Hero y Leandro, el nadador más valiente del mundo
A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.
La hermosa Afrodita, la diosa del amor, viajaba sobre el mar y por los cielos cada día, buscando príncipes y princesas, o pastores y pastoras que quisieran su ayuda. Cuando iba por los mares navegaba en una gran concha de plata, la que al nacer la había llevado a ella a tierra, mientras las azules y verdes nereidas jugaban a su alrededor y cabalgaban montadas en delfines, riendo y cantando, con la espuma del mar salpicando por doquier como diamantes.
Tenía un carro de oro tirado por cuatro palomas blancas, atadas con cordeles de esmeraldas y rubíes y perlas; y cientos de pajarillos volaban a su alrededor en una especie de nube, cantando con todas sus fuerzas. Junto a ella en el carro iba Eros, que a veces tenía apariencia de un hermoso príncipe, y a veces la de un niño juguetón; pero, ya fuera un príncipe o un crío, siempre tenía sus preciosas alas y llevaba su arco y sus flechas, que usaba cuando su madre así lo ordenaba.
De las flechas de Eros, unas tenían punta de oro y hacían que la gente se enamorara irremediablemente, igual que Psique. Si alguna vez Afrodita veía a una hermosa pareja que ella consideraba que debían casarse, le decía a Eros que disparara un par de flechas de punta de oro a la pareja. Entonces, los dos jóvenes sentían un pinchacito en algún lugar cerca de su corazón, y la magia se metía por la minúscula herida de la flecha. De inmediato pensaban que, si no se casaban, no habría nada en el mundo que los pudiera hacer felices.
Entre las más bellas de todas las doncellas de aquellos tiempos había una muchacha de linaje de reyes, llamada Hero, cuyos padres la habían encomendado al servicio de la diosa del amor. Por tanto, pasaba sus días en un templo grande y hermoso, donde la gente cantaba en honor a Afrodita y quemaba fragantes especias para honrar a la diosa del amor.
Un día, cuando Hero estaba allí colgando guirnaldas por el templo y llenando cuencos de olorosas especias, un joven llamado Leandro fue hasta ella por entre las columnas de marfil. Se detuvo cuando vio lo hermosa que era. En ese momento, Afrodita, que estaba en el templo, oculta entre las pérgolas llenas de delicadas flores, vio al apuesto joven y decidió en un momento que Hero y Leandro debían enamorarse el uno del otro.
Le susurró a Eros, que estaba con ella, que tomara el arco y sus flechas y disparara a la muchacha y al joven. Eros obedeció, y Hero y Leandro, al cruzar sus miradas, de inmediato se gustaron más que ninguna otra cosa o persona en el mundo.
Todo el día Leandro estuvo en el templo, aguardando la oportunidad de hablar con Hero. Sin embargo, tímida, ella guardaba la distancia, ocupada con sus flores y especias, pero aun así pensando en él todo el tiempo, con el corazón latiendo como nunca antes. Finalmente, cuando ella se fue del templo para ir a casa, él se acercó y la miró a la cara. Entonces, sin una palabra, los dos supieron que separarse el uno del otro los mataría de pena.
Cuando se dieron cuenta y hablaron de ello, se besaron y se dijeron lo maravilloso y hermoso que era todo. Hero le explicó que, aunque pasaba el día en el templo, iba todas las noches a una gran torre al borde del mar, donde vivía sola con su vieja nodriza. Entonces Leandro dijo con alegría que sabía qué torre era. El mar junto al que estaba era un pequeño estrecho llamado Helesponto, y su casa estaba en Abidos, al otro lado. Añadió que un nadador experimentado como él podría nadar el estrecho, y que tenía intención de hacerlo para visitar a Hero en su torre cada noche, cuando ella llegara a casa tras su jornada en el templo.
Hero se estremeció de alegría, pero también de miedo. Sabía que su padre y su madre, que querían que pasara su vida confeccionando guirnaldas y quemando especias a la diosa del amor, nunca consentirían que se casara con Leandro. ¿Cómo podían saber que era la propia Afrodita la que había hecho que su hija se enamorara perdidamente del joven de Abidos?
Aun así, la doncella anhelaba tanto volver a ver a Leandro, cogerlo de la mano y oír su voz, que aceptó el plan. Se despidieron con muchos besos, y Hero prometió que la noche siguiente encendería una lámpara en la ventana de su torre para guiar a Leandro mientras nadaba cruzando el Helesponto.


