El encuentro de Odiseo con su madre, Elpénor y Tiresias en el inframundo
Este es uno de los capítulos de Las aventuras de Odiseo, de Carl Witt.
Cuando ya se encontraban bien avanzados para llegar a la costa, Odiseo les dijo a sus hombres que lo siguiente que tenían que hacer era poner rumbo a la tierra de los muertos. Recibieron esta noticia con gritos de dolor y mesándose los cabellos, pero al final se vieron obligados a ceder ante la necesidad y empujaron la nave mar adentro, izaron el mástil y desplegaron la vela.
De inmediato, se levantó un viento favorable, enviado por Circe para acelerar su viaje, y al caer la tarde habían llegado a la orilla del gran Océano, que rodea todo el mundo. Allí se encontraron con los cimerios, un pueblo que vive en una densa penumbra y en una noche perpetua y que nunca en toda su vida había visto un rayo de sol.
Los griegos desembarcaron cerca de una arboleda de sauces y álamos oscuros y avanzaron por la orilla hasta llegar al lugar que Circe les había descrito.
Allí se detuvieron, y Odiseo cavó con su espada un hoyo poco profundo, de aproximadamente un metro de largo y otro de ancho. En él vertió tres libaciones para los muertos: la primera, de miel y leche; la segunda, de vino dulce; y la última, de agua; sobre ellas esparció también una medida de la mejor harina de cebada. A continuación, rezó a los muertos y les prometió que, si regresaba a Ítaca, les ofrecería una vaca y todo lo que pudiera serles grato, y que, en particular, sacrificaría a Tiresias un carnero negro entero.
A continuación, sacrificó los animales que Circe le había proporcionado: un carnero negro y una oveja negra. Les acercó el cuello al foso, tal y como Circe le había indicado, y apartó la mirada mientras los mataba con su espada; después, sus compañeros se llevaron los cuerpos de los animales y los quemaron en una pira de leña que habían amontonado y prendido como ofrenda a los dioses del inframundo. Tan pronto como el foso se llenó de sangre, los espíritus de los muertos que yacían bajo la tierra la olieron y subieron en masa, apretujándose unos contra otros, ansiosos por saborearla, pero Odiseo los mantuvo a raya con su espada desenvainada, pues quería que el sabio Tiresias bebiera de la sangre antes que ningún otro.
Entre los demás se encontraba Elpénor, que apenas el día anterior había caído del tejado y había muerto. En su caso, no fue el ansia por la sangre lo que lo llevó hasta allí, pues su cadáver aún yacía sin enterrar en la casa de Circe, y él todavía no era un espíritu de verdad como el resto: todavía era capaz de pensar y hablar, pero esa semivida le resultaba una carga, y anhelaba el descanso y la ausencia de conciencia de que disfrutaban los espíritus.
Cuando Odiseo lo vio y lo oyó quejarse de su desgracia, se le llenaron los ojos de lágrimas y exclamó:
—¡Elpénor, con qué prisa has llegado hasta aquí, a la tierra de los muertos! ¡Has llegado más rápido a pie que yo en mi barco!
Entre muchos suspiros, Elpénor le contó lo que le había sucedido e imploró a Odiseo, por todo lo que le era querido, que enterrara su cadáver tan pronto como regresara a la isla de Circe.
—Levanta, te lo ruego —dijo él—, una pira funeraria y quema en ella mi cuerpo y todo lo que me pertenece; luego, amontona un túmulo de tierra sobre mis cenizas a orillas del mar y coloca sobre él el remo que he utilizado durante tanto tiempo.
Y Odiseo prometió hacer todo lo que él deseaba.
Durante todo ese tiempo, Odiseo había mantenido su espada sobre el foso que contenía la sangre para mantener a raya a las sombras que seguían acercándose a él. Entre ellas reconoció a su propia madre, y le resultó muy difícil alejarla, pero se mantuvo fiel a su propósito, y al poco rato el sabio Tiresias se levantó de la tierra con un bastón dorado en la mano. Era el único en la tierra de los muertos que conservaba sus pensamientos humanos: todos los demás carecían de conciencia. Le dijo a Odiseo:
—Retira tu espada para que yo pueda beber de la sangre y darte la información que deseas.
Odiseo envainó su espada, y, cuando Tiresias hubo bebido de la sangre, volvió a hablar:
—Has venido —dijo— a preguntarme por tu regreso a casa. Son muchas las penurias y los peligros que aún debes sufrir, pues Poseidón está airado contigo por haber cegado a su hijo, el cíclope. Pero, aunque os esperan muchas tribulaciones, todos podréis llegar sanos y salvos a vuestros hogares si os guardáis de tocar los rebaños del dios del sol en la isla de Trinacia. Sin embargo, si intentáis apoderaros de esos rebaños, vuestros compañeros y su barco se perderán sin remedio, y tú mismo volverás, es cierto, a tu hogar, pero solo después de muchos años, solo y en una embarcación extraña... y encontrarás una terrible confusión en tu casa.
