Este es uno de los capítulos de Las aventuras de Odiseo, de Carl Witt.
Mientras tanto, en la casa de Odiseo en Ítaca, el tiempo transcurría con bastante pesar. Habían pasado veinte años desde la partida de Odiseo de la isla; y su hijo Telémaco, que en aquel entonces era un bebé, se había convertido en un noble joven. Tras el fin de la guerra, la reina Penélope oía constantemente hablar de tal o cual héroe que había regresado a casa sano y salvo, y con paciente anhelo esperaba el retorno de su marido; pero los años se sucedían y él seguía ausente: ella no sabía dónde estaba, ni siquiera si aún estaba vivo, y sus esperanzas se desvanecían cada vez más. Continuamente lo veía ante sus ojos tal y como era en la época en que había hecho de su vida una dicha perpetua, y el recuerdo de aquellos días la llenaba de tristeza y a menudo hacía que se le saltaran las lágrimas.
Además, tenía otra fuente de preocupación. Todos pensaban que Odiseo sin duda había perecido, y todos los jóvenes más nobles de Ítaca y sus alrededores albergaban la esperanza de que la reina tomara a alguno de ellos por su nuevo marido. Por eso acudían a cortejarla, pero no —como era costumbre entonces— acudiendo a su padre y ofreciéndole costosos regalos a cambio de la mano de su hija; en lugar de eso, acudían en masa a su palacio, más de un centenar a la vez, y allí se banqueteaban cada día, consumiendo los bienes de Odiseo y tratando de obligarla a elegir a uno de ellos.
Penélope estaba terriblemente perpleja, pero al fin se le ocurrió un ardid con el que mantenerlos a raya durante un tiempo. Instaló un gran telar en su habitación y les dijo:
—Pretendientes, no me presionéis para que elija entre vosotros hasta que haya tejido un sudario para el anciano padre de mi amado Odiseo, pues se hablaría mal de mí entre las mujeres si permitiera que el anciano fuera depositado en su pira funeraria sin un sudario tejido por mis propias manos.
Los pretendientes aceptaron esto, y cada día Penélope trabajaba con ahínco en la gran labor; pero por la noche siempre se levantaba, encendía una antorcha y deshacía todo el trabajo del día anterior. Durante tres años se las arregló de esta manera para mantener a raya a los pretendientes, pero al final fue traicionada por una de sus sirvientas. Una noche, los pretendientes la sorprendieron en el acto de deshacer su labor, y a partir de entonces se vio obligada a seguir tejiendo sin descanso hasta que la mortaja estuvo completamente terminada.
Entonces volvió a comenzar el tormentoso cortejo, y Penélope no sabía qué hacer. Hacía mucho tiempo, cuando Odiseo se estaba despidiendo de ella, le había tomado amablemente de la mano y le había dicho:
—No todos volveremos de esta guerra, pues dicen que los troyanos son muy hábiles en el arte de la batalla. Por eso no sé si los dioses me mantendrán con vida o si caeré ante Troya. Cuida tú de esta nuestra casa y sé bondadosa, como siempre lo has sido (o, si es posible, aún más), con mi anciano padre y mi madre; y, cuando nuestro hijo haya crecido, entonces, si así lo deseas, cásate y trae a tu nuevo esposo a esta casa.
Así había hablado Odiseo. Telémaco ya era mayor y capaz de administrar por sí mismo la casa y las propiedades de su padre; y, si ella permanecía en la casa, era seguro que los pretendientes dilapidarían cada vez más la herencia que debía ser suya. Parecía que la única forma de librar a la casa de aquella multitud de visitantes indeseables era que ella se impusiera a sus sentimientos y tomara a uno de ellos por marido.
