Penélope, la reina sabia, y el sabio anciano del mar
A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.
Durante muchos años, como ya sabemos, Odiseo luchó junto a los demás reyes y capitanes frente a las murallas de Troya. Pero, cuando la ciudad cayó y los ejércitos vencedores partieron en sus naves hacia sus tierras, todos quedaron dispersos y divididos por las disputas entre ellos, pero también por violentas tormentas en el mar. Algunos de los reyes, tras un tiempo, llegaron sanos y salvos a sus hogares; pero la dulce Penélope, esposa de Odiseo, esperó largo tiempo el regreso de su marido.
Hizo todo lo posible por gobernar el reino en su nombre y criar a su hijo pequeño, Telémaco, tal y como a Odiseo le hubiera gustado, pero le resultó una tarea muy difícil. Los nobles del país comenzaron a hacer lo que les daba la gana y trataban el palacio de Odiseo como si fuera suyo. No solo eso, sino que, uno tras otro, se acercaban a Penélope y, aseverando que el rey había muerto, le hacían propuestas de matrimonio. Casi todas las mañanas, alguno de ellos iba a buscar a la reina y, con aires y modales bastante ridículos, ¡le proponía matrimonio! Penélope comenzó rechazándolos a todos indignada, pero sus rechazos no surtieron efecto: seguían proponiéndosele con la misma regularidad que antes.
Al fin, desesperada, reunió a esos pretendientes insensatos e hizo un trato con ellos. Les dijo que estaba trabajando en un hermoso tapiz, que pidió a sus doncellas que mostraran. Los nobles contemplaron con gran interés aquella delicada pieza en la que se tejían bellas imágenes con hilos escarlatas, púrpuras y dorados; y todos la admiraron. Entonces Penélope dijo que tardaría algún tiempo en terminarla, ya que era muy elaborada, pero que sus pretendientes podrían observarla mientras trabajaba en ella y, cuando estuviera completa, elegiría a uno de ellos.
Con esto, los pretendientes tuvieron que conformarse; y día tras día observaban a la reina entretejer hilos relucientes en su rueca dorada y convertirlos en imágenes con una lanzadera de marfil en un telar de plata. Como eran hombres, sabían muy poco de tapices; pero incluso a ellos el avance del trabajo les parecía increíblemente lento, y, tras tres largos años de espera, una joven criada se acercó a ellos y les reveló el secreto.
La reina —les dijo— trabajaba sin duda muy duro en el tapiz todo el día, y los nobles podían ver por sí mismos lo laboriosa que era. Pero, tan pronto como llegaba la noche y se retiraba a su hermosa alcoba, encendía su lámpara y, sentada junto a ella, deshacía cada pedazo del tejido que había hecho durante el día. Esto era lo que había estado haciendo durante los tres años; y los pretendientes, si no hubieran sido tan tontos y engreídos, lo habrían descubierto por sí mismos.
Los nobles, como era de esperar, estaban furiosos; y lo que los enfureció aún más fue que el joven Telémaco, a quien habían considerado poco más que un niño, de repente se mostrara como un hombre. Un día tomó el cetro de Odiseo en la mano, se vistió con las vestiduras regias de su padre y se sentó en el trono. Además, le dijo a su madre Penélope que no tuviera más miedo: él, su hijo, no solo la protegería, sino que él mismo iría en busca del desaparecido Odiseo.
Nadie entendía muy bien ese repentino valor y esa majestuosidad del joven príncipe. Lo cierto era que la propia Atenea se le había aparecido, al principio disfrazada de anciano, pero más tarde mostrándose como la hermosa dama inmortal que era, con su reluciente armadura, sus brillantes alas y su resplandeciente lanza; y le había prometido no solo protegerlo a él y a su madre, sino estar siempre a su lado, de una forma u otra, si él partía en busca del rey perdido y lo llevaba de vuelta a casa.
Así pues, Telémaco ordenó que le prepararan un barco, y lo tripuló con los marineros más valientes de Ítaca. A continuación, partió para visitar uno tras otro a todos los reyes que, según sabía, habían estado con su padre en Troya y habían logrado regresar a casa. En la corte del rey de Esparta, donde la reina Helena vivía de nuevo a salvo, más hermosa que nunca, le dieron las noticias que deseaba. Fue una historia extraña la que le contó el rey de Esparta:
—Fue cerca de la costa de un país muy cálido y arenoso donde tuve noticias por última vez de tu querido padre Odiseo —dijo el monarca con tristeza—. Mi barco quedó retenido allí por una inquietante calma. Había zarpado sin hacer ninguna ofrenda a los espíritus de las olas y los vientos, y esta calma fue su venganza contra mí. Mis marineros y yo vimos salir y ponerse el sol, salir y ponerse de nuevo, y así durante veinte días, y en todo ese tiempo no nos movimos más que si estuviéramos dando un paseo.


