Odiseo, el rey perdido, y el gigante de un solo ojo
A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.
¿Y qué había estado haciendo Odiseo durante todos esos largos años, antes de caer bajo el hechizo de Calipso en su cueva cubierta de enredaderas?
Pues bien, en primer lugar, estuvo a punto de caer presa de la magia de los comedores de loto. Eran el pueblo más perezoso del mundo entero, y vivían en una isla donde crecían por todas partes árboles de loto, que daban frutos de una belleza deslumbrante y un sabor delicioso. Pero quien probaba las manzanas de loto ya no quería hacer otra cosa que sentarse a la sombra de los árboles y comer aquel fruto encantado para siempre. Por suerte para Odiseo, cuando él y su tripulación desembarcaron en la isla, él no probó el fruto; pero tres de sus hombres comieron de las ramas cargadas y, al tumbarse inmediatamente a descansar sobre la hierba florida, dijeron que no tenían intención de volver a casa con sus esposas y familias. Así pues, Odiseo y los demás marineros los llevaron de vuelta al barco a la fuerza, y luego zarparon tan rápido como pudieron antes de que ningún otro miembro de la tripulación pudiera probar el fruto que, aunque era tan delicioso, volvía a la gente perezosa e inútil para el resto de sus vidas.
El siguiente lugar donde atracó la nave del rey fue el país de los cíclopes, unos gigantes de aspecto espantoso que solo tenían un ojo cada uno, justo en medio de la frente. Eran grandes pastores a su manera y vivían de la leche de vastos rebaños de cabras y ovejas. Odiseo y sus compañeros desembarcaron en la playa, treparon sigilosamente por la colina entre los matorrales de laurel y pronto se encontraron ante la entrada de una enorme cueva, rodeada por un muro de mármol y oculta del mundo por bosques de pinos y robles.
Con valentía entraron en aquella lúgubre caverna y, al mirar a su alrededor, vieron que estaba llena de estantes cargados de grandes quesos redondos, y que muchas ovejas y corderos se apiñaban en los recovecos profundos y tranquilos del fondo. Mientras los marineros contemplaban con interés todas estas cosas, oyeron pasos fuertes en el exterior, y entró el cíclope más grande del país, un gigante enorme con un solo ojo vigilante, que llevaba una carga de pinos a la espalda con la misma facilidad con la que se lleva un fardo de leña. Delante de él corrían rebaños de ovejas y cabras; y, cuando todos estuvieron dentro, el gigante hizo rodar una enorme roca ante la boca de la cueva y los encerró a todos.
Ante esto, Odiseo y sus hombres se asustaron tanto que se apresuraron en silencio hacia los rincones más recónditos de la caverna y se pegaron a las paredes húmedas como si fueran murciélagos. Pero el gigante —tras sacar un par de quesos y unos cuencos tan grandes como barriles de cerveza, llenos de leche, que pensaba tomarse para cenar— encendió un fuego en medio de la cueva; y, cuando el resplandor rojo iluminó los rincones más recónditos, divisó a sus inesperados y aterrorizados visitantes.
Con un espantoso rugido de rabia, los miró con su enorme ojo y les exigió saber qué hacían en su caverna secreta. Odiseo, temblando de miedo, hizo todo lo posible por responder con valentía, explicándole al gigante que él y sus hombres eran viajeros perdidos que intentaban encontrar el camino de vuelta a Grecia. El cíclope escuchó con aire hosco; luego, con otro rugido, extendió la mano, agarró a un par de los pobres marineros y, sin dudarlo, ¡se los comió! Una vez hecho esto, se tumbó tranquilamente frente al fuego y se quedó dormido.
Odiseo recuperó el valor ante aquella terrible visión, pues la ira le devolvió la fuerza y la valentía. Desenvainó su espada para matar al gigante que roncaba; pero luego se detuvo y lo pensó mejor. Nadie, salvo el cíclope, era lo suficientemente fuerte como para apartar la roca que bloqueaba la entrada de la cueva. Si lo mataban, el rey y sus seguidores quedarían encerrados y morirían de hambre. Así pues, Odiseo regresó junto a sus asustados compañeros; y todos permanecieron tumbados, acurrucados y apiñados, lo más lejos posible del gigante dormido, hasta la mañana siguiente.
Al amanecer, aquel horrible cíclope, sin decir una palabra ni tan siquiera soltar uno de sus espantosos rugidos, se comió tranquilamente a otros dos marineros para desayunar. Luego, satisfecho y silbando, apartó la ingente roca de la entrada y sacó a sus rebaños al aire fresco de la mañana. Siguiéndolos con sus grandes zancadas, volvió a cerrar la cueva; y Odiseo oyó su enorme voz resonando fuera como un trueno que retumbaba y rugía entre las colinas boscosas.
Así pues, allí estaba el rey encerrado con lo que quedaba de su desdichada tripulación en la cueva de aquel espantoso monstruo. Pero Odiseo era uno de los hombres más astutos del mundo. ¿Acaso no le había protegido siempre Atenea y le había enseñado sabiduría? Reflexionó durante un rato; luego observó detenidamente la maza del gigante, que en realidad era un gran árbol, tan alto y fuerte como el mástil de un barco. Cortó la copa de aquel árbol e hizo que sus marineros le dieran forma y lo afilaran hasta convertirlo en una enorme lanza de madera. A continuación, endurecieron la punta en el fuego y escondieron el arma que tan astutamente habían fabricado. Después, todos se sentaron muy lejos de la entrada a esperar el atardecer y el regreso del gigante.


