<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0" xmlns:itunes="http://www.itunes.com/dtds/podcast-1.0.dtd" xmlns:googleplay="http://www.google.com/schemas/play-podcasts/1.0"><channel><title><![CDATA[El escriptorio de Nebrija: «Historias de piratas», de Juan Cabal]]></title><description><![CDATA[Transcripción del libro «Historias de piratas» (¿1953?), de Juan Cabal, pseudónimo de José Escofet Vilamasana (1884-1945).]]></description><link>https://escriptoriodenebrija.com/s/historias-piratas-juan-cabal</link><image><url>https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!PDv1!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F16752d04-3b95-4019-a9d8-c86267e171d4_993x993.png</url><title>El escriptorio de Nebrija: «Historias de piratas», de Juan Cabal</title><link>https://escriptoriodenebrija.com/s/historias-piratas-juan-cabal</link></image><generator>Substack</generator><lastBuildDate>Sun, 12 Jul 2026 23:08:28 GMT</lastBuildDate><atom:link href="https://escriptoriodenebrija.com/feed" rel="self" type="application/rss+xml"/><copyright><![CDATA[Paco Álvarez]]></copyright><language><![CDATA[es]]></language><webMaster><![CDATA[nebrija@substack.com]]></webMaster><itunes:owner><itunes:email><![CDATA[nebrija@substack.com]]></itunes:email><itunes:name><![CDATA[Paco Álvarez Comesaña]]></itunes:name></itunes:owner><itunes:author><![CDATA[Paco Álvarez Comesaña]]></itunes:author><googleplay:owner><![CDATA[nebrija@substack.com]]></googleplay:owner><googleplay:email><![CDATA[nebrija@substack.com]]></googleplay:email><googleplay:author><![CDATA[Paco Álvarez Comesaña]]></googleplay:author><itunes:block><![CDATA[Yes]]></itunes:block><item><title><![CDATA[Un estudiante de Oxford]]></title><description><![CDATA[A continuaci&#243;n tienes uno de los cap&#237;tulos de Historias de piratas, de Juan Cabal.]]></description><link>https://escriptoriodenebrija.com/p/piratas-estudiante-oxford</link><guid isPermaLink="false">https://escriptoriodenebrija.com/p/piratas-estudiante-oxford</guid><dc:creator><![CDATA[Paco Álvarez Comesaña]]></dc:creator><pubDate>Fri, 29 May 1953 09:10:00 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!PDv1!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F16752d04-3b95-4019-a9d8-c86267e171d4_993x993.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;">A continuaci&#243;n tienes uno de los cap&#237;tulos de <em><a href="https://escriptoriodenebrija.com/p/historias-piratas-juan-cabal">Historias de piratas</a></em><a href="https://escriptoriodenebrija.com/p/historias-piratas-juan-cabal">, de Juan Cabal</a>.</p><p>Cuando Henry Mainwaring recibi&#243; su diploma de bachiller y tuvo que abandonar la alegre compa&#241;&#237;a de los estudiantes de Oxford, solo pensaba en ser abogado. Pertenec&#237;a a una familia honorable, medianamente acomodada, del condado de Shrophire, y sus notas del colegio de Brase&#8230;</p>
      <p>
          <a href="https://escriptoriodenebrija.com/p/piratas-estudiante-oxford">
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          </a>
      </p>
   ]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Los «vikings» y sus sucesores]]></title><description><![CDATA[A continuaci&#243;n tienes uno de los cap&#237;tulos de Historias de piratas, de Juan Cabal.]]></description><link>https://escriptoriodenebrija.com/p/piratas-vikings-sucesores</link><guid isPermaLink="false">https://escriptoriodenebrija.com/p/piratas-vikings-sucesores</guid><dc:creator><![CDATA[Paco Álvarez Comesaña]]></dc:creator><pubDate>Thu, 28 May 1953 11:29:00 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!PDv1!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F16752d04-3b95-4019-a9d8-c86267e171d4_993x993.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;">A continuaci&#243;n tienes uno de los cap&#237;tulos de <em><a href="https://escriptoriodenebrija.com/p/historias-piratas-juan-cabal">Historias de piratas</a></em><a href="https://escriptoriodenebrija.com/p/historias-piratas-juan-cabal">, de Juan Cabal</a>.</p><p>En 1893, con motivo de celebrarse en Chicago la Exposici&#243;n Universal Colombina (<em>World&#8217;s Columbian Exposition</em>), Espa&#241;a envi&#243; a los Estados Unidos tres carabelas que eran una copia exacta de la Ni&#241;a, la Pinta y la Santa Mar&#237;a, naves con las cuales Crist&#243;bal Col&#243;n rasg&#243; el misterio del Atl&#225;ntico y descubri&#243; el Nuevo Mundo. Construidas en los astilleros gaditanos de La Carraca con paciente escrupulosidad, las tres nuevas carabelas, en todo semejantes a las antiguas, partieron de C&#225;diz y tomaron el mismo rumbo seguido por los descubridores cuatro siglos antes. Su &#250;ltimo destino era el lago de Michigan, al que llegaron, recorriendo las mil millas que lo separan del mar, por el r&#237;o de San Lorenzo.</p><p>El capit&#225;n Concas, que navegaba en la moderna Santa Mar&#237;a con una tripulaci&#243;n espa&#241;ola cont&#243; que hab&#237;a corrido una terrible tormenta, durante la cual su velero anacr&#243;nico hubo de sufrir da&#241;os considerables en la arboladura. Ello no obstante, el tiempo empleado en la traves&#237;a &#8212;treinta y seis d&#237;as&#8212; representaba un progreso con relaci&#243;n al primer viaje, que dur&#243; m&#225;s de dos meses.</p><p>Los noruegos, picados en su orgullo nacional, no quisieron ser menos que los espa&#241;oles. Tambi&#233;n ellos enviaron a Newport, Rhode Island, la reproducci&#243;n de un barco primitivo, el que sirvi&#243; a los <em>vikings</em> para llegar a una playa americana quinientos a&#241;os antes de que lo hiciera Col&#243;n.</p><p>Esta proeza de los escandinavos, en el caso de haberse realizado como se pretende, no a&#241;adi&#243; ning&#250;n conocimiento geogr&#225;fico a los muy escasos del siglo X. Los <em>vikings</em> no fueron descubridores, sino aventureros. Por casualidad pudieron llegar a una tierra ignorada del hemisferio occidental, que no trataron de penetrar ni conocer, y de este modo una mitad del globo terr&#225;queo continu&#243; envuelta en el misterio. Pero, aunque de nada sirviera, es de justicia el reconocer la audacia de unos navegantes intr&#233;pidos que desafiaron con sin igual arrojo los peligros de lo desconocido, pues sus navichuelos eran todav&#237;a m&#225;s deleznables que los empleados por Col&#243;n y los Pinzones. La gloria que se atribuyen los pueblos del B&#225;ltico, por este motivo, no admite discusi&#243;n.</p><p>Ahora bien: los <em>vikings</em> eran piratas, como lo expresa su mismo nombre. Que el orgullo de raza pueda fundarse en gestas de antecesores piratas parece, a primera vista, una enormidad, aunque el caso de Escandinavia no es excepcional. Tambi&#233;n Inglaterra se ha sentido siempre orgullosa de sus piratas, como se ver&#225; m&#225;s adelante.</p><p>Pero dejemos las digresiones para ocuparnos solo de los <em>vikings</em>.