Este es uno de los capítulos de Las aventuras de Odiseo, de Carl Witt.
El sol no llevaba mucho tiempo en el cielo cuando el barco llegó a Pilos, y Atenea y Telémaco desembarcaron de inmediato, dejando a sus compañeros a bordo. Casualmente era día de fiesta, y el anciano rey y su pueblo estaban ofreciendo un gran sacrificio a Poseidón. Miles de ciudadanos se habían reunido en la orilla del mar y estaban tumbados en la arena, comiendo la carne de los animales sacrificados, mientras los heraldos iban y venían entre ellos llenando las copas de vino.
Mientras se dirigían hacia el lugar del sacrificio, Telémaco se sintió abrumado al pensar que tendría que dirigirse al rey, y le dijo a Atenea:
—¿Cómo daré a conocer el motivo de mi visita? No estoy acostumbrado a hablar con elocuencia, y es comprensible que un joven se sienta cohibido cuando está a punto de dirigirse a un hombre mayor.
Pero Atenea lo animó y le dijo:
—Olvida tu timidez y recuerda que has venido aquí con el único propósito de preguntarle a Néstor por tu padre. Gran parte de lo que debas decir te vendrá a la mente por sí mismo, y el resto te lo pondrán en la boca los dioses, pues seguro que te desean lo mejor.
Cuando los hijos de Néstor vieron acercarse a los dos forasteros, salieron a su encuentro, y Pisístrato, que era el más joven, los condujo hasta el lugar donde estaba sentado su padre. Allí encontraron pieles extendidas sobre la arena, y, una vez que se hubieron sentado, Pisístrato le entregó a Atenea una copa de vino, diciendo:
—Forastero, dirige tu plegaria a Poseidón, pues es en su honor por lo que celebramos hoy nuestro banquete. Y, cuando hayas rezado y hayas libado, pasa la copa a tu compañero para que haga lo mismo, pues todos necesitamos la ayuda de los dioses.
Entonces Atenea rezó en voz alta y dijo:
—¡Escúchame, gran Poseidón, y cumple mi deseo! Concede a Néstor y a sus hijos gran renombre, y recompensa a todos los hombres de Pilos por los sacrificios que hoy te ofrecen. Concédenos también que prosperemos en el propósito por el que hemos venido hasta aquí. —Así rezó, con la intención de cumplir ella misma todo lo que había pedido a Poseidón. Luego le entregó la copa a Telémaco, que rezó de la misma manera.
Cuando terminaron de comer y beber, dijo Néstor:
—Ha llegado el momento de preguntar a nuestros huéspedes por su nombre y lugar de su nacimiento. Decidnos, pues, quiénes sois y qué os ha traído hasta aquí.
Al oír estas palabras, Telémaco se armó de valor y, con esfuerzo, respondió:
—Venimos de Ítaca. Yo soy el hijo de Odiseo. No tenemos noticias de mi desdichado padre, y no sabemos si está vivo o muerto. Por eso te ruego que me cuentes lo que sepas de él. Aunque la historia sea triste, te suplico, por todo el amor que le tenías a mi padre cuando luchasteis juntos ante Troya, que no me ocultes nada.
—Hijo mío —respondió Néstor—, cuando terminó la guerra, nos dividimos en dos bandos: uno siguió a Menelao, y el otro, a Agamenón. Así nos separamos, tu padre y yo, y desde entonces no he sabido nada de él. Pero tú me traes a la memoria las innumerables penurias y peligros que atravesamos en aquella tierra. Sí, a menudo lo pasamos mal, y muchos de nuestros más valientes hombres fueron arrebatados por la muerte. El valeroso Áyax y Aquiles, y su amigo Patroclo, y mi querido hijo Antíloco, todos yacen enterrados allí, en tierra extranjera. También después, cuando la guerra terminó, perecieron muchos de nuestros héroes. A mí, en verdad, los dioses me concedieron un rápido regreso, pero otros han vagado, unos durante más tiempo, otros durante menos, antes de llegar a sus hogares. De muchos he oído hablar, aquí en Pilos, de cómo les ha ido, aunque no de todos. No ignoro el destino de Agamenón: fue asesinado a manos de Egisto, pero ahora su hijo Orestes lo ha vengado matando al asesino. Es bueno, en verdad, que un hombre deje tras de sí un hijo valiente.
