Este es uno de los capítulos de Las aventuras de Odiseo, de Carl Witt.
A la mañana siguiente, cuando Menelao salió, se encontró a Telémaco ya sentado en el banco de piedra frente a la casa; se puso junto al joven y le preguntó amablemente qué le había llevado a Esparta. Telémaco respondió que deseaba preguntarle al rey si, en el transcurso de sus viajes, había oído algo sobre la suerte de su padre, y a continuación pasó a describir la lamentable situación en Ítaca como consecuencia de la ausencia de Odiseo.
Menelao sacudió la cabeza con ira y dijo:
—Son unos locos insensatos los que se atreven a adentrarse en la guarida del héroe poderoso. Serán como tantos cervatillos que se han aventurado en la guarida de un león: en cualquier momento el león regresará y devorará a las criaturas indefensas. ¿Acaso están tan seguros esos necios de que Odiseo nunca volverá? Les espera la desgracia, y amarga será la boda que tanto esperan. Un sabio y anciano dios del mar me ha asegurado que tu padre sigue vivo. Te contaré cómo me encontré con él.
»Había navegado con mis barcos desde Egipto hasta la isla de Faros y había desembarcado allí para abastecerme de agua fresca. Desde ese lugar esperaba llegar pronto a casa, pero de repente el viento se detuvo: no había suficiente brisa ni para mover las hojas de los árboles. Pasaban los días y seguía sin haber ni una pizca de viento. Al fin, nuestras provisiones comenzaron a escasear, y mis compañeros se sentaron desanimados en la orilla a pescar para calmar los retortijones del hambre. Yo no sabía qué hacer.
»Un día, mientras deambulaba tristemente por la costa, me encontré con la ninfa Idotea, que entabló conversación conmigo y me preguntó por qué permanecía tanto tiempo en aquella isla desierta. En respuesta, le conté todo lo que me había sucedido y le supliqué que me revelara cuál de los dioses estaba enfadado e impedía que soplara el viento. Ella respondió: “No lo sé, pero mi padre, el dios del mar Proteo, lo sabe todo, y él puede decirte no solo lo que debes hacer para marcharte de aquí, sino también qué ha sido de tus amigos. Pero no te lo dirá a menos que se vea obligado a hacerlo”.
»Le pregunté cómo podría obtener esa información de él, y ella me respondió: “Hacia el mediodía, mi padre sale del mar y se acuesta a dormir en una gruta de la orilla; sus fieles focas también acuden y toman el sol frente a la gruta. Mañana te buscaré un escondite seguro cerca de allí para ti y para tres de tus compañeros que tú elijas. En cuanto el dios del mar se haya dormido, agárralo y sujétalo con fuerza, y no te dejes asustar por ninguno de sus trucos. Se transformará en todo tipo de animales, sí, incluso en fuego y agua; pero, cuando vea que no puede escapar de ti, te preguntará qué quieres de él y te dará la información que necesitas”.
»La ninfa se zambulló de nuevo en el mar, y yo regresé con mis compañeros. A la mañana siguiente, me llevé a los tres más fuertes conmigo a la gruta, y la ninfa salió del mar con las pieles de cuatro focas que acababa de matar. Cavó cuatro fosas poco profundas en la arena, cada una lo suficientemente grande como para que un hombre pudiera tumbarse en ella. Cuando nos hubimos acomodado en ellas, extendió las pieles sobre nosotros, pero nunca hubiéramos podido soportar aquel hedor espantoso si no nos hubiera dado también un poco de la fragante ambrosía de los dioses, con la que lo neutralizamos.
»Hacia el mediodía, las fieles focas de Proteo salieron del agua y se tumbaron a nuestro lado, y poco después el propio dios del mar apareció sobre las olas. Contó a sus fieles, entre los que nos incluía a nosotros (pues no se percató de que no éramos focas de verdad), y luego entró en la umbría gruta y se tumbó junto a los animales, igual que un pastor descansa entre sus ovejas. En cuanto creímos que se había quedado dormido, nos levantamos y nos abalanzamos sobre él con un grito, sujetándole las manos y los pies con tanta fuerza que no podía moverse. Entonces comenzó a recurrir a sus trucos y se transformó sucesivamente en un león furioso, un dragón horrible, una pantera y un jabalí; después de eso, no quedó más que un arroyo de agua, y por último se convirtió en un árbol alto y frondoso. Pero en ningún momento soltamos lo que habíamos agarrado al principio, y, cuando vio que no podía asustarnos, volvió a convertirse en el dios del mar y preguntó: “¿Qué queréis de mí?”.
»Le respondí: “Tú conoces bien la angustia que ahora nos oprime. Dinos, pues, cuál de los dioses es el que nos retiene aquí y cómo podemos apaciguar su ira”.
»Él respondió: “Antes de tu partida de Egipto, deberías haber ofrecido sacrificios a Zeus y a los demás dioses, y nunca volverás a ver tu hogar a menos que regreses a Egipto para subsanar ese descuido”.
»Ya era bastante agotador tener que volver a emprender el viaje, pues era arduo, pero me consolé con la perspectiva de un rápido regreso a casa y me apresuré a preguntar por la suerte de mis viejos amigos con quienes había luchado ante Troya.
»El dios del mar respondió: “Hubiera sido mejor que no hubieras preguntado, pues te entristecerá saber lo que les ha sucedido. Dos han perecido, y el tercero, aunque está vivo, es prisionero en una isla lejana. Áyax el Menor, ese héroe intrépido, se ganó la ira de Atenea y estuvo a punto de perecer en una violenta tormenta. Sin embargo, logró llegar a una roca solitaria y aún podría haber llegado sano y salvo a su hogar si no hubiera gritado, con presuntuosa locura y tono desafiante: ‘Incluso en contra de la voluntad de los dioses me he salvado de la tormenta’. Poseidón lo oyó y, con su tridente, partió la roca, de modo que la parte superior, en la que estaba sentado Áyax, cayó al mar, y él pereció entre las olas.
»”Al principio parecía que a tu hermano le iría mejor. Desembarcó feliz en sus propias costas y se alegró tanto que se arrojó al suelo y lo besó con lágrimas en los ojos. Pero la traición acechaba muy cerca. Durante más de un año, un espía había estado al acecho de las naves de Agamenón (se le había prometido una gran recompensa por avisar a tiempo de su llegada) y, cuando Egisto se enteró de que tu hermano estaba a punto de desembarcar, lo recibió con una amabilidad fingida y lo invitó a un banquete, pero, mientras Agamenón y sus compañeros comían y bebían, sin sospechar nada malo, se abalanzó sobre ellos con una banda de seguidores armados, y ni uno solo quedó con vida”.
»Cuando el dios del mar me contó esto, me invadió una pena abrumadora y me revolqué una y otra vez en la arena, deseando no haber nacido jamás. Pero el dios del mar me reprendió y dijo: “Tu llanto no sirve de nada. En vez de eso, date prisa en regresar a tu hogar; entonces, tal vez encuentres al asesino aún con vida y puedas vengar a tu hermano”.
»Esta perspectiva alivió mi dolor, y procedí a preguntarle cuál de los héroes se encontraba retenido en una isla lejana. Me dijo que era tu padre, y añadió: “Lo vi sentado en la orilla, llorando amargamente. La ninfa Calipso lo retiene allí contra su voluntad, y no hay barco en el que pueda escapar”.
Así habló Menelao, y Telémaco se llenó de alegría, pues ahora tenía buenas razones para esperar que Odiseo aún estuviera vivo y que, con la ayuda de Atenea, pudiera llegar a su hogar.
