Este es uno de los capítulos de Las aventuras de Odiseo, de Carl Witt.
Casi inmediatamente después, divisaron a lo lejos las terribles rocas errantes, que agitaban todo el mar al desplazarse con tanta violencia de un lugar a otro que el peligro no podría haber sido mayor ni siquiera en la tormenta más severa. Al darse cuenta de ello, a los remeros se les encogió el corazón, y sus miembros quedaron paralizados por el miedo.
No hicieron ningún esfuerzo por escapar, sino que dejaron los remos colgando inactivos en el agua mientras la nave era empujada cada vez más cerca de las mortíferas rocas. Odiseo, sin embargo, sabía que su única esperanza residía en el esfuerzo activo y, pasando de uno a otro de los remeros, les inspiraba ánimo con estas palabras:
—El peligro no es mayor ahora de lo que era cuando estábamos en la cueva del cíclope, pero ¿acaso no encontré entonces un medio de rescataros? Seguid, pues, mi consejo. Recobrad el ánimo y, remando con vigor, apartad la nave de la peligrosa corriente. Y tú, timonel, aleja la nave del humo y el ruido y dirige su rumbo hacia aquella roca.
Era la roca de Escila, pero Odiseo no dijo nada a sus compañeros sobre el monstruo que acechaba allí, y ellos estaban tan acostumbrados a encontrar la salvación siguiendo los consejos de su líder que ahora obedecían sus órdenes y remaban con todas sus fuerzas hacia ella. Odiseo recordaba bien lo que Circe le había contado sobre el espantoso tributo que el monstruo exigía a cada barco que pasaba junto a ella, pero aún albergaba cierta esperanza de poder salvar a sus amigos, y empuñó sus armas, dispuesto a atacarla.
Pronto se encontraron en el estrecho espacio entre Escila y Caribdis (las dos rocas estaban situadas a solo un tiro de flecha de distancia entre sí). Caribdis estaba en ese momento absorta en succionar el mar; los compañeros de Odiseo palidecieron ante el tremendo espectáculo, y él mismo no podía apartar la mirada. Pero de repente oyó un grito de auxilio y, al mirar a su alrededor, se percató de que en ese momento estaban pasando junto a la roca de Escila y de que el monstruo ya se había apoderado de seis de sus hombres. Podía verlos aún forcejeando con brazos y piernas, y oír sus gritos; pero solo por un instante, pues casi de inmediato el monstruo desapareció con ellos en su caverna. Era la visión más espantosa que Odiseo había visto jamás. Pero lo único que podía hacer ahora era intentar salvar al resto; y, cuando Escila hubo devorado apresuradamente su horrible comida y volvió a estirarse para ver qué más podía atrapar, la nave ya se encontraba muy lejos de su alcance.
