A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.
Ya sabemos que algunos de los dioses podían ser muy envidiosos. Incluso el propio Zeus solía enfadarse bastante si pensaba que alguien, ya fuera mortal o inmortal, recibía demasiada admiración y alabanzas. Así pues, sabiendo que un tal Prometeo era muy grandioso y sabio, el rey del Olimpo lo vigilaba de cerca y estaba siempre dispuesto a intervenir si Prometeo usurpaba de alguna manera el poder real. Prometeo, por su parte, estaba demasiado ocupado enseñando a los demás todo lo que sabía como para prestar mucha atención a los celos de Zeus. Era una especie de gigante inteligente entre los hombres, y no le importaba nada más que hacer a todo el mundo más feliz y más sabio de lo que había sido antes.
Había una cosa que, por encima de todo lo demás, Prometeo deseaba ofrecer a la humanidad: el don del fuego. Lo conocía a la perfección, así como las maravillas que se podían hacer con él. Sabía que el propio sol era una bola de ese hermoso y llameante misterio, que Apolo conducía cada día por el cielo en su carro enjoyado tirado por relucientes caballos alados. Prometeo sabía también que había fuego en las estrellas más altas y en el corazón de los volcanes humeantes.
Pero en la propia Tierra, en los hogares y talleres de los hombres, no había fuego, pues Zeus ocultaba su secreto y nunca revelaría a ningún mortal cómo producir ni siquiera una chispilla. El gran gigante generoso era muy consciente de que no servía de nada pedirle a Zeus que revelara este gran secreto, pues los celos de Zeus le harían negarse de inmediato. Pero Prometeo era amigo de Atenea y le suplicó a aquella hermosa y bondadosa dama que le mostrara el camino al Olimpo. Ella lo admiraba tanto que nunca podía negarle nada, así que una noche oscura lo condujo por el sendero rocoso hacia el palacio resplandeciente.
Mientras avanzaban, Prometeo se agachó y recogió un tallo de hinojo, largo y hueco, y lo guardó en su pecho, bajo el manto. Luego siguieron adelante, a través de los oscuros bosques de pinos, pasando junto a los torrentes de montaña, subiendo, subiendo, subiendo, hacia el palacio entre las nieves y las estrellas.
Al poco rato, el forastero vislumbró las luminosas estancias donde bailaban las ninfas, cantaban las nueve musas y reían los inmortales mientras conversaban en sus mesas durante un banquete. Allí, mientras la tierra abajo era tan fría y sombría, reinaba una deliciosa calidez y luz. Con pasos silenciosos, Prometeo, envuelto en su oscuro manto, se acercaba cada vez más al hogar de los dioses mientras Atenea señalaba, con orgullo, una u otra maravilla.
Por fin, tuvo a la vista las largas y hermosas salas, con sus pasillos de columnas doradas que Hefesto había forjado, y vio no solo las columnas, sino el trono mágico y los altos trípodes de los que colgaban jarrones de oro y plata. Por encima de todo, vio los exquisitos soportes para las antorchas llameantes y las lámparas enjoyadas en las que resplandecía el brillo de ese fuego ardiente que él se arriesgaba tanto a llevarse.
Mientras Prometeo permanecía allí maravillado en la entrada, se oyó el trote de caballos enérgicos, un destello cegador de ruedas, y apareció Apolo en su glorioso carro. En un instante, Prometeo extendió la mano y del carro robó una espléndida gema de luz. La escondió en el tallo hueco del hinojo, se lo colocó en el pecho, se envolvió bien con el manto y huyó, temeroso de que incluso Atenea viera lo que había hecho. Tan rápido como le llevaban los pies, bajó a toda prisa por las empinadas laderas del Olimpo de vuelta a la tierra, sin aliento por la ansiedad de que la llama de la joya se apagara antes de llegar al valle. Pero el tallo de hinojo guardó bien aquel tesoro de fuego. Prometeo llegó a su hogar, sacó el precioso tallo de debajo de su manto y, encendiendo una antorcha que se alzaba sobre un soporte, dejó que la llama brillara sobre la tierra como una nueva y maravillosa estrella.
Aquella misma noche, Zeus, contemplando el mundo en penumbra desde las brillantes glorias del Olimpo, vio pequeñas joyas de luz asomándose aquí y allá, tal y como hoy en día se ven las lámparas brillando en ventanas lejanas cuando cae el crepúsculo. El rey de los dioses se sobresaltó y miró con más atención. Entonces, de repente, ¡supo lo que había sucedido! Sabía también que solo Prometeo se habría atrevido a traspasar las puertas del palacio sagrado y a robar la materia de la que estaba hecho el sol: el fuego sagrado que pertenecía solo a los inmortales.
¡Zeus estaba superenfadado con el intrépido gigante que había llevado a la Tierra el mayor secreto del Olimpo! Mandó llamar a toda prisa a Hefesto, quien siempre había utilizado el fuego en el taller donde había creado a sus damas de oro. Ahora debía crear otra dama —dijo Zeus—, pero no de oro: debía estar hecha de arcilla, delicada y hermosa, y tener un rostro tan bello como el de una ninfa del bosque, y una voz tan dulce como la lira de Apolo. Todos los dioses debían obsequiarla con algún regalo de encanto o belleza. De hecho, debía ser una especie de princesa de cuento; y, cuando estuviera terminada, él les diría a los inmortales qué pensaba hacer con ella.
Así pues, Hefesto se alejó cojeando entre sus damas doradas para crear a la ninfa que el rey le había encargado. Moldeó a la doncella más hermosa que jamás se hubiera visto y le dotó del rostro más bello y la voz más dulce del Olimpo (por no hablar de la Tierra, que se extendía tan lejos, allá abajo).
Entonces Atenea, que era capaz de realizar todo tipo de exquisitos bordados (aunque ella misma vestía armadura), atavió a aquel ser de extrema belleza con una túnica digna de una reina y le colocó sobre el cabello un velo que era una maravilla para la vista, adornado con brillantes flores y sujeto con una magnífica corona.