»Tan pronto como hayas hecho justicia y restablecido el orden allí, deberás apresurarte a apaciguar la ira de Poseidón. Para lograrlo, tendrás que abandonar de nuevo tu hogar. Llévate un remo en la mano y continúa tu deambular por tierras desconocidas, cada vez más lejos, hasta que llegues a una tierra donde los habitantes nunca hayan visto el mar ni ningún barco y, por lo tanto, coman su pan sin sal. Te daré la señal por la que sabrás cuándo hayas llegado a ella: cuando uno de ellos señale tu remo, confundiéndolo con el aventador de un campesino, y te pregunte con qué propósito lo llevas contigo, entonces sabrás que has llegado a esa tierra.
»Allí clava tu remo en la tierra y sacrifica a Poseidón un carnero, un toro y un jabalí; y, cuando hayas regresado de nuevo a tu casa, ofrece generosos dones a los que moran en el monte Olimpo. Entonces vivirás muchos días y, al fin, morirás en paz, y tu pueblo disfrutará de felicidad y prosperidad.
—Como los dioses quieran —respondió Odiseo—, que así sea. Pero dime, te lo ruego, pues veo allá la sombra de mi madre, que permanece en silencio y no me reconoce: ¿qué puedo hacer para que se acuerde de mí?
—A cualquiera de los muertos al que le des a beber de la sangre —respondió Tiresias—, se le concederá el poder de hablar contigo. —Y, tras pronunciar estas palabras, volvió a desaparecer bajo la tierra.
Cuando se hubo marchado, Odiseo le dio a su madre un poco de sangre para que bebiera y, tan pronto como la probó, reconoció a su querido hijo.
—¿Por qué has venido al reino de las tinieblas? —exclamó ella—. ¡Pues es extraño y horrible a los ojos de los hombres vivos! ¿Sigues errante, sin haber regresado aún de Troya a tu hogar en Ítaca? ¿Y tu esposa sigue esperando en vano tu llegada?
—¡Ay, querida madre! —respondió Odiseo—. Es una necesidad apremiante la que me trae aquí a pedir consejo a Tiresias. Nunca más he vuelto a pisar tierra griega desde que abandoné nuestra isla para seguir a Agamenón a la guerra contra Troya. Pero ¿por qué te veo aquí? ¿Has fallecido tras una larga enfermedad? ¿O te ha alcanzado de repente Ártemis con una de sus flechas? Háblame también de mi padre, del hijo al que me vi obligado a dejar atrás y de mi querida esposa. Dime: ¿sigue ella en mi casa, cuidando de mis bienes, o acaso se ha casado con otro?
—Permanece fiel y paciente en tu casa —respondió su madre—, pero sus días están llenos de pena, y llora sin cesar por el esposo que lleva tanto tiempo ausente. Tu hijo se ha convertido en un apuesto joven, pero tu padre se ha entregado al dolor por tu culpa y ya no vuelve a la ciudad; ha establecido su morada en una choza miserable, lejos de todas las demás viviendas, y allí, rechazando todo placer y toda comodidad, lleva una vida desdichada; lo cubren las ropas más pobres, y duerme, como los pastores más humildes, en invierno entre las cenizas del hogar, y en verano sobre un montón de hojas caídas al aire libre. ¡Tampoco ha sido una enfermedad prolongada la que me ha traído a este lugar, ni fue una de las flechas de Ártemis la que me mató, sino más bien el anhelo por ti, mi amado hijo, a quien he esperado en vano durante tanto tiempo!
Al oír estas palabras, Odiseo se conmovió profundamente y extendió los brazos para abrazar a su madre, pero solo el aire vacío se encontró con su tacto. Más afligido que nunca, exclamó entonces:
—¿Por qué te escapas de mi abrazo? ¿Acaso no eres más que una aparición, enviada aquí por la reina de las almas para burlarse de mi dolor?
Pero su madre respondió:
—Querido hijo, este es el destino de los mortales cuando la vida los ha abandonado. Los tendones que antes mantenían unidos la carne y los huesos han sido consumidos por el calor de la pira funeraria, y el alma revolotea de aquí para allá como un sueño. Pero tú date prisa en volver a la luz del sol y guarda en tu memoria lo que aquí has visto y oído, para que algún día puedas contárselo a tu esposa.
Estas fueron las últimas palabras que la madre de Odiseo pudo pronunciar. La sangre que había bebido ya había agotado su fuerza, y se alejó de él como un espíritu sin consciencia, como antes.