</p><p>No es de creer que los normandos, ca&#237;dos como una plaga sobre una parte del imperio de Roma, sujetaran sus costumbres a los principios de una moral muy estrecha. El pillaje, si se acompa&#241;aba de un acto de valor, deb&#237;a parecerles leg&#237;timo. Los <em>vikings</em>, aunque piratas, eran sus h&#233;roes, y todo joven normando, hasta cuando pertenec&#237;a a una familia acomodada, deseaba tomar parte en sus incursiones para completar de este modo su formaci&#243;n.</p><p>Los <em>vikings</em> estaban organizados y se reg&#237;an por leyes hasta cierto punto semejantes a las del c&#243;digo del honor que fue norma de conducta entre los caballeros de la Edad Media. Eran, por decirlo as&#237;, unos caballeros ladrones, o unos ladrones caballeros; pero castigaban el robo severamente cuando se comet&#237;a dentro de su comunidad, y cualquier escamoteo advertido en el reparto del bot&#237;n era considerado por ellos como un crimen, del cual el culpable no pod&#237;a redimirse jam&#225;s. La traici&#243;n se pagaba con la vida, y el desertor, tenido por cobarde, raras veces pod&#237;a sobrevivir a su verg&#252;enza.</p><p>Las reglas observadas para su gobierno no imped&#237;an a los <em>vikings</em> hacerse temer por su ferocidad. Eran altos, recios, musculosos, tan notables por su fuerza como por su empuje. La expresi&#243;n de su rostro, de crecida y enmara&#241;ada barba, infund&#237;a pavor. Usaban cota de malla para defender las partes m&#225;s vulnerables de su cuerpo, y sus armas eran una espada gigantesca, el hacha, el arco y el venablo. No daban cuartel al enemigo, y, como los b&#225;rbaros de Atila, despu&#233;s de haberle derribado, le mord&#237;an en la garganta para rematarle.</p><p>Se los recuerda con admiraci&#243;n, sin embargo, no por haber sido tan fieros, sino como marinos de una intrepidez inigualable, seg&#250;n ya hemos dicho. Porque no se concibe c&#243;mo pod&#237;an hacer tan largos viajes embarcados en verdaderos cascarones.</p><p>Sus naves, que terminaban en punta por ambos extremos, eran largas y estrechas, as&#237; como de poco calado y de escasas condiciones marineras para desafiar la furia de los elementos. Movidas casi siempre por remos, aunque llevaban todas un m&#225;stil para izar en &#233;l la vela cuando hab&#237;a viento propicio, su maniobra deb&#237;a ser muy laboriosa y de andar muy lento. Los remeros, que en los barcos de mayor porte llegaron al n&#250;mero de sesenta, treinta por cada lado, no eran esclavos: todos los hombres de la tripulaci&#243;n, descontados los mandos, se relevaban en este menester, del mismo modo que en los combates ninguno pod&#237;a dejar de intervenir. No ten&#237;an bandera; en su lugar, los escudos redondos de los jefes eran colgados en las dos bandas del nav&#237;o.</p><p>Durante m&#225;s de una centuria, los <em>vikings</em> demostraron una particular predilecci&#243;n por el clima brit&#225;nico. Quiere esto decir que sus desagradables visitas a las costas de Inglaterra y Escocia, as&#237; como a las de Irlanda, eran muy frecuentes. Entraban a saco en las poblaciones ribere&#241;as con la furia de un vendaval; mataban a quien intentase detenerlos; pegaban fuego a las casas, despu&#233;s de haberse apoderado de todos los objetos de valor, y hu&#237;an enseguida con el bot&#237;n, a&#241;adiendo al mismo un buen n&#250;mero de mujeres, generalmente j&#243;venes. Esto ocurr&#237;a ochocientos a&#241;os m&#225;s tarde de haber invadido Julio C&#233;sar la Gran Breta&#241;a. </p><p>Andando el tiempo, los piratas del B&#225;ltico, sin duda para acortar la distancia que los separaba del que hab&#237;a pasado a ser su campo de operaciones, se establecieron en las peque&#241;as islas situadas al largo de la costa inglesa. En Irlanda llegaron a ocupar casi la mitad del territorio, mientras en Escocia se despoblaba el litoral por efecto del terror. Saquearon tambi&#233;n varias ciudades de Alemania, dejando Hamburgo, puerto el m&#225;s floreciente por su comercio, envuelto en llamas. Remontaron los r&#237;os de Francia para m&#225;s tarde afirmar su dominio en el pa&#237;s que se llam&#243; en adelante la Normand&#237;a, trampol&#237;n que servir&#237;a a otros hombres de su raza para conquistar en el siglo XI toda Inglaterra. Llegaron, en fin, a Espa&#241;a y se metieron en el Mediterr&#225;neo.</p><p>No hab&#237;a fuerza organizada en el mundo que pudiera hacerles frente, y eran temidos en todas las costas mar&#237;timas de la cristiandad como el azote m&#225;s terrible enviado por Dios contra la tierra. Por otra parte, se multiplicaban prodigiosamente, sin duda a causa de los &#233;xitos obtenidos en sus correr&#237;as, y sobre todo en el B&#225;ltico y en el mar del Norte no pod&#237;a haber otra navegaci&#243;n que la suya. A fines del siglo IX, el rey Alfredo de Inglaterra se atrevi&#243;, sin embargo, a combatirlos, tomando el buen acuerdo de promulgar una ley seg&#250;n la cual todos los normandos deb&#237;an ser tratados como piratas, y de este modo logr&#243; detener por alg&#250;n tiempo sus depredaciones. Tambi&#233;n fue creada con el mismo objeto la llamada Hansa Teut&#243;nica, o liga hanse&#225;tica de las ciudades alemanas, aunque esto fue trescientos a&#241;os m&#225;s tarde, cuando ya no todos los piratas eran verdaderos <em>vikings</em>.</p><p>Desde luego no puede ser considerado como <em>viking</em> el c&#233;lebre Stertebeker, fundador de la cofrad&#237;a &#171;Amigos de Dios y enemigos del mundo&#187;, que vino a ser una alianza de los cuatro corsarios m&#225;s temidos del siglo XIV. Stertebeker, noble arruinado, igualmente famoso por sus fechor&#237;as y por sus borracheras (su nombre significa <em>Pichel de un trago</em>), se junt&#243; con otros tres capitanes de banda &#8212;Godekins, Moltke y Manteufel&#8212; para dominar los mares del Norte. Lo hicieron tan bien que, despu&#233;s de haberse apoderado de innumerables barcos mercantes, toda navegaci&#243;n comercial qued&#243; interrumpida. Otra de sus haza&#241;as, la de mayor resonancia, fue el incendio y saqueo de Bergen, la ciudad m&#225;s importante de Noruega, cuyos principales mercaderes capturaron, oblig&#225;ndolos a pagar cuantiosos rescates.</p><p>Una expedici&#243;n organizada por Margarita de Suecia y Ricardo II de Inglaterra contra los &#171;Amigos de Dios y enemigos del mundo&#187; fracas&#243; estrepitosamente. No tuvo mejor fortuna la escuadra de la liga hanse&#225;tica, compuesta de treinta y cinco nav&#237;os de guerra, que tampoco pudo vencer a los piratas. Pero lo consigui&#243;, por fin, Sim&#243;n de Utrecht con una flota hamburguesa, y Stertebeker, hecho prisionero, fue condenado a muerte.</p><p>Su ejecuci&#243;n reuni&#243; en la plaza de Hamburgo una multitud inmensa. Es fama que hab&#237;a hecho ahuecar el m&#225;stil de su barco para esconder en &#233;l sus riquezas, y que encontraron all&#237; oro fundido en cantidad suficiente para cubrir los gastos de la expedici&#243;n, indemnizar a los mercaderes perdidosos y hacer una corona para el campanario de San Nicol&#225;s, iglesia hamburguesa preferida de los marinos.</p><p>Pero esto pertenece m&#225;s a la leyenda que a la historia.