A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.
En aquel lejano país hacia el que partieron Jasón y su banda de héroes en su gran barco de cincuenta remos vivía un poderoso rey y su hermosa hija, Medea. Esta princesa tenía el cabello y las cejas oscuros, y sus maravillosos ojos estaban tan llenos de misterio como los estanques de turba negros y tranquilos de los páramos de las montañas. Ella conocía muchísimos secretos que la tierra ocultaba al resto de la gente, y por la noche se adentraba sin miedo en el bosquecillo encantado donde el vellocino de oro desprendía su misteriosa luz entre las ramas del roble, y el dragón balanceaba su alta y enorme cabeza de un lado a otro entre los tenues árboles y las estrellas plateadas.
En los bosques sombríos, Medea vagaba completamente sola con sus piececitos blancos descalzos y su larga melena ondeando a su alrededor como un velo. Allí, en el silencio del bosque, se detenía y alzaba los brazos hacia las estrellas, cantando en voz baja a los espíritus que vivían entre ellas. Luego daba tres vueltas y, agachándose junto al arroyo a sus pies, se echaba agua de él tres veces sobre la cabeza. Por último, lanzaba tres gritos largos y graves, extraños y lastimeros, como un búho que llama a su pareja en la noche. Entonces, desde las estrellas, descendía un carro resplandeciente, tirado por un dragón, chispeante con pequeñas flechas de fuego. Medea se subía a este carro mágico, y el dragón volaba con ella hasta las cimas de las altas montañas, donde recogía todo tipo de flores y hierbas raras. Las llevaba al palacio y las mezclaba en un caldero dorado, profiriendo encantamientos en voz baja todo el tiempo. Los aceites perfumados elaborados de esta manera los vertía con cuidado en pequeños frascos y jarrones, y nunca hubo ungüentos más llenos de hechicería que los elaborados por la princesa Medea.
Por muy hermosa e inteligente que fuera, no quería casarse, pues una vez había visto a Jasón en un sueño, y le pareció el único hombre al que podría amar jamás. Sabía que algún día él llegaría al reino de su padre; y, efectivamente, una luminosa mañana aparecieron en la bahía las velas de la Argo, la música de Orfeo flotó sobre las aguas, y el príncipe Jasón y su noble comitiva desembarcaron.
Subieron por la playa directamente hacia el palacio y fueron recibidos por el propio rey, pues ¿no era Jasón también de sangre real? Junto al rey iba la hermosa Medea, de ojos oscuros, ansiosa y expectante. El rey condujo a sus invitados al salón de banquetes y los sentó a comer y beber, haciéndoles preguntas todo el tiempo. Le contaron las muchas aventuras que habían vivido en su viaje: aventuras casi demasiado emocionantes para que alguien las creyera.
Entre otras, habían pasado sanos y salvos entre dos extrañas rocas de hielo flotantes que intentaron aplastarlos, pero que, al cerrarse justo cuando la embarcación se deslizaba entre ellas, chocaron con tal fuerza que quedaron completamente unidas, y así permanecieron unidas desde entonces, lo cual fue una suerte para todos los viajeros que, más tarde, pasaron por allí.
Jasón explicó también que se habían visto obligados a dejar atrás a Heracles en una isla de la que se había negado a marcharse porque las ninfas de allí le habían arrebatado a un hermoso muchacho al que él amaba, y lo habían convertido en rana. Contó muchas otras cosas al rey antes de comenzar a hablar del objetivo de su viaje, y anunció con audacia que él y sus compañeros habían atravesado todos esos peligros con el propósito de ganarse el vellocino de oro del bosquecillo encantado. Medea juntó las manos con emoción y admiración, pero las cejas de su padre se fruncieron en un gesto de ira.
—¡Ganarte el vellocino de oro! —tronó—. ¡Hay muchos retos para quien ose a ello! ¡Príncipe imprudente! Vuelve a tu barco, y mañana por la mañana ven a arar ese campo pedregoso que ves allí, ¡con mis toros que escupen fuego!
Se levantó de la mesa del banquete y se dirigió furioso a sus aposentos, mientras que Jasón, triste y decepcionado, regresó a su barco. A la mañana siguiente se levantó temprano y salió a ver el amanecer, preguntándose si sería la última vez. Entonces, ¡oh, sorpresa!, entre los primeros rayos rosados, vio una figura esbelta y velada que se acercó sigilosamente junto a él y le entregó un frasquito de plata.
—Úntate por todo el cuerpo con el aceite perfumado del frasco —susurró una voz suave—: ¡así los toros no podrán hacerte daño!
La esbelta figura envuelta en un manto se escabulló tan apresuradamente y en silencio como había llegado, pero Jasón supo que la voz era la de la hija del rey, Medea. Se bañó en el mar, justo cuando el sol comenzaba a calentar las olas resplandecientes; luego, abrió el frasco y se untó por todo el cuerpo con el ungüento perfumado, y no solo a sí mismo, sino también su escudo y su espada.
Entonces puso rumbo al palacio una vez más. Junto con el rey y sus cortesanos —todos ellos muy sorprendidos por su regreso—, Jasón se dirigió a los establos de los toros que escupían fuego. Este establo estaba bajo tierra, y los toros, una vez liberados, salieron precipitadamente de él como si fueran los propios caballos de Hades.
Todos huyeron menos Jasón, mientras los terribles animales brincaban y bramaban, con sus pezuñas doradas reluciendo, sus ojos ardientes, y cientos de lenguas de fuego saliendo de sus bocas. Pero Jasón se lanzó sin miedo a su encuentro, puso la mano en el cuello del más cercano y le habló con voz suave. Los que observaban desde una distancia segura vieron cómo se detenía; vieron también cómo los otros toros se agolpaban alrededor del héroe mientras agitaban los cuernos.


