… y que C se pronuncia siempre [k]…
… excepto cuando C no es C...
Este es el quinto-sexto capítulo de un nuevo libro que estoy preparando para publicar —si todo va según lo previsto— en el tercer trimestre de 2026. Se trata de un libro divulgativo sobre* el latín y el griego, así como etimologías y cultura clásica.
¡Asegúrate de apuntarte para recibir las novedades sobre su lanzamiento!
El tercer puesto —aunque a bastante distancia ya— de las aflicciones relativas a la pronunciación restituida tiene que ver con la c, que en las lenguas romances se comporta a grandes rasgos de forma similar: /k/ ante a, o, u, y otro sonido (en español, /z ~ s/) ante e, i. Que el reparto sea así en las lenguas romances nos está dando a entender que ya era así en el latín tardovulgar, pero aquí estamos hablando del latín clásico.
Una vez más, si usamos mínimamente la cabeza, podemos suponer que los romanos establecieron el alfabeto de modo que cada letra representara un fonema y cada fonema fuera representado por una letra. Por tanto, no tendría sentido que los romanos, con alfabeto nuevo, ya hubieran establecido desde el estreno un uso obsoleto en que una letra representa dos fonemas. O sea, que en latín clásico la letra c representa siempre el fonema /k/, y de esta forma Cicero se pronuncia /kíkero/, no /zízero/ ni /sísero/ ni /tsítsero/ ni /chíchero/ como quieren los italianos.
Que c representaba siempre /k/ resultaba y resulta tan evidente que ni los gramáticos antiguos ni los lingüistas contemporáneos se prodigan en esto más allá de mencionar unos cuantos datos que reconfirman la aseveración. Por una parte, aunque la letra k no era —por así decirlo— propiamente latina, sí que se usaba para un puñado de palabras por simple —digamos— capricho ortográfico, como en kalendae, que también podía escribirse calendae1 (aunque era esta última grafía mucho menos frecuente). Pues bien, ocasionalmente encontramos casos como pake por pace: que c y k puedan ser intercambiables demuestra que c se pronunciaba como k, o sea, [k].
Por otra parte, cuando en otros idiomas se escribía una palabra con c en latín, la escribían con las correspondientes letras que representaban /k/ en esos idiomas; así, κηνσωρ (kēnsōr) por censor y Κικερων (Kikerōn) por Cicero. Incluso tan tarde como el siglo V d. C. en las lenguas celtas y germánicas escribían las palabras latinas en su propia lengua con la letra que representaba /k/.
… excepto cuando c no es c
Y después de la cierta perorata del capítulo anterior afirmando, confirmando y reafirmando que c es siempre /k/… bueno, no siempre; para más inri, también hay cierta contradicción —aunque no exactamente— en lo que digo de que «con el alfabeto a estrenar», porque precisamente esa es la razón de esta aparente contradicción. Sí, hace falta que me explique… porque además aquí entra una de mis manías, uno de mis caballos de batalla, una batalla que me niego a perder… y es que —pese a lo que se ve y oye por ahí de historiadores y novelas históricas— la versión filológicamente adecuada de los nombres es Gayo (no Cayo) y Gneo (no Cneo).
Empecemos por el principio…



