Monstruos en los antiguos relatos de viajeros
A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.
Los marineros de hoy en día que regresan de países lejanos suelen contar historias sobre las maravillas que han visto, pero esas maravillas no son nada comparadas con las que vivieron los marineros de la antigua Grecia. Por supuesto, en cualquier momento podían encontrarse con Poseidón, con sus doncellas marinas de color verde, sus caballos azules y blancos, y sus delfines moviendo la cola; por no hablar de Afrodita sobre su bonita concha de plata, con sus ninfas jugando a su alrededor. Estas criaturas solían ser amigas de los marineros; pero entre la gente del mar también había algunos monstruos horribles, de los cuales los peores eran dos criaturas demoníacas llamadas Escila y Caribdis.
Escila había sido en otro tiempo una hermosa princesa, pero la habían convertido en un monstruo como castigo por algo muy escandaloso que había hecho. El reino de su padre fue invadido por un monarca vecino del que ella se enamoró. Sabía que entre las canas de su padre había un mechón de color púrpura; también sabía que, mientras el mechón púrpura creciera a salvo entre las canas del viejo rey, nunca le podrían arrebatar su país.
Así pues, como estaba enamorada del rey enemigo, una noche se coló en la alcoba de su padre y le cortó el mechón púrpura mientras dormía. Luego, con el mechoncillo de pelo en la mano, se dirigió al campamento del rey invasor y, ofreciéndoselo, le contó lo que había hecho por él. Pero él, un hombre valiente y honorable, se horrorizó. Declaró que nunca podría beneficiarse de un acto tan perverso y ordenó que prepararan sus barcos para zarpar de inmediato.
Cuando Escila vio la nave real alejarse de la costa del reino de su padre, se lanzó al agua e intentó aferrarse a la popa, pero al instante se transformó en un terrible monstruo con seis cabezas y doce pies, que se alimentaba de delfines, lobos de mar, marineros y pescadores siempre que podía atraparlos y devorarlos.
Casi frente a la cueva marina de Escila, en lo alto de las rocas, tenía su morada Caribdis, el otro monstruo. Era el espíritu maléfico de un gran peñasco; y tres veces al día provocaba que el mar formara un enorme remolino, que ella succionaba hacia las profundas cavernas que se abrían bajo un precipicio coronado por una higuera gigante. ¡Ay de aquel barco que navegara por aquellas aguas traicioneras! Sin previo aviso, las olas comenzaban a agitarse, a girar y a rugir, y luego se precipitaban hacia las cuevas de Caribdis, arrastrando barcos, marineros y todo lo demás. No es de extrañar que los héroes y marineros que tripulaban las naves de aquellos tiempos se advirtieran unos a otros, con tono sobrecogido, que tomaran todas las precauciones posibles si tenían que navegar por el estrecho canal de agua que discurría entre Escila y Caribdis.
Luego estaban las dos grandes rocas flotantes, parecidas a icebergs, aunque el sol no podía derretirlas. Eran conocidas como las Simplégades y, aunque en realidad no eran seres vivos, se comportaban como si lo fueran. Flotaban por el mar, una al lado de la otra, cerca de un estrecho tan angosto como el que separaba a Escila y Caribdis. Cada vez que un barco navegaba orgulloso por el estrecho, las Simplégades se colocaban en posición, justo donde el canal era más estrecho. Entonces, cuando la embarcación pasaba entre ellas, estas dos grandes rocas comenzaban a acercarse, moviéndose con mortífera certeza y rapidez, hasta que chocaban con un estruendo terrible y reducían el barco a polvo en su duro abrazo. Se necesitaba un capitán valiente e inteligente para dirigir su barco entre las Simplégades, aunque ya sabemos que Jasón lo consiguió y las rocas quedaron unidas por fin.