</p><div><hr></div><p>Stertebeker, como ya se ha dicho, no debe ser confundido con los <em>vikings</em>, porque pertenece a una &#233;poca posterior. Muri&#243; en los albores del siglo XV. Desde mucho antes hab&#237;an comenzado a piratear, en el B&#225;ltico y en el mar del Norte, aventureros de todas partes: escandinavos, valones, franceses, ingleses, comprendidos entre estos &#250;ltimos los de Escocia y de Irlanda.</p><p>El mal ejemplo cunde dondequiera se presenta. Con frecuencia hubo de ser confundida, en aquellos tiempos y en los posteriores, la actividad punible del pirata con la honrada profesi&#243;n del marino. No existiendo, adem&#225;s, una represi&#243;n sistem&#225;tica de la pirater&#237;a por parte de los poderes que estaban obligados a perseguirla, era inevitable que en todos los pa&#237;ses de tradici&#243;n marinera abundaran los aventureros del mar. La raza inglesa, que ten&#237;a por antecesores a normandos y sajones, iba por esto a dar corsarios que pudieran considerarse los mejores del mundo.</p><p>Pero a los mercaderes de las ciudades mar&#237;timas les inquietaba su actividad. Los de Inglaterra, viendo que la Corona nada hab&#237;a hecho desde la muerte de Eduardo II por detener la audacia de los navegantes entregados al pillaje, tomaron ejemplo de los alemanes, aquellos de la uni&#243;n hanse&#225;tica, y fundaron la Liga de los Cinco Puertos para defender su comercio del asalto de los bandidos. Los cinco puertos asociados eran Hastings, Romney, Hythe, Douvres y Sandwich, a los cuales se unieron m&#225;s tarde Winchelsea y Rie para crear una polic&#237;a naval, pagada a escote por los comerciantes, que vino a complicar m&#225;s las cosas.</p><p>La causa de la complicaci&#243;n era una prerrogativa, obtenida del rey, que permit&#237;a a los nav&#237;os de la Liga abordar a todos los barcos extranjeros que navegaran por el canal de la Mancha, sistema de protecci&#243;n para unos que se convert&#237;a en peligro para otros. El privilegio concedido a los puertos asociados ven&#237;a a ser como un reconocimiento oficial de que el virus de la pirater&#237;a lo llevaba todo ingl&#233;s en la sangre y que se le deb&#237;a dar una cierta libertad de expansi&#243;n. Por su parte, los capitanes de los barcos de la Liga demostraban con sus actos que hab&#237;an interpretado su deber del siguiente modo: &#171;&#161;Solo nosotros tenemos derecho a ser piratas!&#187;.</p><p>Es f&#225;cil imaginarse los resultados catastr&#243;ficos de una concesi&#243;n comparable a la ley del embudo, o cien veces peor. Los pa&#237;ses extranjeros en relaciones comerciales con Inglaterra pusieron unos el grito en el cielo, y otros tomaron represalias. Al mismo tiempo, los puertos ingleses no asociados, celosos de la Liga, le declararon la guerra. Se produjo de esta suerte un estado de espantosa anarqu&#237;a, precisamente el que necesitaban los piratas para encontrarse en su elemento.</p><p>Se persegu&#237;an entre s&#237; los ingleses, divididos en varios bandos, y los extranjeros, obrando en defensa propia, no hac&#237;an distingos. Sucedi&#243; adem&#225;s que, cuando la Corona quiso poner remedio al desafuero general, vino a descubrir que las autoridades de numerosos puertos estaban en estrecha relaci&#243;n con los bandidos, a quienes proteg&#237;an a cambio de participar en el bot&#237;n. Hubo, naturalmente, destituciones fulminantes y otros castigos dur&#237;simos; pero el mal hab&#237;a penetrado en la entra&#241;a de la raza y era imposible arrancarlo de ra&#237;z.</p><p>Comoquiera que los franceses, atacados en sus nav&#237;os y en sus costas, devolv&#237;an golpe por golpe, las ciudades ribere&#241;as del sur de Inglaterra eran v&#237;ctimas de frecuentes agresiones que encend&#237;an afanes de venganza. El que se levantaba para llevarla a cabo, acompa&#241;ado de una banda de forajidos, se convert&#237;a en h&#233;roe popular, y sus gestas inspiraban baladas, que pod&#237;an ser el principio de su reputaci&#243;n y su fortuna.</p><p>As&#237;, por ejemplo, John Hawley fue el h&#233;roe de Dartmouth, como Harry Pay lo fue de Poole, ciudad la primera del condado de Devon y la segunda del de Dorset. Hawley emple&#243; toda su actividad contra los franceses, llegando a capturarles treinta y cuatro nav&#237;os cargados de vino, y en la celebraci&#243;n de esta victoria, como era de esperar, ning&#250;n habitante de Dartmouth dej&#243; de emborracharse. Pay preferir&#237;a atacar a los espa&#241;oles en las costas gallegas, y su haza&#241;a m&#225;s resonante fue el haber robado el Santo Cristo de una iglesia del cabo de Finisterre; pero los nuestros, heridos en lo m&#225;s vivo por este sacrilegio, cayeron un d&#237;a sobre la ciudad de Poole y la redujeron a cenizas.</p><p>En Espa&#241;a hab&#237;a piratas, como en todas partes, si bien no en tan gran n&#250;mero que pudieran estorbar el buen gobierno del pa&#237;s, como ocurr&#237;a en Inglaterra. Al marino espa&#241;ol le estaban reservados m&#225;s gloriosos destinos: estimulado por los portugueses, que le precedieron en la penetraci&#243;n del misterio oce&#225;nico, iba a ser asombro del mundo por sus descubrimientos. Una autoridad brit&#225;nica de la &#233;poca de la reina Isabel, Richard Hakluyt, atribuyendo el desarrollo de la pirater&#237;a en Inglaterra y Francia al paro forzoso de los hombres de mar, observaba que Espa&#241;a y Portugal se ve&#237;an libres de esta peste por haber sabido dar empleo adecuado a sus marinos.</p><p>He aqu&#237; un dato curioso que servir&#225; al lector para formarse una idea de la plaga de corsarios padecida en la primera mitad del siglo XV: Enrique V tuvo que firmar un acuerdo con Espa&#241;a por el que se compromet&#237;a a no autorizar la salida de ning&#250;n buque armado sin haber garantido previamente, con el dep&#243;sito de una fuerte cantidad, la conducta honorable de su capit&#225;n.</p><p>Todos los capitanes eran sospechosos, como lo eran asimismo los armadores, los mercaderes, los funcionarios p&#250;blicos, los marineros. A estos &#250;ltimos no se los estimaba por su honradez, sino por su fama de piratas y bebedores, aunque es de advertir que entre los m&#225;s borrachos y propensos al pillaje se encontraban los que mejor conoc&#237;an su oficio.</p><p>Al otro lado del canal de la Mancha ocurr&#237;a lo mismo con los bretones, aficionad&#237;simos tambi&#233;n a piratear, sin distinci&#243;n de clases. Se cita un hecho, entre otros mil, que parece extra&#237;do de una novela de aventuras. Es el que damos, resumido, a continuaci&#243;n.</p><p>Fue en el a&#241;o de 1343 cuando se supo en Nantes que el caballero Olivier de Clisson, del m&#225;s limpio abolengo y asimismo rico y poderoso, hab&#237;a sido encarcelado por traidor. Con raz&#243;n o sin ella, se le acusaba de favorecer a los ingleses en contra de los intereses de Francia. Cuantos pasos se dieron por conseguir su libertad fueron in&#250;tiles, sin que le valieran influencias ni sobornos para salvarse. Su esposa, Jeanne de Belleville, que le adoraba, era una de las bellezas m&#225;s notables del reino y ten&#237;a en la corte buenos amigos. Pero nada consigui&#243;, aunque hubiera dado toda su fortuna por recobrar al amado. Olivier de Clisson fue decapitado en Par&#237;s, pese a sus protestas de inocencia, y m&#225;s tarde pudo verse su cabeza colgando en las murallas de Nantes, adonde hab&#237;a sido enviada, y este espect&#225;culo horrible elev&#243; al paroxismo la desesperaci&#243;n de la viuda inconsolable.