Heracles, Hipómenes y Atalanta: manzanas doradas
A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.
Esta es una historia no solo sobre las manzanas doradas que Heracles llevó a su primo el rey, sino también sobre otras manzanas hechas del mismo metal mágico. Pero, antes de nada, contaremos la historia de Heracles y el lejano jardín oculto donde crecían esas manzanas.
Cuando el rey le dijo que debía encontrar ese jardín y recoger algunos de los frutos relucientes del árbol, el pobre Heracles se desesperó, pues sabía muy bien que el manzano se había perdido hacía muchísimo tiempo y nunca más se había vuelto a encontrar. Se lo habían regalado a la reina Hera como regalo de boda, cubierto de su cosecha de oro; y ella lo había puesto al cuidado de unas hermosas doncellas cuyo padre, Héspero, llevaba cada noche la estrella vespertina al cielo en una antorcha engastada con gemas.
Estas doncellas eran conocidas como Hespérides por ser las hijas de Héspero; y, para que las manzanas nunca fueran robadas, habían llevado el árbol muy lejos, a África, donde lo habían plantado en un jardín secreto, y luego pusieron de vigilante a un dragón que vivía bajo las ramas, que custodiaba el preciado fruto tanto de día como de noche.
Heracles se echó al hombro su piel de león, tomó su maza y partió en busca de alguien que le dijera dónde encontrar el jardín de las Hespérides. ¡Pero nadie lo sabía! Todos habían oído hablar de las manzanas y de las hermosas doncellas que las habían escondido, pero ni un alma tenía idea de dónde se encontraba el jardín. Al fin, le dijeron que fuera a buscar a Prometeo, quien realmente podría hablarle del jardín.
Así pues, partió en busca de Prometeo, a quien encontró encadenado a una roca en un solitario desfiladero de montaña, con un enorme buitre que lo vigilaba y picoteaba de la forma más cruel. Esa era la forma en que Zeus castigaba a Prometeo por haber robado el fuego, ¡como si todos los problemas que la pobre y bella Pandora había acarreado a los hombres no fueran ya venganza suficiente! Sin embargo, Heracles disparó al buitre con una de sus flechas envenenadas, rompió los grilletes de hierro y liberó a Prometeo. Y este hombre sabio, valiente y bueno nunca volvió a estar encadenado a la roca, sino que se le permitió quedar libre para siempre.
Prometeo, rebosante de alegría, pidió a Heracles que se adentrara un poco más en su viaje y buscara a Atlas, un gigante enorme y fuerte que vivía en la cima de una alta montaña sosteniendo el cielo con su poderosa cabeza y sus hombros. Atlas lo sabía todo sobre el jardín —dijo Prometeo— y estaría más que dispuesto a ayudar.
Muy contento y orgulloso de haber liberado al hombre que había robado el fuego del palacio resplandeciente, Heracles se puso en marcha una vez más. Y, efectivamente, tras unas cuantas aventuras más, encontró a Atlas en la cima de la misma montaña que Prometeo había descrito.
¡Qué gigante tan agotado, paciente y aburrido debió de ser Atlas! Durante siglos y siglos había permanecido allí de pie, en la nieve, con la cabeza entre las nubes y las estrellas. Hay quien, al contarle la historia de Atlas, dirá que no era el cielo lo que sostenía, sino el mundo entero. Sea como fuere, sin duda se alegró tanto de ver a Heracles que le contó, en un santiamén, todo sobre el jardín, las hermosas doncellas y el dragón despierto que custodiaba el árbol. Y entonces Atlas dijo que, si Heracles tenía la amabilidad de sostener el cielo por él durante su ausencia, ¡él iría al jardín y entregaría las manzanas personalmente!
Heracles accedió a este plan, y con una facilidad asombrosa, teniendo en cuenta la tarea que debía de suponer. Atlas deslizó el cielo de sus propios hombros sobre la espalda de Heracles. Así pues, allí estaba el hombre más fuerte del mundo, con el cielo, lleno de estrellas, y quizá un cometa o dos cruzándolo a toda velocidad, presionándole el cuello y la cabeza, mientras Atlas se alejaba a toda prisa murmurando para sí mismo, al estilo de los gigantes. Heracles lo vio hasta que desapareció de su vista y, si no hubiera sido tan valiente como fuerte, seguramente habría deseado de todo corazón verlo regresar.


