El escriptorio de Nebrija

El escriptorio de Nebrija

«Érase una vez... ¡un libro de mitos!», de Blanche Winder

Jasón y el vellocino de oro

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Paco Álvarez Comesaña
may 23, 2026
∙ De pago

A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.

Entre los alumnos de Quirón había un príncipe llamado Jasón, confiado al sabio y anciano centauro cuando no era más que un bebé. Tenía un tío muy malvado, que le había robado el reino a su padre y se había entronizado a sí mismo. Pero el pequeño Jasón estaba escondido en las cuevas del bosque de esas extrañas criaturas, los centauros, que eran mitad caballos, mitad hombres. Allí, Quirón tocaba una lira dorada y cantaba canciones sobre los héroes de la tierra. Bajo su cuidado, Jasón creció fuerte y valiente, capaz de luchar, correr y cazar como el mejor de los príncipes. Cuando se convirtió en un joven vigoroso, Quirón le reveló quién era y le dijo que debía ir a su propio país y recuperarle el reino perdido a su padre.

Así pues, una mañana Jasón partió a través del bosque con una piel de pantera echada sobre un hombro y una lanza de caza en la mano derecha. Cantando alegremente, avanzó por los claros hasta llegar a un río crecido y embravecido por la lluvia. En la orilla estaba sentada una anciana pobre y harapienta, mirando con desesperación las aguas marrones que corrían, cubiertas de espuma blanquecina. Jasón le habló amablemente, preguntándole si quería cruzar al otro lado.

—Por supuesto que sí —respondió ella—, pero ¿cómo puede un cuerpo tan viejo como el mío vadear un torrente así?

—Ciertamente, no es posible —respondió Jasón—, pero yo soy joven y fuerte. Yo te llevaré.

Se echó a la anciana a los hombros, con su capa raída y todo, y se zambulló en el río. Ella lo abrazaba con tanta fuerza por el cuello que Jasón pensó que lo iba a estrangular, pero siguió con esfuerzo y perdió una de sus sandalias entre el barro y las piedras. Por fin, sin aliento, llegó a la otra orilla. La anciana se deslizó de sus hombros, y él vio que sus pies tocaban el suelo, donde, para su asombro, se mostraban blancos y hermosos y adornados con gemas entre las violetas y los narcisos.

Entonces percibió la fragancia de la mirra y las rosas y sintió el suave roce de un velo casi etéreo. Desconcertado, miró el rostro de la anciana: ¡he aquí que su piel era delicada, y sus ojos, tan azules como el cielo! En la mano llevaba una varita con un cuco dorado posado en la punta; a su lado, un pavo real desplegaba su cola de plumas resplandecientes. Era la propia Hera a quien había llevado al otro lado del arroyo.

—Jason —dijo ella, sonriendo—, eres tan bueno como apuesto. ¡Lo que has hecho por una anciana, la reina del Olimpo no lo olvidará!—. Entonces, de repente, un carro tirado por dragones de alas doradas brilló entre los cerezos en flor. Ella se subió a él y, en un instante, desapareció.

Jasón, lleno de asombro, siguió su camino, con un pie descalzo y el otro aún con una sandalia. Llegó a una gran ciudad y recorrió calles pavimentadas de mármol. Se trataba de la capital del reino del que él era heredero. Al contemplar su belleza, apretó el puño y juró que su tío se la devolvería a su legítimo rey.

Al poco rato, vio una magnífica procesión que bajaba por una gran escalinata; y en medio se encontraba su malvado tío. El príncipe se abrió paso con impaciencia para ver mejor, y el rey vio al desconocido entre la multitud. Se sobresaltó y palideció, fijando la mirada en los pies de su sobrino desconocido. En sus oídos resonaba el recuerdo de una advertencia que había recibido años atrás: «¡Cuídate del hombre que venga a ti con una sola sandalia!».

El rey hizo una señal, y sus guardias se abalanzaron sobre Jasón y lo sujetaron con fuerza, mientras su tío, mirándolo fijamente, le preguntaba quién era.

—Soy Jasón, el hijo de tu hermano, y he venido a reclamar el reino de mi padre —fue la valiente respuesta del joven.

El rey palideció aún más. Le hubiera gustado ordenar que le cortaran la cabeza a Jasón, pero no se atrevió. En su lugar, fingió alegrarse de verlo y lo invitó al palacio a un banquete que estaba a punto de celebrarse. Así pues, Jasón se unió a la comitiva y en poco tiempo se encontró en la residencia real donde había nacido. Todos se sentaron a la mesa para disfrutar del banquete, que fue realmente maravilloso. Hermosas doncellas servían vino en copas de oro; apuestos pajes prendían perfumes en candelabros de ámbar; y los músicos tocaban liras de plata. Jasón pronto se sintió muy emocionado con estas nuevas imágenes y sonidos, pero nada le emocionaba tanto como las canciones de héroes que entonaban los músicos.

El malvado tío lo observaba todo el tiempo, con mirada furtiva y sombría, preguntándose cómo podría deshacerse de él. Por fin, con su mano blanca y enjoyada, hizo una señal al músico más importante. Todas las demás liras callaron, los sirvientes del banquete se hicieron a un lado, y el músico, al pulsar las cuerdas, comenzó a llenar el salón con su melodía.

Cantó una canción maravillosa sobre cómo, en la corte de un rey, hace mucho tiempo, vivían una joven doncella y un muchacho rubio, ambos de sangre real. Su padre, el rey, los amaba; pero la reina, su madrastra, los miraba con ojos fríos y celosos. Cantó cómo esta cruel reina conspiraba y tramaba contra la dulce princesa y su hermano, y al fin hizo que los llevaran a una alta colina para ser ejecutados.

Cantó cómo, mientras estaban allí, atados e indefensos, de repente apareció ante ellos una criatura brillante y extraña, con forma de oveja, pero con alas y un vellón de oro radiante. Los subió a su lomo, se les soltaron las ataduras, y se alejó volando con ellos por tierra y mar hacia un país lejano. El príncipe se aferró con fuerza, pero la pobre princesita se asustó mientras volaban sobre las aguas oscuras; al soltarse del vellón dorado, cayó a las olas, donde las ninfas del mar la cuidaron desde entonces.

Cantó cómo la hermosa criatura dejó al príncipe en la orilla de aquel país lejano, y cómo el príncipe tomó su vellocino dorado y lo colgó en un claro profundo; mientras su espíritu bondadoso se alejaba volando hacia los prados floridos de los Campos Elíseos, y se alimentaba de ranúnculos dorados y margaritas plateadas, como comen todos los animales buenos cuando llegan a esos pastos inmortales.

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