La gran aventura de Filoctetes, el héroe que había de vengar a Aquiles
¡Mi primera novela mitológica de cierta extensión!
Este es el primer capítulo de una novela mitológica que empecé a escribir y que pretendo retomar y con suerte publicar en el cuarto trimestre de 2026. Se trata de un retelling sobre el héroe Filoctetes.
¡Asegúrate de apuntarte para recibir las novedades sobre su lanzamiento!

Es curioso que el primer recuerdo interesante que tengo de mi infancia sea del acontecimiento que pondría en marcha prácticamente todo lo que habría de pasar en mi vida.
Yo aún era un niño. No hacía mucho que mi hermana Demonasa se había marchado de casa, pues mi padre la había entregado como esposa a uno de los príncipes troyanos (es inútil decir el nombre, pues la familia real troyana, a la manera de los bárbaros asiáticos, es numerosísima, y diría que ni el padre de los cincuenta príncipes se sabe el nombre de todos).
Ese día llegó un heraldo troyano con todo el suntuoso séquito característico de aquella gente, algo ciertamente escandaloso para cualquier griego que se preciara de la proverbial austeridad helénica. Aquello era un evento protocolario y esperado, por lo que mi padre, como progenitor de la novia y rey de Melibea, también hacía su parte en lo que había de ser una gran y afrentosa pantomima.
Aquel señor era el prototípico heraldo gárrulo y exagerado en sus innúmeros gestos y ademanes, además del prototípico troyano con su barba y cabellos nigérrimos ultrarrizados y con más joyas que las que hubiera en todo nuestro palacio.
Tras los saludos básicos y otras fórmulas protocolarias de nulo significado real, el heraldo dio un par de palmadas, lo que puso en marcha una procesión de sus decenas de subordinados, que depositaban a los pies de mi padre multitud de cajas y cofres de diversos tamaños y formas.
—En agradecimiento por vuestra hija —se limitó a decir, eso sí, de forma muy efusiva.
Yo podía ver que mi padre ansiaba abrir todo aquello, llamar a sus escribas y contables y que al cabo de un rato le dijeran si habíamos duplicado, triplicado o cuadruplicado las riquezas de Melibea. Pero el protocolo exigía que el regalado se abstuviera de abrir regalos de aquella clase en presencia del regalador.
—¿Y qué tal está? —le preguntó mi padre al troyano.
—¿Qué tal está quién?
—¡Mi hija! ¿Quién, si no?
—Ah. ¿Cuál era vuestra hija? —Los troyanos usaban esta extravagante forma de plural al referirse a personas de importancia.
—¿Cómo que cuál era mi hija? —exclamó mi padre sin poder (o ni intentar) ocultar su ira.
—Disculpad, majestad, mi error lingüístico. Todas las esposas recientes del príncipe —y aquí dijo el nombre del príncipe en cuestión— se encuentran en perfecto estado y condición. En ningún momento quise decir que vuestra hija pudiera estar muerta.
—¡No! Lo pregunto de forma más clara: ¿cómo que cuál es mi hija?
—Majestad —se apresuró a decir el heraldo con tremenda afectación mientras mostraba las palmas de las manos—. Sin duda sabéis que es norma entre los troyanos contraer múltiples matrimonios.
—Desde luego —fingió mi padre, que sin duda no había prestado atención a las negociaciones previas a la entrega de mi hermana—, pero… —Logró detenerse antes de seguir haciendo el ridículo—. En fin, yo solo quiero saber cómo está mi Demonasa.
—Demonasa, Demonasa… —dijo para sí mismo el heraldo, como si estuviera buscando una palabra en la larga lista de un inventario de mercaderías. Finalmente concluyó—: Sí, ha de estar bien. Ya os he dicho que todas las esposas recientes del príncipe —volvió a decir el nombre del ídem— se encuentran plenamente saludables.
—Gracias. Podéis marcharos. Gracias, gracias, adiós —dijo mi padre con voz débil, incapaz de aguantar por un segundo más la presencia de aquellos bárbaros insolentes.
En cuanto salieron de la sala, los guardias cerraron la puerta y mi padre se repantingó en el trono, como si no pudiera contener más su forma homínida y necesitara expandirse como la sopa vertida sobre un plato.
Y es que, en efecto, aquel breve intercambio dejó desmadejado a mi padre. Mi madre, Metone, había muerto relativamente hacía poco tiempo, y el reino no se encontraba económica ni socialmente en el mejor momento. Solo por eso mi padre había accedido a enviar a su querida hija a un país extranjero, al otro lado del mar Egeo, con la esperanza de, al menos, librar Melibea de los grandes apuros pecuniarios.
