El escriptorio de Nebrija

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«Érase una vez... ¡un libro de mitos!», de Blanche Winder

Perseo y Andrómeda, la princesa y el monstruo marino

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Paco Álvarez Comesaña
nov 20, 2023
∙ De pago

A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.

En uno de los países que Perseo había atravesado mientras volaba hacia la tierra de las gorgonas, vivían un rey y una reina que tenían una hija hermosísima llamada Andrómeda. La amaban más que a nada en el mundo, y la reina estaba tan orgullosa de ella que decía que era más guapa que todas las ninfas de las montañas y del mar juntas. Las ninfas del mar oyeron su jactancia y se enfadaron mucho, así que convencieron a Poseidón, que era el rey del mar, igual que Zeus era el rey del Olimpo, para que enviara un gran monstruo marino, semejante a un dragón, desde las cuevas del fondo del océano, para que se comiera a todo el que pudiera atrapar y sujetar con sus terribles garras.

Por tanto, una noche se oyó un triste alarido entre los pescadores de la playa. Dijeron que, mientras tendían las redes, habían visto al rey de las serpientes marinas salir de entre las olas a la luz de la luna y regresar al mar llevando en su malvada boca a una hermosa doncella. Esto volvió a ocurrir la noche siguiente, y la siguiente, y la siguiente.

Después de varias semanas de terror, la gente del país dijo que debía haber alguna razón para que Poseidón les enviara una maldición tan terrible. Así pues, consultaron a una mujer sabia que vivía en un templo construido especialmente para ella y que podía responder a casi cualquier pregunta que le hicieran. Ella les dijo que todo el problema había surgido por la insensata jactancia de la reina, y que el monstruo marino seguiría comiéndose a la gente del país hasta que la bella princesa Andrómeda le fuera entregada.

¡Qué noticia tan terrible para el rey y la reina! Dijeron que nada les haría renunciar a Andrómeda. Pero el pueblo, que perdía a sus bellas hijas y a sus hijos noche tras noche, dijo que era preciso sacrificar a una doncella para salvar a cientos. Así pues, se dirigieron al palacio en una gran procesión, le ataron las manos a la pobre Andrómeda a la espalda, cantaron canciones a Poseidón, pero al mismo tiempo lloraron a su dulce princesa casi tan amargamente como lo hicieron el rey y la reina, y marcharon hacia el mar al atardecer. Allí la encadenaron a una gran roca al borde del agua, le pusieron coronas de flores alrededor del blanco cuello y sobre los hermosos cabellos, y la abandonaron.

En ese mismo momento, Perseo, con su brillante armadura, el casco emplumado en la cabeza y las alas de oro en los talones, llegó volando por las nubes rosadas del atardecer, llevando la cabeza de Medusa.

Oyó los tristes cánticos de la procesión y vio a aquella pobre y hermosa silueta encadenada a la roca, con las olas de la marea creciente bañándole ya los brazos y los hombros y agitando sus largos cabellos mojados, con las flores en ellos, arriba y abajo en la ondeante espuma. Voló hacia abajo, como un ave marina, y se quedó medio de pie, medio flotando sobre el agua. Entonces vio un salvaje remolino en el océano y la espalda escamosa y las grandes mandíbulas del monstruo, que nadaba por el mar hacia Andrómeda.

Emergió del agua, y hacia él se dirigió Perseo, como un águila sobre una liebre, y golpeó el cuello escamoso con su espada. El monstruo se volvió contra él con un rugido, y lucharon hasta que el mar se volvió todo espuma y las alas de los pies del príncipe estaban tan llenas de ella como los pétalos de una flor están llenos de rocío. Entonces saltó sobre una pequeña roca para asestar el golpe definitivo en el corazón del monstruo. La gran bestia experimentó un estremecimiento que sacudió toda la bahía como un terremoto, y poco a poco se fue agarrotando en el agua. Al poco rato se había hundido, muerta, bajo la superficie, y no podía verse nada de ella salvo lo que parecía una larga cresta rocosa que asomaba por encima de las olas, como si la cara y el pelo de Medusa hubieran convertido a la criatura en piedra.

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