</p><p>Jeanne de Belleville, sin embargo, era una mujer en&#233;rgica, rencorosa, intr&#233;pida, y jur&#243; no vivir en adelante sino para vengarse de su propio pa&#237;s. Hab&#237;a decidido hacerse pirata y como tal iba a ser conocida en el mundo por el nombre de la Dama de Clisson. Con el producto de la venta de sus castillos, sus tierras y sus joyas, arm&#243; tres barcos para lanzarse a la m&#225;s descabellada y sangrienta aventura, en la que le secundaron sus hijos, dos mancebos imberbes pero esforzados y crueles como los corsarios de m&#225;s negras entra&#241;as.</p><p>Jeanne era la capitana de la escuadrilla y no daba a nadie cuartel. Fue un azote terrible para las costas de Francia, cuyas poblaciones devastaba, pasando sus moradores a cuchillo. Hund&#237;a los barcos, sin respetar la vida de sus tripulantes, y cortaba la cabeza de todo aquel que tuviera la desgracia de tropezarse con ella, cualquiera que fuese su condici&#243;n, por solo la culpa de haber nacido franc&#233;s. Sus hombres eran verdaderos demonios, escogidos entre los m&#225;s feroces, y la obedec&#237;an a ciegas, como contagiados de su delirio y tambi&#233;n sedientos de sangre.</p><p>Se ignora el fin que tuvo la terrible Dama de Clisson. No debi&#243; ser menos espantoso que el de su marido.</p><div><hr></div><p>El descubrimiento del Nuevo Mundo fue un incentivo para la pirater&#237;a, sobre todo en aquellos pa&#237;ses donde hab&#237;a arraigado profundamente por herencia de los <em>vikings</em> y por determinadas circunstancias de car&#225;cter econ&#243;mico. Los habitantes de las islas brit&#225;nicas, rodeados de mar por todas partes, fatalmente hab&#237;an de desarrollar en &#233;l sus actividades. Adem&#225;s, Inglaterra era un pa&#237;s pobre, poblado apenas por tres millones de almas, y su comercio, en consecuencia, se manten&#237;a dentro de la mediocridad.</p><p>Debido a la inclinaci&#243;n marinera que experimentan todos los isle&#241;os, los ingleses se dedicaban a construir barcos, destinados en su mayor&#237;a al transporte de mercanc&#237;as que intercambiaban unos condados con otros. Despu&#233;s, seg&#250;n se fueron abriendo caminos en el interior de las islas, sobraron bajeles. &#191;Qu&#233; se pod&#237;a hacer con ellos y con sus tripulaciones? Las necesidades del comercio exterior, todav&#237;a incipiente, eran muy modestas. Y los hombres acostumbrados a ganarse la vida en el mar no sab&#237;an procurarse otro empleo. Aventureros por naturaleza, era inevitable que se hicieran piratas. Y aun puede a&#241;adirse que en el ejercicio de la pirater&#237;a encontr&#243; Inglaterra las rutas de su futura expansi&#243;n, verdaderamente asombrosa.</p><p>Espa&#241;a y Portugal hab&#237;an escogido el puerto de Amberes para vender en &#233;l, a los comerciantes de toda Europa, los ricos productos de sus nacientes colonias. He aqu&#237;, pues, un bot&#237;n no previsto por los merodeadores del canal de la Mancha, cuya codicia fue excitada hasta el frenes&#237;. Era fama que los nav&#237;os espa&#241;oles llegaban cargados del oro del Per&#250;, mientras los portugueses tra&#237;an la canela, el clavo, la nuez moscada, el jengibre y otras especies del Extremo Oriente, tan buscadas como el oro mismo. Apoderarse de esos preciosos cargamentos era la m&#225;s bella ilusi&#243;n de los hombres de Cornualles y Devonshire, casi todos piratas.</p><p>Decimos casi todos piratas por no establecer ninguna distinci&#243;n entre los aventureros que sal&#237;an a robar y sus c&#243;mplices de cada puerto, encargados de guardarles las espaldas y de vender el producto de las rapi&#241;as. Los corsarios rara vez obraban por su cuenta y riesgo. Pertenec&#237;an casi todos a diferentes organizaciones, m&#225;s o menos secretas, entre cuyos miembros se contaban mercaderes, armadores, funcionarios de todas las categor&#237;as y hasta algunos personajes con t&#237;tulos de nobleza. El origen de muchas grandes fortunas pudo haberse encontrado en aquel tr&#225;fico inmoral; pero la Corona y sus ministros, aunque de vez en cuando repartieran alg&#250;n castigo, acaso para cubrir las apariencias, en general no parec&#237;an inquietarse mucho por un estado de cosas que, al fin y al cabo, aprovechaba al pa&#237;s.</p><p>As&#237; naci&#243; la rivalidad entre los navegantes de Inglaterra y Espa&#241;a, una feroz rivalidad que exacerbaban las diferencias de religi&#243;n, en una &#233;poca en que cat&#243;licos y herejes se persegu&#237;an a muerte. La impaciencia por apresar a los galeones espa&#241;oles procedentes de las Indias hizo que los corsarios de la Gran Breta&#241;a ampliaran su radio de acci&#243;n, lanz&#225;ndose al oc&#233;ano Atl&#225;ntico. A partir de este momento es cuando los ingleses empiezan a vislumbrar su destino y a sentir una ambici&#243;n de espacio que ir&#225; siempre creciendo.</p><p>Pero el camino se lo hab&#237;an ense&#241;ado los piratas de Francia.</p><p>Pensando en los franceses, ingleses y holandeses, m&#225;s que en los espa&#241;oles, parece haber escrito nuestro Espronceda su famosa canci&#243;n:</p><p>Con diez ca&#241;ones por banda,</p><p>viento en popa a toda vela,</p><p>no corta el mar, sino vuela</p><p>un velero bergant&#237;n:</p><p>bajel pirata que llaman,</p><p>por su bravura, el Temido,</p><p>en todo mar conocido,</p><p>del uno al otro conf&#237;n...</p><p>Con aquella estrofa tan rom&#225;ntica, flameante como una bandera y m&#225;s llena de aire que de m&#250;sica:</p><p>Que es mi barco mi tesoro,</p><p>que es mi Dios la libertad,</p><p>mi ley, la fuerza y el viento;</p><p>mi &#250;nica patria, la mar.</p><p>Y ahora viene una pregunta obligada: &#191;eran los marinos del mar del Norte m&#225;s expertos y valientes que los de Espa&#241;a? De ning&#250;n modo. Sin embargo, gozan aquellos de mayor celebridad, aunque los nuestros los superaron en muchos casos por sus haza&#241;as, adem&#225;s de llevarles siempre la delantera en los descubrimientos.</p><p>&#171;Espa&#241;oles fueron los primeros que vieron y sondearon el mayor de los golfos; espa&#241;oles, los que descubrieron los dos r&#237;os m&#225;s caudalosos; espa&#241;oles, los que surcaron antes que nadie las aguas del Pac&#237;fico; espa&#241;oles, los que por vez primera dieron la vuelta al mundo&#187;. Estas son palabras del norteamericano Charles F. Lummis, glosador de la epopeya de Espa&#241;a en el mar, quien recuerda que, cuando los famosos ingleses Drake y Hawkins pusieron los ojos en el m&#225;s grande de los oc&#233;anos, su descubridor, Vasco N&#250;&#241;ez de Balboa, estaba ya enterrado hac&#237;a m&#225;s de medio siglo.