Este es uno de los capítulos de Las aventuras de Odiseo, de Carl Witt.
Al día siguiente, los griegos zarparon de la isla de las cabras y, al cabo de un tiempo, llegaron a otra isla que no estaba firmemente anclada al fondo del mar, sino que flotaba de un lugar a otro. Allí residía el rey Eolo, a quien Zeus había confiado el dominio de los vientos, y que podía liberarlos o encerrarlos a su antojo. Vivía con su esposa y sus doce hijos e hijas en un hermoso palacio, donde celebraban banquetes juntos cada día.
Eolo recibió a Odiseo y a sus compañeros con gran amabilidad y los mantuvo a su lado durante todo un mes, pues nunca se cansaba de escuchar las historias que tenían que contar sobre la guerra y la caída de Troya. Por fin, sin embargo, llegó el momento de que continuaran su viaje, y Eolo les entregó un regalo de despedida de gran valor. Se trataba de una enorme bolsa de cuero en la que estaban encerrados todos los vientos que podrían resultar desfavorables para su viaje, y estaba tan bien atada con un cordón de plata que no podía escapar ni la brisita más leve; solo estaba libre el viento que necesitaba Odiseo para su camino de regreso, y había de soplar sin cesar hasta que el héroe y sus amigos hubieran llegado sanos y salvos a su tierra.
Durante nueve días y nueve noches navegaron, impulsados por el viento favorable, hasta que, al décimo día, pudieron ver el humo que se elevaba de las cabañas de los pastores esparcidas por la isla. Durante todo ese tiempo, Odiseo se había mantenido despierto y se había encargado de gobernar la nave, pero ahora se sentía abrumado por el cansancio y, pensando que ya podía despreocuparse, se acostó y se quedó dormido.
Sin embargo, algunos de sus compañeros empezaron a quejarse y a decirles a los demás:
—Todo pinta muy bien para Odiseo, que vuelve a casa, donde le quieren y le estiman, y que trae consigo un buen botín de Troya; pero nosotros llegamos con las manos vacías. Mirad, además, aquel enorme saco que le ha dado Eolo, sin duda lleno de oro y plata. Abrámoslo y veamos qué tipo de tesoro contiene.
Los demás, que sentían la misma curiosidad, accedieron de buen grado a deshacer el nudo, pero ¡qué sorpresa se llevaron cuando, con un estruendo tremendo, los vientos encerrados se desataron salvajemente y soplaron con furia a su alrededor! Las naves no tardaron en sacudirse violentamente, y Odiseo se despertó.
Al ver el daño que habían causado sus compañeros, por un momento se sintió tentado de arrojarse al mar y poner fin a su vida. Pero su valeroso corazón no cedió por mucho tiempo a la desesperación, y se envolvió en su capa y se tumbó en silencio en la cubierta mientras los vientos zarandeaban las naves de un lado a otro, hasta que por fin las llevaron de vuelta a la isla flotante de Eolo.
Odiseo decidió probar si Eolo le ayudaría una vez más, así que regresó al palacio. Encontró al rey sentado en un banquete con todos sus hijos e hijas, y se quedó de pie humildemente en el umbral, como era costumbre para quienes acudían a pedir ayuda. Todos se quedaron muy asombrados al verlo, pues estaban convencidos de que a esas alturas ya estaría a salvo en su casa, y exclamaron:
—¿Por qué has vuelto ante nosotros? ¿Qué mal destino te ha sobrevenido? Hicimos todo lo posible para que tu viaje fuera rápido…
—La culpa es solo de los insensatos de mis compañeros —respondió Odiseo con tristeza— y del sueño que me venció. Pero os ruego que me volváis a mostrar vuestra bondad, pues sin duda podéis hacerlo si así lo deseáis.
Todos los demás permanecieron en silencio, pero el padre Eolo se levantó y le hizo señas con la mano para que se marchara, exclamando:
—Aléjate de esta isla, mortal maldito. Los dioses deben odiarte de verdad, pues de lo contrario habrías llegado a tu hogar hace mucho tiempo.
Así pues, Odiseo tuvo que volver a su barco y confiar únicamente en sí mismo para la salvación.
Ahora era necesario remar tanto de día como de noche, pues el viento favorable había desaparecido. Al séptimo día llegaron al país de los lestrigones, donde el día sigue tan de cerca a la noche que, apenas ha caído la noche, ya empieza a amanecer el nuevo día. En este país, un hombre que pudiera prescindir del sueño podía ganar el doble de salario: primero podía trabajar todo el día como pastor de ovejas; y luego, cuando por la noche las hubiera llevado a casa, podía volver a salir casi inmediatamente con las vacas.
Odiseo divisó un excelente refugio, hacia el que condujo sus naves: era una ensenada encerrada a ambos lados por altas rocas, de modo que el agua permanecía completamente en calma incluso en la tormenta más violenta. Las demás naves se adentraron un trecho en la ensenada, pero Odiseo amarró su propia nave cerca de la entrada y, una vez hecho esto, subió a una montaña para observar el paisaje circundante. No vio campos arados ni ningún otro signo de actividad humana, pero a lo lejos se alzaba algo de humo, por lo que eligió a dos de sus compañeros y los envió con un heraldo para que averiguaran lo que pudieran sobre aquella tierra.
No tardaron en descubrir un sendero muy transitado que les condujo a un manantial no muy lejos de la ciudad de la que habían visto el humo; y justo en ese momento salió una joven a sacar agua con su jarra. Los griegos le preguntaron cómo llegar al palacio del rey, y ella pudo indicarles el camino, pues era la hija del rey. Pronto llegaron a la casa y, en la entrada, les recibió la reina; pero al verla se sintieron horrorizados, pues era una mujer monstruosa, tan grande como una montaña. Se apresuró hacia la puerta y, con una voz que hizo temblar todas las casas vecinas, llamó a su marido, que se encontraba en el mercado. Este regresó de inmediato y, tan pronto como vio a los forasteros, agarró a uno de ellos, lo hizo pedazos y lo devoró. Los otros dos huyeron tan rápido como pudieron y, en cuanto llegaron al arroyo, gritaron sin aliento a sus compañeros:
—¡Huid, huid! ¡Este lugar está habitado por devoradores de hombres!
Inmediatamente, todos echaron una mano para ayudar a soltar las naves. Pero el rey, mientras tanto, había reunido a su pueblo, y ahora acudían en masa tras los griegos: no eran hombres, sino gigantes. De poco les sirvió a los griegos haber desatado ya sus barcos, pues los lestrigones los aplastaban con enormes piedras que lanzaban desde la orilla y, cuando los desdichados griegos caían al agua, los gigantes los atravesaban con sus lanzas, los arrastraban hasta la orilla y se los comían.
Cuando Odiseo vio la destrucción de las demás naves, no se detuvo a desatar la suya, sino que, desenvainando su espada, cortó las amarras y ordenó a sus compañeros que remaran con todas sus fuerzas hasta que estuvieran a salvo de nuevo en mar abierto. Así salvó su nave, y fue la única que escapó. Solo algunos fragmentos rotos de las demás embarcaciones fueron flotando mar adentro; todas sus tripulaciones perecieron.
