A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.
Después de que Odiseo escapara de la cueva del terrible cíclope, él y sus compañeros continuaron navegando con la esperanza aunque sin la seguridad de ir rumbo a Grecia. Pero Poseidón estaba muy enfadado, pues el cíclope al que «Nadie» había cegado era hijo del rey del mar. Odiseo, sabiendo que Poseidón haría todo lo posible por desencadenar tormentas contra su barco, se dirigió a la isla de Eolo, el rey de los vientos, que vivía en un magnífico palacio de bronce en lo alto de los acantilados. Eolo quedó tan encantado con las historias sobre la valentía de Odiseo que prometió ayudarle; y, para que ninguna otra tempestad le perturbara, le entregó todos los vientos fuertes y furiosos encerrados en una gran bolsa de cuero. Solo quedó un viento fuera: se trataba del céfiro, la suave brisa del oeste, que en otro tiempo había sido tan bondadoso con Psique y que siempre estaba dispuesto a mostrarse amable y generoso con los hombres.
El céfiro hinchó las velas de la nave del rey; y, entre cantos y risas, los griegos perdidos navegaron sobre las tranquilas y azules aguas. Entonces, una noche, divisaron su acogedor faro y, al amanecer, reconocieron las montañas de su patria, que añoraban desde hacía tanto tiempo. ¡Qué alegría sintieron! Odiseo, por primera vez en diez días, dejó el timón y se puso a dormir un rato. Pero, mientras dormía, sus compañeros cometieron un acto atroz y traicionero.
No sabían qué era lo que el rey guardaba con tanto cuidado en la bolsa de cuero, pero pensaron que debía de ser una gran cantidad de oro y joyas. Deseosos de robar parte de aquel tesoro, fueron de puntillas hasta el camarote donde estaba la bolsa colgada de la pared y desataron el cordón de plata que la sujetaba. ¡He aquí que, con un chillido y un rugido, se precipitaron todos los feroces y fuertes vientos al unísono!
La nave daba vueltas y vueltas. Entonces, como todos los vientos querían volver a casa, partieron hacia el palacio de bronce de Eolo tan rápido como pudieron, llevándose consigo la nave. Eolo se enfadó tanto que no quiso hacer nada más por Odiseo y se negó rotundamente a volver a encerrar los vientos en el saco. Aunque Odiseo le suplicó que reconsiderara su decisión, los vientos empujaron el barco lejos de la costa hasta una isla donde vivía un gigante aún más feroz y hambriento que los cíclopes. Después de que el gigante se hubiera comido a algunos de ellos, el resto de la tripulación se puso a remar y logró llevar la nave hasta otra isla, donde al atardecer echaron el ancla en una bahía solitaria y, completamente agotados, durmieron profundamente hasta el amanecer.
Al amanecer, los marineros descubrieron que la tierra estaba cubierta de matorrales y era tan desolada como las aguas de la bahía; pero, a lo lejos, divisaron una pequeña columna de humo que se elevaba en medio de un bosque. Así pues, Odiseo dividió a sus hombres en dos grupos. Él mismo tomó el mando de uno de ellos y nombró capitán del otro a Euríloco, el más valiente de su tripulación. A continuación, echaron a suertes quiénes irían a ver de dónde procedía el humo y quiénes se quedarían a cuidar del barco, y la expedición recayó en Euríloco y su grupo.
Partieron, pues, a través del bosque, y al poco rato vislumbraron un lúgubre palacio de piedra entre los claros. Desde el patio de este castillo, los animales salvajes se asomaban con curiosidad al oír los pasos. Entonces, en lugar de abalanzarse para devorar a los forasteros, estas criaturas de la montaña —osos, lobos y leones— se acercaron con una extraña y apacible timidez, moviendo la cola y lamiendo las manos de sus visitantes. Muy sorprendidos, Euríloco y sus compañeros siguieron caminando, pero al poco rato se detuvieron para escuchar. Y es que, desde el interior del lúgubre palacio, oyeron a alguien cantar aún más dulcemente que las sirenas.
Aquella voz gloriosa se elevaba hasta el tejado y se extendía por el patio. Al asomarse por la puerta, los hombres vieron a una hermosa doncella de cabello dorado y manos blancas ocupada tejiendo un tapiz en un telar. Levantó la vista de su trabajo y dejó de cantar al ver los rostros asombrados que se asomaban por la entrada. Entonces, poniéndose en pie, fue a su encuentro con una sonrisa encantadora y los invitó a pasar.
Uno tras otro, los tripulantes entraron tímidamente, excepto Euríloco. Él desconfiaba de aquel ser tan bello y se escondió fuera, en el patio, a la espera de ver qué sucedía. La hechicera, cuyo nombre era Circe, parecía estar completamente sola en el palacio. Ella misma acompañó a sus visitantes hasta los elegantes asientos, repletos de mullidos cojines, que se encontraban dispuestos por todo el salón; y, con sus propias manos, les sirvió un festín a base de exquisito pan blanco, vino de color rubí, cremosa leche y dorada miel. Los hombres estaban muy hambrientos y sedientos, y todos comieron y bebieron con gusto; pero, a medida que pasaba el tiempo, comenzaron, uno tras otro, a dar cabezadas de sueño. No era de extrañar, pues Circe había mezclado en el vino y la leche hierbas mágicas cuyo secreto solo ella conocía. En cuanto sus invitados se quedaron medio dormidos, sacó su varita de hechicera y la agitó una y otra vez alrededor de sus cabezas tambaleantes.


