Este es uno de los capítulos de Las aventuras de Odiseo, de Carl Witt.
La larga guerra contra Troya había llegado por fin a su término, y los héroes griegos se preparaban ahora para regresar a sus hogares.
A nadie le producía mayor alegría este pensamiento que a Odiseo, rey de Ítaca, pues, aunque a instancias de Agamenón había aportado doce naves para unirse al ejército de los griegos y se había distinguido a lo largo de la guerra como uno de los héroes más valientes, muchas veces había anhelado que el asedio llegara a su fin y le dejara libre para regresar a su tierra. Amaba su rocosa islilla de Ítaca y no la habría cambiado ni por el país más fértil; y ahora se regocijaba con todo su corazón ante la perspectiva de reunirse pronto con su esposa Penélope y su hijo Telémaco, que no era más que un niño cuando él partió de casa.
Los barcos, que llevaban tanto tiempo varados en la orilla, tenían ahora la proa puesta hacia Grecia; y, cuando Odiseo hubo rezado y ofrecido sacrificios a los dioses, zarpó junto a sus compañeros con la esperanza de un viaje rápido y próspero.
Al cabo de unos días, Odiseo y sus hombres llegaron a la tierra de los cícones, que se habían puesto del lado de Troya en la guerra y habían luchado contra los griegos. Estos lanzaron un ataque repentino contra la ciudad, y los habitantes, tomados por sorpresa, huyeron de ella, dejando atrás todos sus bienes. Los griegos se apoderaron de ellos y luego regresaron a sus barcos.
Odiseo opinaba que lo mejor, tras esto, sería continuar sin demora, pero sus compañeros no estaban dispuestos a partir hasta haber celebrado un gran banquete en la orilla, y él cedió a su deseo. Se sacrificaron y asaron ovejas y ganado, y se abrieron grandes jarras de vino; y después de haber festejado hasta bien entrada la noche, se acostaron cerca de las naves y se quedaron dormidos.
Pero, mientras tanto, los cícones habían llamado a sus vecinos para que acudieran en su ayuda, y apenas había amanecido cuando los griegos, que dormían, fueron despertados por el estruendo de las armas y la llegada de un gran ejército. Se levantaron rápidamente y opusieron una valiente resistencia, a pesar de que sus enemigos les superaban ampliamente en número, y Odiseo luchaba en primera línea en todo momento. Hasta el mediodía no podía discernirse que ninguno de los bandos hubiera obtenido ventaja alguna, pero, al acercarse la tarde, a los griegos les resultó imposible mantener sus posiciones y, al fin, dieron media vuelta y huyeron en desbandada hacia sus naves, dejando atrás los cadáveres de sus compañeros.
Habían caído setenta de ellos, y, como era imposible rendirles los últimos honores fúnebres, Odiseo ordenó a un heraldo que gritara en voz alta el nombre de cada uno tres veces seguidas. Eso era todo lo que se podía hacer, pues se veían obligados a alejarse rápidamente de la tierra de los cícones y continuar su viaje a toda prisa. (Los griegos creían que las almas de aquellos cuyos cuerpos permanecían sin enterrar no encontraban descanso en el inframundo, por lo que el entierro de los muertos era un deber sagrado. En casos extremos, sin embargo, se consideraba suficiente esparcir un poco de tierra sobre el cadáver y verter libaciones a los dioses o, si incluso eso resultaba imposible, proclamar en voz alta tres veces los nombres de los difuntos).
No habían avanzado mucho cuando, por primera vez, divisaron a lo lejos las montañas de Grecia y albergaron la esperanza de estar de vuelta en casa al cabo de pocos días. Pero su felicidad duró poco, pues se desató una tormenta que se prolongó durante nueve días y los zarandeó primero en una dirección y luego en otra, hasta que, al décimo día, llegaron a una tierra donde decidieron detenerse y descansar.
Odiseo envió a algunos de sus hombres por delante para averiguar qué tipo de gente eran los habitantes y que le informaran de si era probable que los recibieran amablemente; pero, al pasar mucho tiempo sin que regresaran, temió que les hubiera ocurrido alguna desgracia y decidió ir él mismo a ver qué había sido de ellos.
Sin embargo, los encontró bien y felices, y al parecer ya se sentían como en casa entre la gente del lugar. En cuanto lo vieron, se apresuraron hacia él, ofreciéndole algunos de los frutos que colgaban en abundancia de los árboles, y le dijeron:
—Come, Odiseo, y ya no tendrás ningún deseo de volver a tu hogar. En ningún sitio la vida es tan placentera como en esta tierra.
Era el país de los lotófagos, que comían el mágico fruto del loto, que ejerce tal poder sobre el corazón de los hombres que, una vez que lo han probado, se olvidan de todo lo demás. Odiseo se vio obligado a llevarse de vuelta a sus compañeros por la fuerza y, cuando estuvieron de nuevo en la nave, los ató con cuerdas a los bancos de remos, pues de lo contrario habrían regresado sin demora. A continuación, ordenó que las naves zarparan de nuevo inmediatamente para que los demás no cayeran también en la tentación.


Grande trabalho, Paco.
Que bom que você dispõe sua tradução da obra e disponibiliza aqui iara nós.
Obrigado.