</p><p>Pero ning&#250;n marino espa&#241;ol es en nuestra patria exaltado como Drake y Hawkins lo son en Inglaterra. La gloria de nuestros h&#233;roes del mar yace bajo el polvo de los archivos. Solo de vez en cuando se la recuerda. &#191;A qu&#233; puede obedecer esta extra&#241;a conducta de un pueblo cuya expansi&#243;n mar&#237;tima llena las m&#225;s brillantes p&#225;ginas de su historia?</p><p>La unidad de Espa&#241;a la hizo Castilla, que dio el tono de la vida espa&#241;ola, gobern&#225;ndola y haciendo pesar su personalidad, su modo de ser, sobre todo el resto de la pen&#237;nsula. Castilla, propiamente dicha, que no ve el mar, es indiferente a los marinos, gente extra&#241;a a sus costumbres, y solo piensa en sus labradores, sus santos y sus guerreros. Esta puede ser la explicaci&#243;n del olvido inconcebible en que se ha tenido y se tiene a nuestros intr&#233;pidos navegantes de los siglos XV y XVI.</p><p>Mientras en Inglaterra hasta los ni&#241;os de las escuelas primarias sienten que se les inflama la imaginaci&#243;n leyendo las aventuras de los Drake, Hawkins, Raleigh, Frobisher, Grenville y Cumberland, en Espa&#241;a pocos saben lo que hicieron los Pinzones, los Ni&#241;os de Moguer, Juan de la Cosa, Rodrigo de Bastidas, Diego de Lepe, D&#237;az de Sol&#237;s, Juan Sebasti&#225;n Elcano y otros innumerables exploradores de mares desconocidos.</p><p>Dir&#237;ase que el hecho de haber sido los ingleses bastante m&#225;s piratas que los espa&#241;oles, sobre producirles un provecho material inmediato, les sirvi&#243;, adem&#225;s, para pasar a la posteridad con una gloria m&#225;s resplandeciente. Porque Drake, Hawkins, Grenville y muchos otros comenzaron su carrera siendo corsarios. Todos los navegantes de su tiempo lo eran m&#225;s o menos, es cierto, porque ten&#237;an que defenderse por s&#237; mismos de la pirater&#237;a de los dem&#225;s y con frecuencia tomaban represalias sangrientas. M&#225;s tarde, casi todos fueron negreros, debido a que ning&#250;n comercio proporcionaba tan ping&#252;es beneficios como el tr&#225;fico inhumano de esclavos embarcados en las costas africanas.</p><p>Pero, cuando los ingleses se lanzaron al Atl&#225;ntico sin otro prop&#243;sito que el de apresar los galeones procedentes de las Indias, los espa&#241;oles buscaban el premio de sus afanes en la explotaci&#243;n leg&#237;tima de las tierras por ellos encontradas. Y hac&#237;a cerca de un siglo que estaban ensanchando los conocimientos geogr&#225;ficos de la cristiandad. Entre todos los marinos ingleses de vida aventurera, es Drake el que m&#225;s admiradores tiene en su patria y el m&#225;s conocido en todo el mundo. Ser&#237;a curioso escribir las vidas paralelas, a la manera de Plutarco, del h&#233;roe brit&#225;nico y de uno de los nuestros, Juan D&#237;az de Sol&#237;s, por ejemplo, que se le parece mucho. Ambos pasaron por la dura escuela de la pirater&#237;a, conquistando despu&#233;s grandes honores, y, si uno dio la vuelta al mundo &#8212;cuando ya lo hab&#237;a hecho Juan Sebasti&#225;n Elcano&#8212;, el otro explor&#243; casi toda la costa atl&#225;ntica de la Am&#233;rica del Sur y descubri&#243; el r&#237;o de la Plata.</p><p>No tiene D&#237;az de Sol&#237;s menos merecimientos que Drake para ser un h&#233;roe popular. Y, sin embargo, al primero solo le conocen los historiadores del descubrimiento del Nuevo Mundo, mientras la fama del segundo es universal.</p><p>Ya hemos explicado la causa de este fen&#243;meno.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Una aventura de Julio César]]></title><description><![CDATA[Siendo a&#250;n un jovencito, el futuro conquistador de las Galias fue secuestrado por piratas...]]></description><link>https://escriptoriodenebrija.com/p/piratas-julio-cesar</link><guid isPermaLink="false">https://escriptoriodenebrija.com/p/piratas-julio-cesar</guid><dc:creator><![CDATA[Paco Álvarez Comesaña]]></dc:creator><pubDate>Thu, 28 May 1953 11:22:00 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!PDv1!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F16752d04-3b95-4019-a9d8-c86267e171d4_993x993.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;">A continuaci&#243;n tienes uno de los cap&#237;tulos de <em><a href="https://escriptoriodenebrija.com/p/historias-piratas-juan-cabal">Historias de piratas</a></em><a href="https://escriptoriodenebrija.com/p/historias-piratas-juan-cabal">, de Juan Cabal</a>.</p><p>Hay una aventura famosa de Julio C&#233;sar que, por su relaci&#243;n con los piratas y por ser interesante y divertida, merece figurar en este libro. Hela aqu&#237; referida tal como ha llegado a nuestro conocimiento.</p><p>Era en el a&#241;o 78 a. C. Gobernaba Roma, como dictador, Lucio Cornelio Sila, no sin haber vencido antes enconadas resistencias cuyos rescoldos humeaban a&#250;n. Esta circunstancia explica que persiguiera implacablemente a sus enemigos pol&#237;ticos. Al conquistar el poder, su primera providencia hab&#237;a sido el destierro de Mario, su aborrecido rival, destierro al que sigui&#243; el de innumerables partidarios del proscrito, especialmente los significados por su talento o envidiable posici&#243;n.</p><p>Entre ellos se contaba un mancebo de arrogante presencia, en el que su familia, una de las m&#225;s ilustres y ricas, hab&#237;a puesto grandes esperanzas. Su juventud no le libr&#243; de ser considerado por Sila como peligroso. Era inclinado al estudio, brillaba por su inteligencia, no carec&#237;a de audacia y entre otros rasgos de su car&#225;cter sobresal&#237;a la ambici&#243;n. Temible tambi&#233;n por sus amistades, el dictador estim&#243; conveniente alejarle de Roma, donde los esp&#237;ritus rebeldes se buscaban para conspirar.</p><p>&#8212;El destierro debe de ser muy aburrido &#8212;se dijo el mancebo, sin afligirse excesivamente&#8212;. Lo m&#225;s importante, de todos modos, es no perder el tiempo.</p><p>Pensaba emplearlo perfeccion&#225;ndose en el arte de la oratoria, para lo cual hubo de inscribirse en la escuela de Apolonio Mol&#243;n, famoso profesor.</p><p>Le hab&#237;an dicho sus amigos que nunca llegar&#237;a a pronunciar discursos elocuentes, y anhelaba demostrarles lo contrario. Picado en su amor propio y convencido de que el dominio de la palabra pod&#237;a adquirirlo a fuerza de voluntad, era por el momento su m&#225;s bella ilusi&#243;n revelarse, cuando pudiera regresar del exilio, como un brillante orador.</p><p>Acaso conoc&#237;a los esfuerzos que hubo de costarle a Dem&#243;stenes, sin par por su elocuencia entre los griegos, el corregir los defectos de su pronunciaci&#243;n.</p><p>El joven desterrado parti&#243;, pues, de Roma abrigando muy loables prop&#243;sitos. Se dirig&#237;a a la isla de Rodas, y, naturalmente, tuvo que hacer el viaje por mar. No iba solo, por supuesto. Le acompa&#241;aban servidores y esclavos, como conven&#237;a a var&#243;n tan esclarecido y de tan elevada alcurnia.</p><p>Le vemos en la nave, rica por sus adornos, con mascarones en lo alto del tajamar y en la popa, aunque de un solo m&#225;stil, para sostener la gran vela cuadrada, que hincha el viento, mientras los remos, saliendo por los costados, se abandonan al empuje de las olas como brazos ca&#237;dos, en espera de que les llegue su hora.