Nuestro pueblo, en la costa de Tesalia, era famoso por la púrpura real que manufacturaba y vendía no solo a otros territorios de Grecia, sino también bárbaros. Siendo un producto de lujo con el que se teñían principalmente ropas de reyes y otros próceres, reportaba pingües beneficios.
Sin embargo, unos años antes del acontecimiento del heraldo troyano, los moluscos de los que se sacaba el tinte habían sufrido una gran enfermedad que dejó la población reducida a muy pocos ejemplares.
Mi padre ordenó que se protegiera a toda costa a los bichos supervivientes hasta que pudieran reproducirse y multiplicarse en suficientes números como para que fuera seguro volver a explotarlos sin arriesgarnos a su extinción. Lo primero que hizo fue instituir la Guardia Púrpura, soldados escogidos cuya única misión era asegurarse de que nadie osara tocar a uno de aquellos animales. Paradójicamente, aunque por otra parte de forma lógica, mi padre no podía permitirse que la Guardia Púrpura vistiera de púrpura.
La cuestión es que el pueblo no tardó en sufrir aquello. Al menos la mitad de la población de Melibea se ganaba la vida recolectando los bichos, procesándolos, preparando el producto de la púrpura como materia que se vendía en jarras o aplicándolo a ropas que luego se exportaban a un precio multiplicado por varios números solo porque tenían alguna franja o los bordes ribeteados de púrpura. Y ahora, si no había bichos, no había trabajo, y, si no había trabajo, no había comida.
Mi padre había cometido el error de confiar la mayor parte de la riqueza de Melibea al negocio de la púrpura. Decía cosas como «Si funciona, ¡no lo toques!», que parecían lógicas hasta que dejaron de serlo. Por supuesto, el pueblo no tardó en decir que la peste que había caído sobre los pobres animales era algún castigo divino, y que, como ni los animales ni ellos habían hecho nada malo, necesariamente la causa del castigo estaba en la casa real, y de forma más concreta culpaban al rey Peante, mi padre.
Entonces él, como si fuese Edipo, dijo que investigaría a fondo la cuestión, y que de hecho ya había enviado a un heraldo de confianza a Delfos para preguntarle al oráculo por la causa y la solución.
El pueblo, vuelto turba, le dijo que ni oráculo ni orácula: que ellos no podían esperar varios meses a que el heraldo trajera la solución; que ellos querían comer ya; y mientras decían todo esto, blandían y agitaban amenazadoramente palos, horcas, rastrillos, guadañas y naturalmente otros instrumentos contundentes que usaban en condiciones normales en sus labores relativas a la púrpura.
Fue justo entonces cuando un heraldo troyano —no sabría decir si era el mismo, aunque su aspecto era exactamente el mismo— se presentó en el palacio y le propuso el ominoso trato a mi padre: el favor troyano a cambio de una hija para uno de los hijos del rey de Troya.
Mientras el heraldo y su séquito eran agasajados como buenamente los recursos del palacio podían permitirse, mi padre se fue aparte con sus consejeros. Yo escuchaba tras una cortina.
—Tenemos que aceptar —dijo mi padre, seco y sin preámbulos.
—¿Y cómo sabemos que los troyanos no envenenaron a los moluscos precisamente para causar esta misma situación? —dijo uno de los consejeros—. ¡Ya es casualidad que se presenten pidiendo a Demonasa justo ahora!
—¿Y qué otra cosa puedo hacer? Incluso si tu teoría fuera cierta, si despacho a los troyanos con una negativa, esa turba de ahí fuera asaltará el palacio, arramblará con lo poco que queda en la cocina, a mí sin duda me cortarán la cabeza, y posiblemente a vosotros, ¡oh, esforzados funcionarios reales! —dijo con retintín—, os reventarán vuestros exquisitos cráneos hasta que puedan hacer púrpura con vuestros sesos.
El argumento se mostró convincente, y así se hizo: mi hermana a cambio del favor de Troya en tan extrema situación.
Mi padre hizo ver al pueblo que quienes salíamos ganando éramos nosotros los melibeos, y que con su astucia había prácticamente estafado a los troyanos para que Melibea volviera a la abundancia.
—¡Ciudadanos de Melibea! —dijo con tono victorioso—. Yo, Peante, vuestro rey, estoy dispuesto a hacer un gran sacrificio por vosotros. La princesa Demonasa partirá a la mayor brevedad a las exóticas tierras de Troya para desposarse con uno de sus príncipes. Esta gran alianza nos reportará no solo un alivio inmediato en nuestra presente necesidad, sino también grandes beneficios en el futuro, pues ¿quién no desearía tener vínculos con la rica e inexpugnable ciudad de Troya? Ahora, deponed vuestros utensilios y volved a casa, que ya me he encargado yo de dar solución a vuestros quebrantos.
