Este es uno de los capítulos de Las aventuras de Odiseo, de Carl Witt.
Solo Odiseo había sido capaz de quedarse agarrado del barco, pero ahora los tablones habían cedido a los costados, y solo la quilla y el mástil seguían unidos. Alrededor de ellos ató apresuradamente una cuerda y se sentó a horcajadas sobre aquella rudimentaria balsa, como un jinete sobre su caballo. Apenas lo había hecho cuando el viento cambió de dirección, y, al poco tiempo, se encontró de nuevo entre las dos peligrosas rocas por las que había pasado antes con tanto riesgo.
La corriente lo empujó hacia Caribdis, que en ese mismo momento estaba succionando el mar. La balsa fue rápidamente hacia sus poderosas fauces, y parecía que ya no había esperanza para Odiseo; pero justo por encima de la abertura crecía la higuera silvestre de la que le había hablado Circe: sus ramas colgaban casi hasta el agua, y Odiseo se aferró a ellas, permaneciendo abrazado a la higuera mientras su balsa se veía arrastrada por la garganta de Caribdis. Le pareció que pasó mucho tiempo antes de que el agua volviera a salir a borbotones, pues el esfuerzo que le suponía mantenerse así era enorme; pero al fin todo salió disparado, y Odiseo se dejó caer de la higuera justo cuando la balsa pasaba por debajo de él, y logró agarrarse a la cuerda y subirse a ella. Durante nueve días y nueve noches más fue zarandeado por el mar, pero al décimo día la corriente lo llevó hasta tierra firme.
Era la isla de Ogigia, morada de la hermosa ninfa Calipso. Ella recibió a Odiseo con la mayor amabilidad e hizo todo lo que estuvo en su mano para consolarlo y hacerle olvidar todas las penurias y privaciones que había sufrido. Pero, a pesar de todo ello, Odiseo estaba destinado a pasar una estancia miserable en su isla. Hasta entonces había tenido que enfrentarse a monstruos, devoradores de hombres y todo tipo de horrores y peligros del mar, y apenas había logrado escapar con vida; ahora estaba a salvo de la violencia, pero se encontraba más lejos que nunca de alcanzar el deseo de su corazón: la posibilidad de regresar a su hogar. El amor de Calipso era un obstáculo tan grande para su felicidad como la traición y la enemistad con las que se había topado anteriormente.
Calipso vivía completamente sola en su isla, sin recibir visitas ni de dioses ni de hombres, y, ahora que un héroe de aspecto tan noble había llegado a sus costas, se complacía mucho en su compañía y no le permitía marcharse. Quería que fuera su marido y le dijo que le conseguiría de Zeus el don de la inmortalidad y la eterna juventud, para que pudieran vivir juntos por toda la eternidad. Pero esa perspectiva no resultaba atractiva para Odiseo: la ninfa era, sin duda, mucho más bella que Penélope, pero, a pesar de ello, él sentía que preferiría morir como cualquier otro hombre, con tal de poder regresar primero con su querida esposa y su hijo.
A pesar de toda su astucia, Odiseo fue incapaz de idear ningún medio para sortear el obstáculo que el amor de Calipso le imponía ahora en su camino. Huir era imposible, pues a su alrededor se extendía el desolado mar, y no había ninguna embarcación con la que pudiera escapar. Así, transcurrió lentamente un año tras otro. Se pasaba todo el día sentado en las rocas junto al mar, contemplando la dirección en la que se encontraba su propia isla, Ítaca, y habría sido feliz más allá de lo que las palabras pueden expresar si hubiera podido ver a lo lejos el humo que se elevaba desde su hogar. Pero aún estaba muy lejos de ella, y amargas eran las lágrimas que brotaban de sus ojos, pues toda esperanza de regresar allí había quedado truncada.
