El escriptorio de Nebrija

El escriptorio de Nebrija

«Érase una vez... ¡un libro de mitos!», de Blanche Winder

Heracles, el poderoso héroe y sus maravillosas hazañas

Avatar de Paco Álvarez Comesaña
Paco Álvarez Comesaña
may 20, 2026
∙ De pago

A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.

Una mañana luminosa, un bebé se despertó muy temprano asombrado: ¿qué podía haberse metido en su cuna? Al abrir los ojos, vio dos serpientes enormes que estaban a punto de devorarlo. Su nodriza permanecía sentada junto a él paralizada por el horror. Pero este extraordinario bebé se limitó a soltar un chillido de diversión, agarró a las serpientes, una en cada mano, como si fueran juguetes de papel, y las estranguló. Luego se subió a los cojines y miró a su alrededor con aire complacido, mientras su madre, que había entrado corriendo, gritaba pidiendo ayuda, y su padre se precipitaba por la puerta blandiendo su espada.

El bebé, que se llamaba Heracles, creció y, como era de esperar, se convirtió en el hombre más fuerte del mundo entero. Cuando era niño, sus padres lo enviaron al bosque, a la escuela de Quirón, el centauro sabio, que le enseñó que siempre debía usar su fuerza de forma correcta. Sin embargo, a pesar de ello, Heracles a veces hacía cosas malas. Tenía muy mal genio y, cuando se enfurecía, golpeaba a quienes le ofendían. Incluso mató a algunos de ellos con sus poderosas manos, o les causó graves daños de otras formas. Y al fin los inmortales —que apreciaban a este hombre fuerte y deseaban que se convirtiera en un verdadero héroe— le dijeron que solo podría obtener el perdón por sus acciones llevadas por la cólera si se convertía en esclavo de su primo el rey y hacía todo lo que aquel monarca le ordenara.

Heracles, que realmente lamentaba mucho tener un temperamento tan terrible, consintió con tristeza y humildad. Se dirigió al rey, que estaba sentado en su trono de oro, y se le ofreció como esclavo; y el rey, al aceptar la oferta, le dijo que debía realizar doce hazañas grandiosas y arduas, tras lo cual volvería a ser libre.

El héroe aceptó. Entonces le dijeron que fuera a un bosque lejano y matara a un león terrible que era el terror de toda la gente en un radio de muchos kilómetros. Al instante, Heracles tomó su arco y sus flechas y partió en busca del león. Por el camino pensó que le vendría bien un arma más, así que arrancó un olivo de raíz, le cortó la copa y lo convirtió en una poderosa maza. Armado con la maza y el arco, llegó a los límites del bosque y avanzó, como una nueva especie de gigante, entre los árboles, con sus fuertes pies descalzos aplastando los helechos y las flores.

De repente, un fuerte rugido surgió de un matorral cercano, y de allí salió corriendo el león más grande y feroz que jamás se hubiera visto. Saltó a la garganta de Heracles, pero este lo golpeó en la cabeza con la maza de olivo. Entonces, cuando el león cayó al suelo, soltó la maza y, agarrando por el cuello a la bestia que forcejeaba, la estranguló hasta matarla, tal y como había hecho con las serpientes. Después de esto, tomó sus afiladas garras y con ellas desolló el cadáver allí donde yacía sobre el musgo. Luego se colocó la piel sobre los hombros y se puso la cabeza sobre el cabello rizado, como si fuera una corona. Así, pareciendo él mismo un león, regresó a la ciudad y volvió a presentarse ante el rey.

Pero su majestad se asustó tanto al ver a su primo con un aspecto tan espantoso que, con un grito de terror, se metió en una gran tinaja de bronce y se quedó allí, ordenando a Heracles que, en lo sucesivo, permaneciera fuera de la ciudad y recibiera órdenes de uno de los centinelas, generales o cortesanos (de cualquiera, en definitiva, menos del propio rey). Con cierto desdén, Heracles recibió la siguiente orden.

Esta consistía en destruir a una horrible serpiente de siete cabezas, parecida a un dragón, que vivía en un pantano solitario y causaba aún más daño que el león. Sin miedo alguno, el noble y valiente héroe partió de inmediato en busca de la serpiente, mientras el rey, muy aliviado por su partida, saltó fuera de la vasija.

Esta vez, Heracles iba conduciendo un carro junto a su sobrino. Además, llevaba una espada muy afilada. Al poco rato llegaron al pantano donde vivía el monstruo; y poco a poco, entre los altos y frondosos juncos, vieron una extraña cabeza escamosa, con ojos brillantes y maliciosos que se movían y se agitaban de un lado a otro. Entonces apareció otra cabeza, ¡y otra, y otra, y otra! Al momento siguiente salió un cuello largo y grueso al que estaban unidas las siete cabezas; y ante esta visión, el sobrino de Heracles se asustó tanto que quiso huir lo más rápido posible.

Heracles, sin embargo, saltó al suelo y corrió hacia el monstruo, blandiendo su gran espada reluciente. El arma dio un gran giro y cortó de un solo golpe la primera cabeza a la que pudo alcanzar. Pero, para su horror, ¡del muñón sangrante brotaron al instante siete cabezas más!

Así pues, ahora había trece cabezas en lugar de siete, ¡cada una de ellas con rechinantes fauces que querían devorar al héroe! No podía seguir así, así que Heracles se apresuró a buscar a su sobrino —que había logrado escapar solo y esconderse— y le hizo encender una antorcha y volver para enfrentarse a la serpiente de trece cabezas que gruñía y rugía. Y ahora, cada vez que Heracles cortaba una cabeza, el sobrino —que quizá tenía aún más miedo de su asombroso tío que del dragón— clavaba la antorcha encendida en la herida para que no le crecieran más cabezas. De esta manera, la enorme serpiente fue finalmente aniquilada, y Heracles, antes de abandonar los pantanos que habían sido su hogar, envenenó todas sus flechas sumergiéndolas en su sangre.

Avatar de User

Continúa leyendo este Post gratis, cortesía de Paco Álvarez Comesaña.

O compra una suscripción de pago.
© 2026 Paco Álvarez · Privacidad ∙ Términos ∙ Aviso de recolección
Crea tu SubstackDescargar la app
Substack es el hogar de la gran cultura