Como además hizo preparar múltiples raciones de grano de la despensa real que distribuyó entre los potenciales asaltantes, no rodó ninguna cabeza, ningún cráneo fue aplastado, y aquel castillo de arena podría resistir algún tiempo más, al menos hasta que los troyanos regresaran portando cofres llenos de su favor.
Por suerte para mi padre, mi hermana estaba en la edad de fantasear y romantizar todo lo extranjero y exótico, por lo que no hubo drama cuando le dijeron que escogiera sus ropas preferidas, las metiera en un baúl y se prepara para marcharse a Troya al alba.
El día en que los troyanos se dignaban materializar su favor había llegado. Mi padre, aún atribulado por la corta conversación con el heraldo, por lo menos pudo consolarse al pensar en todas las riquezas que habría en las cajas y cofres que los troyanos habían traído consigo.
Mandó abrirlas. Había convocado a varios escribas y contables para hacer el recuento; los hombres estaban ya con su recado preparado, expectantes.
Si Pandora causó tamaño destrozo al abrir una sola caja, ¿de qué calibre podía ser el ocasionado por tantas cajas y cofres?
—Padre, ¿todo eso es oro? —pregunté, inocente.
Mi padre se fue acercando lentamente a cada uno de los cofres abiertos. Incluso para mí era evidente que no podía creer lo que sus ojos veían. Cogió una jarrita de metal, se la dejó colgando de un dedo un momento con gesto de «¿Esto? ¿Os lo podéis creer?» y finalmente la lanzó contra la pared, lo cual provocó un tremendo estrépito.
—¿Estas mierdas son el favor de Troya? ¿Baratijas? ¿Se ríen de mí? —Del desmadejamiento previo pasó casi instantáneamente a un estado de furiosa cólera propia de alguna divinidad infernal—. ¿Por esto he enviado a mi hija a una tierra extranjera para que viva como una más en el harén de un degenerado?
—Señor, ¡por favor! —dijo uno de los presentes, tratando de calmarlo.
—¡Ni por favor ni por favar! —Y le lanzó un plato que cogió de uno de los cofres. Falló.
—Señor… —trató el pobre hombre de volver a decir, no sin temor. Mi padre se disponía a ir hacia él, quizá para rebanarle el cuello ipsofacto.
—¡Señor, oh, don Peante, rey de Melibea! —dijo desde la entrada la voz más grave e imponente que hubiera oído y probablemente vaya a oír en mi vida—. ¿Qué es este alboroto, que puede oírse casi desde las murallas? —Y soltó una gran risotada amistosa y aun así imponente.
Mi padre se quedó congelado a medio camino entre el trono y el desdichado consejero con la espada a medio desenvainar, como si Medusa lo hubiera petrificado en ese mismo instante.
—¿He… Heracles? —dijo al fin.
¿Quién sino el hijo de Zeus se atrevería a reírse en tal momento de enajenación mental de mi padre?
Iba cubierto con su famosa piel de león y una tremenda maza; la gente decía que, pese a estar hecha de simple madera de olivo, se veía mucho más terrorífica que la de bronce de Teseo de Atenas. También llevaba al hombro el arco más sumamente precioso que yo hubiera visto jamás, y eso que los hombres de Melibea siempre fuimos famosos por nuestra tradición como arqueros consumados, por lo que yo ya había visto y manejado muchos arcos en mi aún corta vida. Pero aquel arco era totalmente diferente: de alguna forma, me había enamorado inmediatamente de él, como si fuera Afrodita transformada en arco o algo de eso.
—¡Tu amigo Heracles, por supuesto! —dijo, y dio otra de sus risotadas—. Suelta esa espada, deja marchar a estos hombres, y nosotros vayamos a honrar a mi hermano Dioniso.
A Heracles no le hacía falta ordenar ni amenazar con palabras o con su tono: si su carisma llegaba a fallar para sus persuasivos propósitos, su imponente físico hacía el resto.
Sin siquiera esperar la confirmación de mi padre, los consejeros se fueron lo más rápido que pudieron, esforzándose en guardar el decoro y no parecer ratas huyendo. Yo me quedé allí como un pasmarote.
Este es el primer capítulo de una novela mitológica que empecé a escribir y que pretendo retomar y con suerte publicar en el cuarto trimestre de 2026. Se trata de un retelling sobre el héroe Filoctetes.
¡Asegúrate de apuntarte para recibir las novedades sobre su lanzamiento!

