, de entre las olas, y oyeron a Escila chasquear sus terribles fauces. Esta vez su velocidad fue en vano, pues Escila atrapó a un marinero en cada una de sus enormes bocas y los devoró con el mismo apetito feroz con el que el cíclope se había comido a sus compañeros. Odiseo, pálido de horror, ni siquiera tuvo tiempo de detenerse a llorar su pérdida: se vio obligado a hacer avanzar su barco lo más rápido posible para poder sortear los mortíferos remolinos de Caribdis. Rápida como una golondrina, la nave volaba sobre el agua y, para gran alivio de todos a bordo, pronto dejó muy atrás los profundos gruñidos de Escila y las aguas burbujeantes de su temible compañera.
Respirando con más tranquilidad, la tripulación siguió conduciendo la embarcación; y, al poco rato, oyeron el suave balido de los rebaños en el tranquilo aire del atardecer. Al mirar con entusiasmo hacia delante, vieron el cielo resplandeciente con las radiantes montañas que se alzaban en el oeste. Allí, a muy poca distancia, se extendían las hermosas y deslumbrantes islas del sol. Las ovejas y vacas de Apolo pastaban en prados brillantes como esmeraldas, y la luz del atardecer se reflejaba en sus vellones plateados y sus pieles doradas. Los marineros, rebosantes de alegría, saltaron a tierra; y, a pesar de las serias advertencias de Odiseo, capturaron y mataron a algunas de estas reses sagradas que pertenecían al resplandeciente inmortal que conducía diariamente al sol en su carro dorado a través del cielo.
Apolo, de camino a casa, miró hacia las hermosas islas y vio lo que habían hecho. ¡Esto era incluso peor que lo de Hermes! Lleno de ira, se apresuró a los pies del trono de Zeus y exigió venganza inmediata. Para entonces, la tripulación ya había regresado al barco, así que el rey del Olimpo envió una gran tormenta negra justo sobre la embarcación, que fue sacudida aquí y allá por azulados rayos, y giró y giró como una hoja de otoño. Uno a uno, los marineros fueron arrastrados al mar embravecido, hasta que, al fin, el pobre Odiseo, azotado por la tormenta, quedó como único hombre a bordo.
La tempestad empujó la nave —que ya no era más que una tabla— hacia dentro y hacia fuera del remolino de Caribdis, y una vez más pasó junto a las terribles cabezas de Escila, quien, por suerte, no la divisó. Entonces se apaciguó la ira de Zeus. Decidió salvar a Odiseo porque él no había comido nada de los hermosos rebaños de Apolo; y así, el rey inmortal del Olimpo, retirando su tormenta, permitió que el rey mortal de Ítaca fuera llevado a la deriva en los restos del naufragio por mares tranquilos y azules bajo cielos tranquilos y azules hasta que llegó al refugio de la cueva de Calipso.
Allí, como ya hemos contado, cayó bajo el hechizo de la ninfa marina, aunque por las noches tenía sueños inquietantes sobre su dulce esposa, su apuesto hijo y las majestuosas torres de su palacio. Pero nadie sabría decir cuánto tiempo habría permanecido Odiseo con Calipso, ni si Telémaco habría logrado alguna vez encontrar su cueva y rescatar a su padre, si el propio Zeus no hubiera escuchado las súplicas de Atenea y ordenado a Hermes que fuera a decirle a Calipso que debía liberar a Odiseo.
Sobre las olas, como una gaviota, voló el mensajero divino, y Calipso le agasajó como a un rey, con vino, pasteles y carnes, a la verde sombra de su parra; pero se entristeció mucho al oír las órdenes de Zeus. Sin embargo, no se atrevió a desobedecer, así que acudió a Odiseo y, entregándole un hacha, le mostró el camino hacia un gran pinar donde podría talar madera suficiente para construir una balsa, pues su barco se había hecho pedazos nada más abandonarlo. Mientras Odiseo talaba los grandes pinos, Calipso le tejió una vela. Entonces se despidió de él con lágrimas en los ojos y lo vio marcharse en su balsa. Y, en el momento en que le perdió de vista, el último vestigio del hechizo bajo el que estaba sometido se desvaneció, de modo que nunca volvió a pensar en la mágica morada de Calipso, sino que solo anhelaba regresar, tan pronto como pudiera, a su hogar en Ítaca.
Sin embargo, tan pronto como Odiseo perdió de vista la tierra firme, Poseidón, asomándose desde sus cuevas, divisó la balsa. El rey del mar emergió de las aguas en su reluciente carro, con sus caballos verdes agitando sus crines blancas. ¡Qué enfadado se puso al ver que la balsa transportaba a su viejo enemigo Odiseo! Sin dudarlo un instante, desató una gran tormenta de viento y olas; y, en medio de la tempestad, la balsa naufragó, y esta vez Odiseo tuvo que nadar para salvar su vida hasta la orilla más cercana.
Agotado y hambriento, logró llegar a tierra y, avanzando a trompicones por la playa con los pies descalzos y cansados, buscó refugio en el bosque. Allí se dejó caer sobre un lecho de hojas mullidas y durmió profundamente durante mucho tiempo. Por fin, lo despertaron unos sonidos de lo más encantadores: las voces, los gritos y las risas de unas muchachas que parecían estar jugando a la pelota.


