Los dioses resplandecientes del monte Olimpo
A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.
Hace mucho, mucho tiempo, en la cima de una alta montaña de Grecia llamada Olimpo, se alzaba un palacio maravilloso, con sus ventanas en las nubes y sus puertas en la nieve. Era invisible para los seres humanos que vivían en los valles de abajo, pero ellos sabían que estaba allí arriba y que en él vivían personas resplandecientes y hermosas, algunas de ellas coronadas como reyes y reinas, y otras con alas sobre los hombros, como los pájaros.
De vez en cuando, una u otra de estas personas con aspecto divino bajaba volando por la ladera de la montaña, dejando en el aire el sonido de la música y el aroma de las violetas y las rosas a su paso. Nadie sabía cuándo había nacido esta gente resplandeciente, y se decía de ellos que no podían morir, así que los pastores que cuidaban de sus rebaños en los prados y los pescadores que colocaban sus bateas para cangrejos en las bahías rocosas, los llamaban «los inmortales», y así se los conoce hasta el día de hoy.
En primer lugar estaba Zeus, que gobernaba sobre los demás y que tenía el poder de transformarse en águila, en cuco, en carnero o en lo que le pareciera conveniente en cada momento. Una vez se transformó en un toro blanco con cuernos de oro y, al llegar a un prado donde paseaba una hermosa princesa, decidió llevársela consigo del reino de su padre y regalarle su propio país maravilloso en el que reinar.
Así pues, se acercó a ella con mucho cuidado, con un azafrán en la boca, y la miró con ojos grandes y suaves desde debajo de sus cuernos dorados. Ella, muy alegre, recogió flores para que comiera y entretejió algunas de las más bellas en una guirnalda que le colgó del blanco cuello.
A continuación, Zeus se arrodilló y la princesa saltó sobre su lomo, llamando entusiasmada a sus dos hermanos, que estaban jugando no muy lejos, para que fueran a cabalgar con ella en este inusitado corcel tan encantador. Pero antes de que los hermanos pudieran correr hacia ella, el toro se había puesto en pie y galopaba ya por el prado hacia la orilla tan rápido como podía, con la princesa agarrada de sus cuernos dorados.
Se zambulló en el océano y nadó a través de las profundas olas hasta llegar a la tierra del oeste. Allí posó a la princesa en un bosque y le dijo que había decidido que ella sería la reina del país y que, como se llamaba Europa, el lugar se llamaría Europa en su honor.
Cuando Zeus decidía una cosa, siempre acababa sucediendo: así que la princesa Europa aceptó la corona y el cetro que le entregó y se dispuso a reinar felizmente sobre el reino al que el gran toro blanco la había llevado de forma tan extraña.
El rey Zeus, cuando no estaba ocupado arreglando cosas de este tipo entre los seres humanos, tenía que resolver muchos asuntos para los propios resplandecientes. Un día, mientras estaba sentado en su trono, en el reluciente palacio de la cima del Olimpo, reflexionando profundamente, sintió de pronto en el interior de su coronada cabeza movimiento y ajetreo. ¡Era como si hubiera algo intentando salir!
Después de preguntar a todos los que estaban allí cerca si podían ayudarle y al comprobar que no podían, decidió que lo único que podía hacerse era abrirle la cabeza sin más demora. Así pues, envió un mensajero a toda velocidad para decirle a uno de sus hijos, llamado Hefesto, que acudiera inmediatamente y que llevara consigo su hacha.
Hefesto era el mejor artesano que se haya conocido. Había construido muchas de las torres y habitaciones del palacio, y una vez, en un arrebato de maldad, había hecho un trono con una serie de resortes ocultos en él, de modo que, cuando la reina se sentó tranquilamente, se vio atrapada por pequeñas cadenas de oro que surgieron a su alrededor, y no fue capaz de levantarse de allí de ninguna manera.
Como Hefesto era cojo y no podía moverse con facilidad, había hecho dos hermosas doncellas de oro, también llenas de resortes ocultos, que caminaban, una a cada lado de él, siempre que salía, y le ayudaban a mantenerse en pie. Estas damas lo acompañaban ahora, sosteniéndolo con sus brazos de oro, mientras iba cojeando hacia la cima del Olimpo, llevando su hacha mágica al hombro.
Hefesto se mostró dispuesto a abrirle la cabeza a su valiente padre cuando supo que Zeus lo había mandado llamar con ese fin. Levantó el hacha en el aire (mientras todos los que estaban alrededor del trono temblaban de miedo) y la dejó caer, con un tremendo golpe, entre sus regios rizos. Zeus no se inmutó y se limitó a levantar la mano para frotarse el profundo agujero que le había quedado. Al hacerlo, salió de él la doncella más hermosa que jamás se había visto en el palacio del Olimpo.
La doncella vestía una reluciente armadura y agitaba una lanza sobre el casco emplumado que llevaba en la cabeza. Cantaba una canción triunfal ante el asombrado rey, que apenas podía creer que en su cabeza hubiera cabido algo tan grande y brillante.
Mientras cantaba, un gran viento sacudió los pinos de las laderas inferiores de la colina y las olas del mar se levantaron llenas de espuma. Y, en medio del ruido del viento y del mar, de montaña en montaña se oyeron voces que decían que Atenea, que iba a ser una gran doncella entre la gente resplandeciente, había llegado al Olimpo, ¡por un agujero en la cabeza del rey!
Entre las personas sorprendidas en el palacio había una doncella alta y hermosa, que llevaba un arco y flechas y lucía una corona en forma de pequeña luna nueva. Se llamaba Ártemis, y los pastores de los valles sabían más de ella que de cualquiera de los otros inmortales, pues a menudo perseguía a los grandes ciervos colorados por las cimas de las colinas y a través de los bosques, y se mostraba muy amable con la gente que la veía, como la buena diosa cazadora que era.