</p><p>El joven proscrito se distingue de los dem&#225;s pasajeros por sus ricas vestiduras, de amplios y majestuosos pliegues, y por su talante de gran se&#241;or. Est&#225; sentado en medio de sus criados, cuya presencia no parece advertir, abstra&#237;do como se encuentra en la lectura. Parece serle ajeno todo cuanto le rodea, y ni el mismo mar, hermoso en su grandeza, de un azul de a&#241;il y con sus plumeros de blanca espuma en la cresta de las olas, despierta ni por un momento su inter&#233;s.</p><p>De pronto, hall&#225;ndose el barco navegando al largo de la costa del Peloponeso, cerca de Caries, paraje solitario y fragoroso, el patr&#243;n observa, con la consiguiente inquietud, la proximidad de un grupo de embarcaciones piratas.</p><p>&#8212;Es evidente que nos persiguen &#8212;dice&#8212;. No tenemos escape: sus naves son m&#225;s r&#225;pidas que la nuestra, y no tardar&#225;n en alcanzarnos.</p><p>&#8212;&#161;Que los dioses nos protejan! &#8212;exclaman algunos de los viajeros, sin hacer nada por disimular su espanto.</p><p>El m&#225;s animoso pregunta:</p><p>&#8212;&#191;Pero es que no intentaremos siquiera defendernos?</p><p>&#8212;Ser&#237;a en vano &#8212;replica el patr&#243;n &#8212;. Ellos son m&#225;s numerosos y seguramente est&#225;n mejor armados. Debemos escoger entre rendirnos o morir.</p><p>Estas &#250;ltimas palabras hieren el o&#237;do del joven romano, quien levanta, por fin, la cabeza y dirige una mirada al mar. En su semblante no se refleja la menor emoci&#243;n. Contin&#250;a sentado y observa, estirando el cuello, la carrera de un grupo de canoas muy largas, cuyos remos, vigorosamente movidos por esclavos de rostro atezado, parecen hacerlas volar. El mancebo vuelve despu&#233;s los ojos a la vela del nav&#237;o y comprende, por su flacidez, que no hay salvaci&#243;n. Sin viento que los impulse, no podr&#237;an huir; siendo pocos para defenderse, la lucha ser&#237;a insensata. El patr&#243;n ha dicho la verdad. Por consiguiente, no vale la pena preocuparse por lo que no tiene remedio. El joven vuelve a su lectura sin haber despegado los labios.</p><p>Entretanto, el barco, amainando su peque&#241;a vela auxiliar, se est&#225; poniendo al pairo, en espera del abordaje, que no tardar&#225; en producirse. Llegan los piratas y transbordan sin que nadie oponga resistencia. Esto no obstante, su actitud es insolente y amenazadora, como conviene a su facha de verdaderos facinerosos. Rugen, insultan a los viajeros, blandiendo sus lanzas y pu&#241;ales, y el m&#225;s feroz de todos ellos, sin duda el capit&#225;n, a juzgar por su tono autoritario, se dirige al joven lector, que contin&#250;a impasible, abismado en la meditaci&#243;n. Su rico porte hace sonre&#237;r al jefe de los asaltantes, que se promete un buen bot&#237;n.</p><p>&#8212;&#191;T&#250; qui&#233;n eres? &#8212;le pregunta, clavando en &#233;l sus ojos, que relucen como ascuas.</p><p>El joven no contesta. Mira desde&#241;osamente al importuno y contin&#250;a leyendo, sordo al torrente de amenazas y juramentos que ha provocado su indiferencia. Pero otro pasajero se adelanta para responder por &#233;l. Es su m&#233;dico Cinna.</p><p>&#8212;Mi se&#241;or &#8212;dice&#8212; se llama Gayo Julio C&#233;sar y pertenece a una familia pr&#243;cer. Ha sido desterrado de Roma por Sila y se dirige a Rodas.</p><p>&#8212;Me quedo con todo lo que le pertenece &#8212;advierte el pirata con voz de trueno&#8212;. Y no le hago degollar aqu&#237; mismo porque me interesa m&#225;s el rescate.</p><p>Despu&#233;s, dirigi&#233;ndose a C&#233;sar, le interroga:</p><p>&#8212;Dime en cu&#225;nto estimas tu libertad y la de tus servidores.</p><p>Pero tampoco esta vez obtiene contestaci&#243;n, lo cual eleva su c&#243;lera al paroxismo. De nuevo tiene que intervenir el m&#233;dico para calmarle.</p><p>&#8212;Supongo que no le habr&#225;n cortado la lengua &#8212;insiste el capit&#225;n de la banda, herido en su orgullo al verse tratado con tanto desprecio&#8212;. Pero se la cortar&#233; yo si no abandona ese aire de pr&#237;ncipe.</p><p>De todos modos, pirata al fin, no renuncia al rescate, y por esto consulta con uno de sus compa&#241;eros el precio que puede pedir.</p><p>&#8212;Yo exigir&#237;a diez talentos &#8212;dice el consultado.</p><p>&#8212;Es poco: pongamos el doble &#8212;rectifica el capit&#225;n&#8212;. No me conformar&#233; con menos de veinte.</p><p>Con asombro general, rompe aqu&#237; Julio C&#233;sar su silencio para intervenir en la discusi&#243;n.</p><p>&#8212;&#191;Veinte talentos? No conoc&#233;is vuestro oficio &#8212;observa burlonamente &#8212;. Si tuvierais en &#233;l m&#225;s experiencia, habr&#237;ais comprendido que valgo cincuenta, sin exagerar nada.</p><p>El pirata abre la boca y los ojos en el colmo del estupor. Por primera vez en su vida se encuentra con un cautivo que ofrece mucho m&#225;s de lo que se le pide. Se le ha pedido una cantidad considerable, y es inaudito que, lejos de entrar en regateos, ponga a su libertad un precio mucho mayor. &#191;Ser&#225; una burla? El capit&#225;n se r&#237;e.</p><p>&#8212;&#161;Ja, ja, ja! &#161;Me gusta ese modo de proceder! Pero te advierto, joven, que si no llegan los cincuenta talentos vas a perder la cabeza.</p><p>Todos los prisioneros fueron transbordados y conducidos a la guarida de los piratas, donde esperar&#237;an, bajo la vigilancia de terribles centinelas, a que se cobraran los rescates, para negociar los cuales partieron sin perder momento algunos agentes.</p><div><hr></div><p>Ya se puede suponer que aquellos hombres re&#241;idos con la ley de Roma no alojaban a sus cautivos en palacios. Adem&#225;s, ellos mismos viv&#237;an miserablemente, protegidos por la costa escarpada, en un lugarejo oculto entre pe&#241;as. All&#237; no hab&#237;a ni siquiera casas dignas de este nombre. Cuevas como cubiles y algunas chozas que hubieran despreciado los pescadores m&#225;s pobres bastaban a los piratas para no pasar la noche al raso.</p><p>Julio C&#233;sar, aunque estaba acostumbrado al lujo y a las comodidades, no se dej&#243; impresionar por aquella pobreza ni por el paisaje desolado y agrio. M&#225;s afligidos parec&#237;an sus compa&#241;eros. Entr&#243; en la caba&#241;a que le destinaban con la misma naturalidad con que se habr&#237;a metido en una de sus quintas de recreo y se instal&#243; como pudo en el rinc&#243;n m&#225;s aligerado de suciedad.</p><p>&#8212;No estar&#237;a mal este refugio si lo tuvieran limpio &#8212;declar&#243;.</p><p>Sus criados le miraban compadecidos, pero &#233;l no puso atenci&#243;n ninguna a sus caras largas y les dijo que pod&#237;an retirarse.</p><p>Aunque la estancia en el agujero de los piratas hubo de durar muchos d&#237;as, el joven romano mantuvo siempre el mismo humor, preocup&#225;ndose solamente por no perder el tiempo. Todas las ma&#241;anas se ba&#241;aba en una caleta, dando resoplidos de trit&#243;n feliz, y despu&#233;s hac&#237;a ejercicios f&#237;sicos para mantener la elasticidad de su cuerpo.