El escriptorio de Nebrija

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«Érase una vez... ¡un libro de mitos!», de Blanche Winder

Perseo: el príncipe de cabello dorado

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Paco Álvarez Comesaña
oct 17, 2023
∙ De pago

A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.

Una hermosa mañana, en aquellos días muy lejanos en el tiempo, nació un niño precioso, hijo de una princesa aún más hermosa, en una pequeña habitación situada en lo alto de una torre de bronce.

Se pensaría que aquel era un lugar extraño para el nacimiento de un príncipe, pero lo cierto es que todo el asunto permaneció en el más absoluto secreto. La pobre princesa llevaba meses encerrada en la torre, solo porque su padre, el rey, no quería que se casara. Le habían dicho que algún día sería asesinado por su propio nieto, así que decidió que la mejor manera de evitarlo sería no permitir que su única hija se casara, de modo que nunca tendría nietos.

Pero la princesa, cuyo nombre era Dánae, era tan hermosa que uno de los inmortales, al verla un día mientras volaba por el cielo, se enamoró de ella. Se dejó caer directamente sobre el techo abierto de la torre, oculto bajo la apariencia de una lluvia cuyas gotas eran como centelleantes fragmentos de oro. Él y la princesa se casaron inmediatamente, y la lluvia dorada caía alrededor de Dánae formando un precioso velo nupcial.

Cuando el rey se enteró de que, después de todo, tenía un nieto, decidió enviar al pobre niño fuera del reino sin demora. Hizo partir en dos un gran tonel y lanzó una de las mitades a las aguas de la bahía, donde se balanceaba como una gran bañera. Luego ordenó a sus guardias que fueran a la torre de bronce, llevaran a la princesa y al bebé a la playa y los lanzaran mar adentro en aquella extraña barca redonda.

Los guardias hicieron lo que se les había ordenado, y Dánae y su hijito se alejaron flotando en el mar. Era un bebé precioso, con el pelo tan dorado como las gotas de oro de la lluvia, la piel clara y los ojos azules. Su madre le había puesto por nombre Perseo y lo estrechaba entre sus brazos mientras el barril se balanceaba de aquí para allá sobre las olas.

Fueron navegando hasta que la tierra que habían abandonado se perdió de vista, pero frente a ellos se alzaban de pronto las montañas azules de otro país. La marea arrastró el barril hasta la orilla, y una gran ola lo levantó suavemente y lo llevó sano y salvo hasta la arena de una playa poco elevada.

Paseando por la playa había un pescador, y es fácil imaginar lo sorprendido que se quedó al ver a una princesa y a un bebé a sus pies en una barca como si fuera una bañera. Este pescador era el hermano del rey y pensó que nunca había visto a una mujer tan hermosa como Dánae. Le dio ropa seca y buena comida, y una habitación en su propia cabaña para vivir. Y allí creció Perseo, alto y fuerte, y más apuesto cada día de su vida.

Cuando este hermoso príncipe llegó a la edad adulta, el rey del país, que lo había visto a menudo con su madre, pensó que le gustaría casarse con la hermosa muchacha que vivía en la cabaña de su hermano, y le rogó a Dánae que se casara con él, pero Dánae se negó indignada. El rey la presionó para que consintiera, y el joven Perseo, enfadado porque veía que su madre estaba enfadada, acudió a su lado y declaró que nadie, rey o cortesano, importunaría a Dánae mientras él estuviera allí para protegerla.

Sin embargo, el rey se dirigió burlonamente al príncipe.

—Si eres tan fuerte y valiente —dijo—, ¡haz algo para demostrarlo! Por mi parte, no dejaré que me des órdenes a menos que vengas a mí con la cabeza de Medusa en la mano.

Perseo se sobresaltó sobremanera, pues Medusa era una de las tres hermanas llamadas gorgonas, que vivían lejos, en un país de colinas pedregosas y valles espantosos y oscuros. Las tres hermanas eran terribles, con colmillos como jabalíes, manos de bronce y fuertes alas de murciélago hechas de oro. Tenía serpientes vivas que le salían de la cabeza en lugar de pelo, y cualquiera que mirara su malvado rostro se convertía instantáneamente en piedra. ¿Cómo podría un ser humano matarla y llevarse su cabeza?

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