—¡Ay! —respondió Telémaco con desánimo—. Ojalá los dioses me hubieran concedido la fuerza para castigar a los insolentes pretendientes de nuestra casa. Pero no ha sido así, y debo soportar su violencia con toda la paciencia que pueda.
—He oído hablar —respondió Néstor— de la forma indecorosa en que los pretendientes asedian tu casa. Sin embargo, si Atenea te ama como amó a tu padre, a quien ayudó tantas veces abiertamente cuando luchábamos contra Troya, más de un pretendiente tendrá aún motivos para lamentar haberse unido a la banda de malhechores. Y tal vez (¿quién sabe?) tu propio padre pueda aún regresar a su hogar.
Con el corazón lleno de desesperación, Telémaco respondió:
—Oh, rey, ¿cómo podría llegar a mí semejante buena fortuna? Eso es más de lo que me atrevo a esperar. Difícilmente podría ser así, aunque los propios dioses así lo quisieran.
Pero Atenea le reprendió, diciendo:
—¿Qué palabras son esas, Telémaco? Un dios, si así lo desea, puede salvar a quien quiera fácilmente, incluso en la situación más extrema. Por mi parte, preferiría pasar largos años en el exilio como tu padre y tener al fin un próspero regreso a casa antes que, como Agamenón, volver rápidamente para ser asesinado en un banquete.
Telémaco procedió entonces a hacer más preguntas a Néstor:
—Pero ¿dónde se encontraba Menelao cuando tuvo lugar el asesinato de su hermano?
—Menelao se encontraba en una tierra lejana —respondió Néstor—. Si a su regreso a casa hubiera encontrado al traicionero Egisto aún con vida, puedes estar seguro de que ningún montículo de tierra habría cubierto su cadáver: su cuerpo habría sido arrojado a los perros para que lo devoraran. Pero las tormentas llevaron a Menelao muy lejos de su hogar (hasta Egipto y otras tierras extrañas, desde donde un pájaro tardaría más de un año en volar hasta la tierra de Grecia), y así Egisto pudo disfrutar durante muchos años de los frutos de su crimen.
»Cuando Agamenón partió hacia Troya, confió a un fiel sirviente el cuidado de su casa y de su esposa, temiendo que ella pudiera dejarse llevar por los halagos de Egisto. Pero cuando, por debilidad, ella cedió y se convirtió en la esposa de aquel traidor, el fiel sirviente fue enviado a una isla solitaria, donde murió, y su cadáver fue devorado por las aves. Y tan grande era la influencia que Egisto se había ganado sobre la reina que ella consintió de buen grado el asesinato de su marido cuando este regresó de la guerra. Una vez cometido el crimen, Egisto gobernó durante siete años los dominios de Agamenón. Pero el joven Orestes había sido llevado por amigos de su padre a Atenas, donde se encontraba a salvo de las manos asesinas de Egisto, y en el octavo año regresó y lo mató (su madre ya había muerto). Ese mismo día, Menelao llegó por fin a su hogar y se lamentó de haber llegado demasiado tarde para llevar a cabo la venganza con sus propias manos.
»Pero a ti te aconsejo que no te quedes mucho tiempo fuera, dejando a tu madre y a tu familia en manos de los pretendientes. Sin embargo, no debes dejar de ir a ver a Menelao. Acaba de regresar de su largo viaje y quizá pueda darte noticias de tu padre. Navega, pues, a Esparta sin mayor demora, o, si prefieres ir por tierra, con mucho gusto te proporcionaré caballos y un carro, y uno de mis hijos te acompañará.
Cuando el sol estaba a punto de ponerse, Atenea le recordó a Néstor que era hora de dar por concluido el banquete sacrificial, pues se consideraba profano continuar hasta que la oscuridad se hubiera extendido sobre la tierra. Así pues, se celebraron las últimas ceremonias: los heraldos derramaron agua sobre las manos de los invitados, se volvió a mezclar el vino y se rellenaron las copas; y, por último, mientras se ofrecía una plegaria a Poseidón y a los demás dioses, el rey y sus hijos arrojaron a las llamas las lenguas de los animales sacrificados y las rociaron con gotas de vino. Entonces el banquete llegó a su fin y la gente comenzó a disgregarse.