</p><p>Al ver los piratas por primera vez que emprend&#237;a una veloz carrera, creyeron que su intenci&#243;n era la de escaparse. Pod&#237;a haberlo hecho, en la seguridad de no ser alcanzado, porque sus guardianes corr&#237;an mucho menos, pero se detuvo al o&#237;rles vociferar amenazas y consigui&#243; luego sacarlos de su error.</p><p>Y lo mismo que corr&#237;a, saltaba con agilidad maravillosa. Otro de sus ejercicios favoritos era el lanzamiento de piedras grandes como melones, que part&#237;an disparadas por su brazo vigoroso como si hubieran sido naranjas.</p><p>Tambi&#233;n invit&#243; a los piratas a medir con &#233;l sus fuerzas, de hombre a hombre, en lucha franca y limpia. Algunos creyeron poder vencerle, pero se equivocaron todos. Era el m&#225;s fuerte y diestro.</p><p>Sin embargo, por su aspecto delicado y por sus finos modales, por el timbre de su voz, por su compostura y hasta por su afici&#243;n a escribir versos y a componer discursos, no parec&#237;a, a primera vista, ser un mozo de agallas.</p><p>Comoquiera que hab&#237;a tiempo para todo, mientras se esperaba el regreso de los enviados a cobrar los rescates, C&#233;sar pareci&#243; acostumbrarse al roce con los piratas, mostr&#225;ndose con ellos m&#225;s comunicativo. Se hac&#237;a contar sus aventuras, que escuchaba muy interesado, en apariencia al menos; luego, para corresponder, les regalaba el o&#237;do con sus discursos y poemas. Verle perorar ante un auditorio compuesto de los tipos m&#225;s innobles y soeces, tomando actitudes tribunicias, en la plazuela del miserable caba&#241;al, deb&#237;a ser divertido.</p><p>El mar, entretanto, entonaba su eterna sinfon&#237;a, m&#250;sica de un &#243;rgano inmenso, haciendo m&#225;s espantosa la soledad del paraje, solo frecuentado por bandidos y gaviotas.</p><p>Nada tiene de extra&#241;o que el p&#250;blico de Julio C&#233;sar, en aquel &#225;spero rinc&#243;n del Peloponeso, fuera dif&#237;cil de contentar. &#161;Estaba tan lejos de Roma! Bajo la palabra elocuente y el verso alado, reaccionaban los piratas como salvajes: unos prorrump&#237;an en risotadas y alaridos estent&#243;reos; otros bostezaban; los m&#225;s se dejaban invadir por un dulce sopor parecido al sue&#241;o. El joven romano, dejando caer sobre todos su desprecio ol&#237;mpico, no lograba, empero, sustraerse a la amarga impresi&#243;n del fracaso.</p><p>&#8212;Val&#233;is menos que los gusanos que han de cebarse en vuestra carro&#241;a &#8212;les dijo un d&#237;a, fuera de s&#237;&#8212;. No serv&#237;s sino para robar.</p><p>&#8212;&#161;Es nuestro oficio! &#8212;le contestaron, sin darse por ofendidos.</p><p>Y uno, el m&#225;s insolente, a&#241;adi&#243;:</p><p>&#8212;No creas que no sepamos apreciar el m&#233;rito de los discursos cuando son buenos; pero los tuyos no pueden ser peores. &#161;Ja, ja, ja!</p><p>Otros quisieron seguir la broma:</p><p>&#8212;Gu&#225;rdate tu poes&#237;a y tu elocuencia para los asnos. &#161;Al menos quedar&#225;s satisfecho del tama&#241;o de sus orejas!</p><p>&#8212;&#161;Y no tengas tantas pretensiones, porque no enga&#241;as a nadie!</p><p>&#8212;&#191;Qui&#233;nes fueron tus maestros? &#191;No has aprendido del buey a mugir y del cuervo a graznar?</p><p>Pero ya C&#233;sar hab&#237;a conseguido recobrar el equilibrio y dejaba que los bandidos hicieran con sus procacidades lo mismo que hace con su saliva el tonto que quiere escupir al cielo, que la echa sobre su cara. Suavemente, a media voz, sin que se moviera un solo m&#250;sculo de su rostro y amenaz&#225;ndolos con un dedo r&#237;gido, prometi&#243;:</p><p>&#8212;Puede ocurrir que un d&#237;a caig&#225;is todos en mis manos. Para cuando esa ocasi&#243;n se presente, desde ahora me propongo haceros crucificar, as&#237; por vuestros cr&#237;menes como por vuestra estupidez. Haced lo posible por no olvidarlo para que no os coja desprevenidos. Yo cumplo siempre mi palabra.</p><p>Esta amenaza pod&#237;a haber irritado a los piratas, pero no sucedi&#243; as&#237;. Sirvioles de pretexto para nuevas chanzas. Su presuntuoso prisionero les resultaba muy divertido, y hab&#237;an adquirido la costumbre de importunarle solo para ver c&#243;mo les contestaba.</p><p>&#8212;Cuida de su persona como una mujer. Se ba&#241;a, se perfuma, cambia de t&#250;nica todos los d&#237;as. Sin duda quiere parecer hermoso.</p><p>&#8212;Pero no le gana en fuerza ni en agilidad ninguno de los nuestros. Es tambi&#233;n valiente, aunque no lo parezca por el talante, y ha derribado a los m&#225;s vigorosos de la banda.</p><p>Tales eran sus comentarios. Resultaba, pues, que el mancebo, pese a su aspecto afeminado, pese tambi&#233;n a sus amenazas, impropias de un cautivo, les infund&#237;a un cierto respeto. Ocurr&#237;a con frecuencia que los m&#225;s broncos y revoltosos de la pandilla, por no tener otra cosa en que ocuparse, se iban a pasar la velada en la choza de C&#233;sar.</p><p>&#8212;Venimos para que nos recites tus poemas &#8212;dec&#237;an al entrar.</p><p>Pero su prop&#243;sito era continuar la broma y emborracharse despu&#233;s. Cuando estaban bebidos se pon&#237;an insoportables, porque les daba el vino por alborotar y pelearse, no dejando dormir al prisionero. Este envi&#243; uno de sus criados a pedir al capit&#225;n que le librara de aquella gentuza abyecta, pues le imped&#237;a entregarse al descanso.</p><p>La queja fue tomada en consideraci&#243;n y los alborotadores no volvieron a presentarse.</p><div><hr></div><p>C&#233;sar no pod&#237;a tener la seguridad de que los cincuenta talentos de su rescate fueran pagados, porque Sila, no satisfecho con expatriarle, hubo de confiscar todos sus bienes. Y, sin embargo, el futuro dictador, solo por darse importancia, hab&#237;a elevado voluntariamente el precio de su libertad cuando pod&#237;a obtenerla mucho m&#225;s barata. Es posible que se dijera: &#171;Si no se pagan por m&#237; cincuenta talentos, tampoco se pagar&#237;an veinte&#187;.</p><p>Fue el primer sorprendido de que se pagaran. El caso es que los negociadores volvieron de Roma, pasados treinta y ocho d&#237;as, y dijeron que la cantidad convenida estaba ya en poder de Valerio Torcuato, en Mileto, y que se pod&#237;a ir a recogerla.</p><p>Los piratas se trasladaron enseguida a dicha ciudad de Jonia, llev&#225;ndose a su cautivo con ellos, y Valerio pag&#243; sin regatear ni una dracma.</p><p>Entonces C&#233;sar, a quien los bandidos hab&#237;an dejado libre en Mileto, se entrevist&#243; con Valerio para pedirle cuatro galeras de guerra y quinientos soldados. Era llegada la hora del desquite.</p><p>Es f&#225;cil imaginarse lo que pensaba hacer. Provisto de las naves y de las fuerzas solicitadas, se dirigi&#243; sin p&#233;rdida de tiempo a la guarida de los lobos de mar que hab&#237;an sido sus raptores. Los cogi&#243; desprevenidos, en plena org&#237;a, cuando estaban reparti&#233;ndose el bot&#237;n. Como su estado de embriaguez los incapacitaba para defenderse con el br&#237;o necesario, nada cost&#243; someterlos. Se rindieron trescientos cincuenta y escaparon muy pocos. C&#233;sar puso en libertad a todos los cautivos y recobr&#243; su dinero.