El rapto de Perséfone: la doncella y el rey de la oscuridad
A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.
Un bonito día, una muchacha, hermosa como la primavera misma, jugaba con sus compañeras en un prado lleno de flores. A veces recogían grandes ramos de violetas y lirios y se hacían guirnaldas para ponérselas en el cuello y en la cabeza; a veces bailaban; y a veces jugaban a la pelota.
La hermosa doncella se llamaba Perséfone, y el prado donde jugaba estaba muy cerca de un estanque encantado, donde los cisnes cantaban como ruiseñores. Perséfone era joven y feliz y nunca pensaba en algo tan serio como casarse. Lo único que quería era reír y cantar bajo el sol y recoger ramilletes de flores para enseñárselos a su madre por la noche.
Sin embargo, mientras bailaba entre los lirios, un gran rey la observaba a través de los árboles en flor. Llevaba una corona de oro sobre su larga cabellera negra, y sus ojos eran oscuros y fieros.
—Esta muchacha tan guapa —se dijo— tiene edad para casarse, pero, si le propongo matrimonio, sé que me rechazará, así que me la llevaré a las bravas.
Decidido, apartó los arbustos y se plantó ante la risueña Perséfone y sus amigas.
Es fácil imaginar el susto que se llevaron las niñas al ver aparecer de repente entre los rosados almendros en flor al oscuro y feroz rey con su corona de oro. Dejaron caer sus flores y se acercaron, mirándole con ojos asustados. El rey extendió sus fuertes brazos y cogió a Perséfone como si fuera un bebé. Luego se alejó a grandes zancadas sobre la hierba y, al doblar la esquina, la aterrorizada doncella vio un extraño carruaje que aguardaba, con cuatro caballos dando impacientes pisotones en el suelo.
Las crines y el manto de los caballos eran tan negros como los cabellos del rey; sus ojos, tan fieros, y su fuerza, aún mayor que la suya. El rey subió al carro, colocó a Perséfone en el asiento de al lado y se alejó lo más rápido que pudo. El carro barrió el campo como una nube negra, y las flores de primavera, que Perséfone había dejado caer por el terror, quedaron aplastadas y destrozadas sobre el musgo. Sus hermosas compañeras de juego, abandonadas, gritaban en vano pidiendo ayuda.
El feroz rey, cuyo nombre era Hades y que era pariente de los resplandecientes, guiaba y azuzaba a los caballos para que corrieran más y más. Pronto llegó a un río; en él vivía una amable náyade o ninfa del agua, llamada Cíane, que, al ver lo que ocurría, trató de detener el carro haciendo que la corriente se desbordara por la orilla y se precipitara sobre las negras ruedas y los oscuros cascos de los caballos.
Esto asustó a Hades, que decidió que debía dirigirse de inmediato a su propio reino, que estaba muy por debajo de las flores y el sol, justo debajo de la tierra. Levantó su gran vara y golpeó el suelo con todas sus fuerzas. Entonces, con un fuerte estruendo, la tierra se abrió, mostrando un largo y oscuro pasadizo por el que el carro y los caballos pasaron con facilidad. Por este terrible camino se dirigió el rey; pero, justo cuando el carro desaparecía, Perséfone divisó a la náyade ansiosa que la perseguía desesperada. Con rapidez, se quitó su ceñidor bordado y se lo arrojó a Cíane, gritando:
—¡Llévaselo a Deméter, mi querida madre, y dile qué ha sido de mí!
Perséfone apenas tuvo tiempo de ver que Cíane había cogido el ceñidor antes de que la tierra se cerrara sobre su cabeza, y allí estaba ella, sola con Hades, arrastrada por los feroces caballos por un camino en el que todo era oscuridad.
Sus amigas, al llegar la noche, se fueron corriendo a casa, sollozando de terror. Entonces, justo cuando las flores empezaban a cerrarse y a caer el rocío, una dama hermosa y gentil, vestida con una túnica de seda del color del trigo crecido, y que llevaba una corona de cebada mezclada con rosas, llegó caminando sobre la hierba hasta la orilla donde Perséfone había estado jugando. Era Deméter, que había llegado para llevarse a su hija a casa. Se detuvo en seco al ver las flores silvestres esparcidas y alzó la voz en una nítida exclamación.
—¡Perséfone! Perséfone! —gritó; pero, aunque el grito resonó por toda la pradera, no hubo respuesta.
Entonces Deméter, estrujándose las manos, se apresuró a recorrer la tierra en busca de su hija. Buscó en todos los naranjales, en los almendros y en las cuevas marinas. Cuando se hizo demasiado oscuro para ver nada, encendió una gran antorcha y siguió buscando y llamando durante toda la noche. Pero no pudo encontrar a Perséfone, que estaba en las profundidades de la tierra con el feroz rey de la oscuridad.
Así, día tras día, la pobre madre vagó por los campos, viviendo muchas aventuras. Un atardecer, mientras lloraba sentada a la orilla de un río, vio de pronto un ceñidor brillante entre los nenúfares. Mientras lo miraba, unas ondas recorrieron la corriente y una mano y un brazo blancos se alzaron por encima del agua y arrojaron suavemente el ceñidor a sus pies. El brazo pertenecía a Cíane, la ninfa del río, que había estado cuidando del ceñidor de Perséfone todo este tiempo y que, por fin, pudo entregarla al cuidado de la madre de la doncella perdida.
Por supuesto, Deméter lo reconoció al instante y lo cubrió de besos. Llena de esperanza, avanzó un poco más y al poco llegó a un manantial que brotaba con espuma cristalina de un banco musgoso y luego se alejaba resonando entre los helechos y los lirios amarillos con un ruido como de campanillas de plata. Deméter se sentó a descansar junto al delicado arroyo y, entre los campanilleos del agua, creyó oír el sonido de unas palabras. Escuchando con más atención, se convenció de ello. Entonces, emocionada, se dio cuenta de que el arroyuelo le estaba hablando.
Esta es la historia que le contó el arroyuelo…
En otro tiempo —susurraba el agua, presurosa y brillante—, el arroyuelo había sido una doncella tan hermosa y alegre como la propia Perséfone, y había ido a cazar ciervos a las montañas con Ártemis. Acalorada por la carrera, esta doncella, llamada Aretusa, se había escabullido al bosque en busca de un estanque donde bañarse. Mientras nadaba sola en el agua fresca, un gran espíritu del río, coronado de conchas y algas como un tritón, se había enamorado de ella e intentó atraparla en sus brazos, igual que Hades había atrapado a Perséfone.
Saliendo del agua, ella huyó lo más rápido que pudo, y el espíritu del río corrió tras ella. Al ver que no podía escapar, había llamado en voz alta a Ártemis; ¡y Ártemis la convirtió en un arroyo! Bajo esta apariencia, Aretusa se había deslizado alegremente entre las cañas y los juncos, con nomeolvides a su alrededor y martines pescadores que atrapaban los pececillos que nadaban en su brillante cabellera. Pero el espíritu que la perseguía, para no ser menos, se convirtió al instante en un río, tan grande que los barcos podrían haber navegado por sus aguas. Sin embargo, una vez más, Ártemis acudió al rescate. Abrió de repente una roca y Aretusa bajó a la pequeña cueva por la abertura; bajó, bajó, bajó, hasta que llegó al profundo reino del mismísimo Hades, e inmediatamente hizo todo lo posible por escapar de él.