También estaba la propia reina Hera, cuyo cetro estaba tallado en forma de cuco, mientras un pavo real desplegaba la cola a sus pies, con el diseño de sus plumas a juego con el bordado del vestido real.
Y río abajo flotaba una gran barca dorada que transportaba a otros para dar la bienvenida a Atenea, pues en la barca había un carro y cuatro caballos de pie junto a la proa, al lado de un príncipe de cabellos brillantes que llevaba las riendas sueltas de los caballos en una mano y un arco y flechas, como los de la propia Ártemis, en la otra. Era Apolo, el hermano gemelo de Ártemis. Durante todo el día había estado conduciendo el carro que transportaba el sol a través del elevado cielo azul, y ahora había regresado al Olimpo para descansar allí durante un tiempo, antes de reemprender la marcha a la mañana siguiente.
Una noche, Apolo sorprendió a los habitantes del Olimpo casi tanto como les había sorprendido Atenea. Llegó bastante tarde y muy enfadado, y sentado a su lado en la barca dorada había un bebé, con los ojos más inocentes del mundo, que sostenía en sus dedos regordetes una especie de lira, hecha con cuerdas de plata ensartadas en un caparazón de tortuga.
Apolo saltó de la barca y, dejando los caballos y el carro a las ninfas que corrieron a llevárselos, se apresuró con el bebé hacia el trono de Zeus. La cabeza del rey ya había cicatrizado bastante bien, pero volvió a frotársela con perplejidad cuando Apolo le contó su historia.
Al parecer, el bebé había robado cincuenta de las hermosas, brillantes y blancas reses de Apolo.
Nadie podía creerlo. El ganado de Apolo era tan grande, y el bebé tan pequeño… Sonreía alegremente a los asombrados inmortales y tocaba graciosas melodías en su pequeña lira mientras todos le hacían preguntas a la vez.
La historia de Apolo era que había dejado a su ganado pastando tranquilamente en los prados, como de costumbre, y que, cuando fue a verlos, hacia el atardecer, todos habían desaparecido, sin dejar ni siquiera sus huellas. En lugar de las marcas de sus pezuñas, había flores rotas, juncos doblados y hojas esparcidas, como si la pradera hubiera sido barrida por un gran vendaval.
Y entonces Apolo recordó que le habían dicho que esa misma mañana había nacido en una cueva, bajo una colina, un bebé extraordinario, capaz de hacer todo tipo de travesuras sin que nadie lo descubriera. Apolo se apresuró a ir a la cueva y encontró al niño en su cuna, profundamente dormido, sujetando en las manos un caparazón de tortuga con cuerdas de plata. Apolo lo despertó e insistió en que acudiera inmediatamente para ser interrogado por Zeus.
El rey miró con severidad al niño y le ordenó que confesara de inmediato. Entonces el niño admitió que había robado el ganado, les había atado las patas con ramas floridas y se había llevado a los animales. Añadió que se había comido a dos de ellos, y lo dijo como algo sin importancia. Pero —dijo— le mostraría a Apolo dónde estaban escondidas los cuarenta y ocho restantes; y, para compensar los dos que se había comido, le daría el caparazón de tortuga (que había cordado con plata esa misma mañana, y que nombró lira), para que Apolo pudiera tocar melodías con él siempre que quisiera. Entonces, sentado entre las flores del Olimpo, el niño prodigioso pulsó las cuerdas de plata y brotó del caparazón de la tortuga la música más hermosa que jamás se había oído en el mundo.
Cuando Apolo cogió la lira, tocó de un modo aún más exquisito que el niño. Nueve encantadoras muchachas, que estaban sentadas muy lejos, en el monte Parnaso, y a las que llamaban musas, oyeron las nítidas notas y se pusieron a cantar más melodiosamente que los ruiseñores. Las ninfas de los jardines del palacio, bellas como mariposas, se pusieron a bailar dentro y fuera de las fuentes, con sus pies blancos centelleando en el agua y agitando gotas de rocío en las flores abiertas. Y todos los resplandecientes se reunieron en torno a Apolo y se precipitaron con alegría al son de las melodías que él tocaba tan deliciosamente en las cuerdas de la maravillosa lira.
El niño, cuando creció, era más rápido que el mercurio, y los inmortales lo llamaron Mercurio o Hermes. Equipado con pequeñas alas en los talones y en el gorro, lo enviaban volando de un lado a otro como mensajero entre el palacio invisible y la gente del valle. Y el ganado de Apolo siempre estuvo a salvo, pues Hermes y él se hicieron muy amigos.
Todos los habitantes del Olimpo tenían en gran estima a Hermes, y especialmente el pavo real de la reina Hera, pues gracias a Hermes había adquirido la belleza de su cola. La reina estaba celosa de las bellas muchachas a las que el rey hacía regalos, y un día convirtió a una de ellas, una ninfa, en una vaca blanca. La vigilaba siempre una extraña criatura, llamada Argos, que tenía cien ojos. Solo dos de los ojos se dormían a la vez; los otros noventa y ocho permanecían bien despiertos. La pobre vaquita blanca no lograba escapar, hasta que un día Hermes le cantó al guardia unas preciosas canciones de cuna para que se le durmieran los ojos, uno a uno, hasta que todos se quedaron bien cerrados, y entonces mató al monstruo y la vaquita blanca volvió a ser una muchacha. Pero Hera tomó los cien ojos y los engarzó, como joyas estrelladas, en la cola de su pavo real.

