El escriptorio de Nebrija

El escriptorio de Nebrija

«Érase una vez... ¡un libro de mitos!», de Blanche Winder

Belerofonte y Faetón: héroes del cielo

Avatar de Paco Álvarez Comesaña
Paco Álvarez Comesaña
jun 22, 2026
∙ De pago

A continuación tienes uno de los capítulos de Érase una vez... ¡un libro de mitos!, de Blanche Winder.

Una noche oscura, un príncipe joven y apuesto, pero muy agotado y abatido, dormía profundamente junto a una fuente en un bosque. Los árboles se mecían suavemente sobre él, las estrellas brillaban como joyas lejanas, y el sonido del agua se mezclaba con el sutil susurro de la brisa. Pero el príncipe, que se llamaba Belerofonte, se movía inquieto en sueños. No soñaba con los aromas y el rocío de los bosques, sino con un horrible monstruo que el rey del país le había ordenado matar, una bestia aún peor que el Minotauro, pues tenía cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón y escupía fuego cada vez que abría su enorme boca.

El pobre Belerofonte no había hecho nada para merecer tal tarea, pero le caía mal a la hija del rey, que era la reina de otro país, y había tramado un complot para deshacerse de él. Como resultado, se le había ordenado que fuera a matar al monstruo, al que todo el mundo en el país temía con terror.

No creía poder lograrlo, pero era valiente y se había decidido a intentarlo. Mientras pensaba en la mejor manera de empezar, se sentó junto a la fuente y se quedó dormido. Entonces, sobre su cabeza, apareció el destello de unas alas entre las estrellas: unas alas que se extendían mucho más que las de un águila y que brillaban, plateadas y hermosas, bajo la luna creciente. Las alas no pertenecían a un gran pájaro, ¡sino a un caballo blanco! Esta hermosa criatura volaba dando vueltas y más vueltas, ora sobrevolando en círculos muy por encima de la cabeza del príncipe dormido, ora suspendida en el aire como un halcón enorme y resplandeciente. Nunca se había visto en ninguna montaña un espectáculo semejante al de este corcel alado y maravilloso entre el bosque en penumbra y el cielo nocturno de color azul púrpura salpicado de plata. Era Pegaso, el caballo mágico de los mismos inmortales.

En ese momento se posó, con cascos silenciosos, sobre la roca cubierta de musgo y caminó con ligereza entre las violetas y el tomillo, con sus grandes alas plegadas. Justo cuando se dirigía hacia la fuente, tan noble, tan elegante, tan sereno en su fuerza natural, el sueño del príncipe cambió. En lugar del monstruo que había estado perturbando su sueño, creyó ver a una de las damas inmortales de pie a su lado, nada menos que la propia Atenea, con sus amables ojos azules y su sonrisa alentadora. En la mano sostenía una brida dorada y se agachó para depositarla junto a él sobre la hierba. Luego, haciéndole un gesto con la mano, se alejó volando, y él se despertó.

¡Pero no podía haber sido solo un sueño! Porque allí, a su lado, yacía la brida dorada; y, atravesando el bosque iluminado por las estrellas, ¡llegaba el hermoso caballo de alas plateadas!

Entonces Belerofonte supo por qué Atenea le había dado la brida dorada. Muchas veces antes había intentado atrapar a Pegaso, pero siempre había fracasado. Ahora, sonriendo para sus adentros, observó cómo la criatura, con el aliento entrecortado, se dirigía hacia la fuente, inclinaba su hermosa cabeza y bebía. Mientras bebía, el príncipe se acercó en silencio, con la brida en la mano. Entonces, de un salto, se subió al lomo del caballo y le deslizó el freno dorado en la boca abierta. En un instante, Pegaso sintió el tacto del instrumento y se dio cuenta de que la brida de los inmortales descansaba sobre su cuello. Nunca había intentado sacudirse ni resistirse a aquellas riendas, e inmediatamente desplegó sus alas plateadas, se elevó del suelo y, llevando a Belerofonte a sus espaldas, se alejó flotando con él, arriba, arriba, arriba, hacia las estrellas.

¡Qué triunfo para Belerofonte! Qué maravilloso era cabalgar por el aire, con la brisa de las grandes y amplias alas acariciándole el rostro. Pasó las riendas doradas entre sus dedos, y Pegaso resopló suavemente, arqueando su reluciente cuello mientras volaba. Entonces, con manos delicadas, el príncipe giró la cabeza del caballo hacia el oscuro valle donde, entre matorrales enmarañados, el monstruo acechaba a los hombres y mujeres indefensos que constituían su presa. El caballo de alas plateadas se lanzó en picado en respuesta a la mano y las espuelas de Belerofonte. Con un rugido de rabia y una mirada roja como el fuego, la gran bestia saltó de la espesura e intentó arrancar al príncipe de su corcel mágico. Pero Pegaso se elevó de nuevo, y Belerofonte colocó una flecha en el arco que llevaba colgado al hombro. Con puntería certera, disparó la flecha contra la peluda piel de la criatura; luego otra, y otra, y otra más, mientras el monstruo bramaba y saltaba inútilmente en el aire, azotando el suelo con la cola. La lucha había terminado por fin, y la bestia se desplomó y murió.

Cuando exhaló su último aliento abrasador y quedó allí inmóvil, con nada más que humo saliendo de sus fauces, Belerofonte guio suavemente a Pegaso hasta el suelo, saltó de la grupa del caballo y le cortó la cola y la cabeza a la horrible criatura. Entonces, el caballo de los inmortales lo llevó de vuelta al palacio del rey, donde entregó al monarca la cola del dragón y su cabeza de león como prueba de su victoria.

Avatar de User

Continúa leyendo este Post gratis, cortesía de Paco Álvarez Comesaña.

O compra una suscripción de pago.
© 2026 Paco Álvarez · Privacidad ∙ Términos ∙ Aviso de recolección
Crea tu SubstackDescargar la app
Substack es el hogar de la gran cultura