El escriptorio de Nebrija

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«Érase una vez... ¡un libro de mitos!», de Blanche Winder

Cupido y Psique: el palacio encantado

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Paco Álvarez Comesaña
abr 11, 2023
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A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.

Un rey y una reina que vivían en una tierra maravillosa hace más años de los que nadie pueda contar tenían tres hijas, todas ellas muy guapas, pero la más joven, llamada Psique, era la más adorable que la gente del país hubiera visto jamás. Era tan hermosa que los súbditos de su padre declararon que era más bella que la propia Venus.

Esto hizo que la diosa del amor —que, como los demás dioses, podía llegar a ser muy celosa— se enfadara tanto que decidió castigar a la pobre Psique por rivalizar con ella. Así pues, llamó a su hijo Cupido y le dijo que fuera de inmediato en busca de la doncella llamada Psique, y que la hiriera con las flechas mágicas que Venus le había dado para que se enamorara del ser más despreciable con que se topara.

Mientras tanto, el rey y la reina estaban cada vez más perplejos porque, a pesar de toda su belleza, no acudía ningún príncipe para casarse con su hija más joven, Psique. Sus dos hermanas sí que se habían casado sin problemas con reyes vecinos; ¡pero parecía que Psique iba a quedarse soltera para siempre! Finalmente, su padre el rey, que conocía un lugar oculto en las montañas, donde uno puede hacerle preguntas a Apolo, fue a aquel lugar secreto y preguntó cómo era posible que nadie quisiera casarse con la princesa Psique.

La respuesta que recibió el rey lo hizo tremendamente infeliz, pues Apolo le dijo que la hermosa Psique estaba destinada a casarse con una enorme serpiente con alas que volaba de aquí para allá entre las estrellas y que era más fuerte incluso que los mismísimos dioses, por lo que no había esperanza de salvar a la doncella de sus garras. Lo único que podían hacer era llevarla a una montaña muy alta y dejarla allí a la espera de su destino.

El rey y la reina sabían que sería en vano resistirse a la serpiente alada que era más poderosa que los propios dioses del Olimpo, por lo que organizaron una larga procesión, en la que los súbditos iban llorando mientras acompañaban a Psique al monte solitario donde le llegaría su destino.

Pero allí no aparecía ninguna serpiente. En su lugar, sopló una brisa suave y agradable que se la llevó levitando en sus fragantes alas desde aquella cima fría hasta un valle cálido; finalmente, la dejó en una alfombra de hierba y delicadas flores, donde se secó las lágrimas y se quedó dormida.

Cuando se despertó, todo estaba tranquilo y en silencio, y Psique se incorporó y empezó a mirar a su alrededor. Vio entonces que estaba en el extremo de un hermoso bosque, y que por en medio había un arroyo de agua cristalina. Se puso en pie y se fue a la sombra de los árboles, y al momento vio las paredes de un palacio construidas de marfil, plata y oro. Parecía abandonado, y, al acercarse, vio que todas las puertas estaban abiertas de par en par, sin centinelas que las protegieran.

Cruzó el precioso jardín lleno de flores y entró en un salón con suelo de rubíes y zafiros y nácar, que brillaban bajo sus pies mientras ella caminaba. Husmeó en las habitaciones, una a una, y vio que había sillas y sillones de oro, y que las ventanas estaban cubiertas por cortinas de seda exquisitamente bordadas. Maravillada, siguió hacia los pasillos, vacíos y resplandecientes, y oyó una voz que le hablaba con gran amabilidad, aunque ella no veía a nadie.

—¡No tengas miedo, princesa! —dijo la voz—. Todo el palacio es para ti, y nosotras, aunque somos solo voces, estamos listas para obedecer cualquier orden que nos des.

Psique escuchaba maravillada, y entonces dijo, con algo de miedo, que le gustaría tomar un baño, y luego echarse a descansar. Al momento, unas manos invisibles la llevaron a una sala donde había una bañera preparada, que olía a rosas y lavanda, y al lado había una cama llena de cojines azules y púrpuras.

Entonces, aparecieron ante ella deliciosos pasteles, llevados por las mismas manos invisibles, mientras que sonaba una lira con una música muy dulce, aunque nadie estaba tocando las cuerdas. Las voces le hablaban al ritmo de la música y le decían que no tuviera miedo, pues tenía buenos espíritus de su lado, y que el príncipe que era dueño del palacio llegaría en cuanto anocheciera.

Al ponerse el sol, Psique, calmada y feliz, se echó sobre los cojines de seda de la cama. Entonces, finalmente oyó el sonido de unas alas por el aire y olió el aroma de cantidad de flores, y sabía que algún espíritu había entrado volando por la ventana. El aire estaba lleno de amor y felicidad, y una voz, mucho más dulce que la música de la lira, le dijo que no tuviera miedo, pues aquel era el mismísimo príncipe del palacio, y que Psique iba a ser su esposa.

¡Qué contenta se puso al descubrir que no iba a casarse con una serpiente con alas! Ella y el príncipe hablaron durante horas en la suave y dulce oscuridad. Pero, antes de que llegara la luz del día, él abrió la ventana y se fue volando.

Y de esta forma vivió Psique muchas semanas en el palacio encantado, atendida durante el día por los sirvientes invisibles, y visitada cada noche por el príncipe, que le había dicho a Psique que no podría verle nunca. Ella solo lo conocía por el sonido de sus alas y el timbre de su suave voz.

Entonces, un día, sus dos hermanas, que tenían muchas ganas de saber qué había sido de ella, fueron a la cima de la montaña y, como le había pasado a la propia Psique, fueron llevadas por el viento del oeste hasta el valle. Allí iba caminando Psique entre los árboles, cuando de repente se encontró a sus hermanas totalmente sorprendidas sobre la hierba.

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