El escriptorio de Nebrija

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«Érase una vez... ¡un libro de mitos!», de Blanche Winder

Eco y Narciso: la ninfa enamorada y la flor blanca

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Paco Álvarez Comesaña
oct 10, 2023
∙ De pago

A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.

En los verdes prados de la antigua Grecia, en los que crecían anémonas y azafrán, vivían las ninfas del bosque, que bailaban a la luz del sol y de la luna sobre el musgo mullido. No hacían mucho caso de los seres humanos, sino que se contentaban con reír y jugar con todas las criaturas extrañas que vivían entre las flores.

Sin embargo, una mañana, mientras se perseguían entre los árboles, se toparon con un hermoso joven llamado Narciso, que cazaba con arco y flechas entre las sombras doradas y verdes del bosque. Lo miraron entre las ramas y susurraron entre ellas comentarios sobre lo guapo que era. Luego, todas se alejaron bailando, excepto una, que se quedó mirando, mirando y mirando al joven alto y fuerte, ansiando, con todo su corazón, hablar con él.

Sin embargo, esperó su oportunidad.

—¿Estáis aquí? —llamó el joven de pronto a unos compañeros lejanos.

—Aquí —respondió Eco, y salió alegremente de entre los arbustos.

Narciso se quedó muy extrañado, pero intentó hablar con ella como pudo. Entonces, como ella solo repetía sus propias palabras, llamó a sus compañeros:

—¡Venid conmigo!

—¡Conmigo! —susurró Eco, siguiéndole todavía por entre los árboles.

Sin embargo, Narciso se alejó más aprisa; y todas las miradas cariñosas que Eco le lanzaba las lanzaba en vano.

Cada vez que Narciso entraba en el bosque para cazar, se encontraba con la hermosa ninfa y veía que cada vez estaba más pálida y triste, aunque seguía repitiendo sus palabras con la misma insistencia de siempre. Pero Narciso no se había enamorado en su vida y no tenía ni idea de lo infeliz que era Eco. Pensaba que era un capricho tonto de ella, del que pronto se recuperaría, y ni siquiera quería besarla cuando ella acudía y se sentaba a su lado en la orilla del río mientras él pescaba, o cuando aparecía de repente entre los verdes laureles mientras él perseguía a un ciervo.

Por fin, un día, la historia de Eco llegó a oídos de Afrodita, la más bella de las inmortales y la reina del amor. Afrodita había nacido de la espuma del mar y había llegado a tierra firme en una gran concha de plata, con la blancura del rocío del océano en los brazos y los hombros, y el oro de la luz del sol en los cabellos.

Siempre se interesaba vivamente por los enamorados y, cuando se enteró de la desesperada devoción de Eco, dijo que había que hacer que el insensible Narciso supiera lo que era amar sin corresponder.

Eco estaba ya tan delgada y pálida que, mientras seguía a Narciso entre los árboles, no parecía más que un espíritu hecho de telarañas; pero seguía amándolo igual y murmurando las últimas palabras de todas sus frases. Finalmente, se marchó a las cuevas de las montañas, y allí, en esos lugares huecos y solitarios, se consumió hasta convertirse en una voz que caía tristemente sobre las nieblas de los lagos y en los estrechos valles entre las colinas.

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