</p><p>Todos los piratas, debidamente encadenados, pasaron a las galeras.</p><p>&#8212;He venido a cumplir mi promesa y a demostraros que no me equivoqu&#233; en el juicio que hube de formar de vosotros, salvo en que sois m&#225;s tontos a&#250;n de lo que cre&#237;a &#8212;les dijo&#8212;. &#191;Por qu&#233; no os re&#237;s ahora?</p><p>Hizo destruir a continuaci&#243;n las embarcaciones de los piratas y parti&#243; luego con ellos, poniendo rumbo a P&#233;rgamo.</p><p>El pretor de esta provincia del Asia Menor se encontraba recorriendo las tierras de su jurisdicci&#243;n, en acto de servicio, lo cual fue para C&#233;sar una contrariedad. Esperar el regreso del funcionario en P&#233;rgamo le hubiera resultado fastidioso, de modo que prefiri&#243; partir en su busca despu&#233;s de haber encerrado los prisioneros en un castillo. Si hubiera podido hacerlos ejecutar, se habr&#237;a ahorrado la molestia de un nuevo viaje; pero solo el pretor estaba autorizado para imponer la pena capital.</p><p>Una nueva decepci&#243;n esperaba al joven orador y poeta en su encuentro con el representante del poder de Roma. Este no se mostraba inclinado a los castigos severos. Al pedirle C&#233;sar una autorizaci&#243;n extraordinaria, a fin de que el gobernador interino pudiera llevar la causa a los &#250;ltimos extremos, contest&#243; en tono desabrido:</p><p>&#8212;&#191;Y por qu&#233; tanta prisa? Cuando yo regrese a P&#233;rgamo se har&#225; lo que sea m&#225;s justo. No me parece tampoco que haya motivo para exagerar el rigor. Los mercaderes de mi gobernaci&#243;n pagan tributo a los piratas, quienes respetan sus barcos.</p><p>&#8212;&#161;Pero eso es pactar con hombres colocados fuera de la ley! &#8212;arguy&#243; C&#233;sar con impaciencia.</p><p>El pretor, sin inmutarse, hubo de contestar:</p><p>&#8212;Cierto, pero resultar&#237;a m&#225;s costoso hacerles la guerra.</p><p>&#8212;&#191;Y la dignidad del poder p&#250;blico?</p><p>&#8212;El poder p&#250;blico, a cambio de mantener la paz y el bien general, puede sin desdoro resolver ciertos conflictos por v&#237;a diplom&#225;tica.</p><p>A&#241;adi&#243; el pretor que, si condenaba a muerte a los trescientos cincuenta piratas cogidos por Julio C&#233;sar, se rebelar&#237;an todos los dem&#225;s, cometiendo mayores atrocidades, hasta el punto de perturbar gravemente el comercio mar&#237;timo.</p><p>Pero el joven romano, no convencido por sus razones, empezaba a tenerle por sospechoso de venalidad. &#191;No le pagar&#237;an los piratas su tolerancia? Como quiera que abundaban los funcionarios p&#250;blicos entregados al cohecho, C&#233;sar cre&#237;a encontrarse ante un caso de corrupci&#243;n.</p><p>Vi&#233;ndole el pretor cabizbajo y pensativo, volvi&#243; a prometerle que se ocupar&#237;a de su asunto cuando regresara a P&#233;rgamo.</p><p>Pero ya el joven hab&#237;a tomado una resoluci&#243;n. Lejos de insistir en su demanda, para no gastar el tiempo en palabras, se despidi&#243; del pretor, que le sonre&#237;a entre bondadoso y despectivo, y apresur&#243; su retorno a la ciudad.</p><p>All&#237; hubo de presentarse como investido de atribuciones otorgadas directamente por el dictador Sila. Era una audacia que pod&#237;a costarle la cabeza. Pero, hombre resolutivo y en&#233;rgico, C&#233;sar no daba nunca un paso atr&#225;s. Pondr&#237;a al pretor ante un hecho consumado, y que dijera Roma su &#250;ltima palabra.</p><p>Por orden suya fueron ejecutados los trescientos cincuenta piratas, aunque solo treinta, los principales, sufrir&#237;an la pena de la cruz, como les hab&#237;a prometido. Al despedirlos, cuando eran conducidos al suplicio, les dijo: </p><p>&#8212;Quiero ser con vosotros clemente en consideraci&#243;n al buen trato que me disteis cuando me ten&#237;ais cautivo. Me pesar&#237;a que abandonarais esta vida teniendo de m&#237; una idea equivocada. No soy cruel. He dispuesto que, antes de ser crucificados, os corten la nuez.</p><p>Cumplida la sentencia, Julio C&#233;sar continu&#243; su viaje a Rodas como si nada le hubiera sucedido. Iba leyendo, en medio de sus esclavos y servidores, tal como le hab&#237;an encontrado los piratas, por su desgracia, cerca de Caries.</p>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[De Aquiles a Pompeyo]]></title><description><![CDATA[Porque s&#237;: Aquiles fue un pirata, y hubo piratas desde muy antiguo por todo el Mediterr&#225;neo...]]></description><link>https://escriptoriodenebrija.com/p/piratas-aquiles-pompeyo</link><guid isPermaLink="false">https://escriptoriodenebrija.com/p/piratas-aquiles-pompeyo</guid><dc:creator><![CDATA[Paco Álvarez Comesaña]]></dc:creator><pubDate>Thu, 28 May 1953 10:58:00 GMT</pubDate><enclosure url="https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!PDv1!,w_256,c_limit,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F16752d04-3b95-4019-a9d8-c86267e171d4_993x993.png" length="0" type="image/jpeg"/><content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;">A continuaci&#243;n tienes uno de los cap&#237;tulos de <em><a href="https://escriptoriodenebrija.com/p/historias-piratas-juan-cabal">Historias de piratas</a></em><a href="https://escriptoriodenebrija.com/p/historias-piratas-juan-cabal">, de Juan Cabal</a>.</p><p>Aquiles fue pirata. Dar este nombre al h&#233;roe m&#225;s famoso de la guerra de Troya, inmortalizado por Homero, parecer&#225; una falta de respeto a la poes&#237;a &#233;pica. Y es probable que nuestras palabras lleven al esp&#237;ritu del lector ingenuo una cierta decepci&#243;n. Pero tambi&#233;n son incontables los personajes hist&#243;ricos, rodeados de gloria inmarcesible, que tienen antecedentes parecidos.</p><p>No calumniamos al h&#233;roe de la <em>Il&#237;ada</em>: Aquiles se llama a s&#237; mismo pirata. Por otra parte, tambi&#233;n aparecen piratas en la <em>Odisea</em>, como se puede ver por el siguiente relato del poema que canta las aventuras de Odiseo; se encuentra en la novena rapsodia y dice as&#237;: &#171;De Ili&#243;n llevome al pa&#237;s de los c&#237;cones, en Imaro. Entr&#233; a saco en la ciudad y mat&#233; a sus moradores. Repartimos las mujeres y el cuantioso bot&#237;n equitativamente, sin que nadie se quedara sin su parte. Exhort&#233; a mis hombres a que nos retir&#225;ramos con pie ligero; pero ellos, por ser necios, no se dejaron persuadir. Y, mientras beb&#237;an sin medida y degollaban en la ribera ovejas y bueyes de retorcidos cuernos, los c&#237;cones fugitivos fueron a pedir auxilio a los habitantes del interior del pa&#237;s. Estos eran muchos y valerosos, tan h&#225;biles en sus carros como duros si luchaban a pie firme. Present&#225;ronse al amanecer y eran tantos como las hojas y las flores que brotan en la primavera. All&#237; comprendimos &#8212;&#161;oh, infelices!&#8212; el destino que nos se&#241;alaba Zeus, destino aciago, sembrado de todos los males. Por ambos lados de nuestras naves nos atacaron, sin dar descanso a las bronc&#237;neas lanzas. Nos defendimos toda la ma&#241;ana y seg&#250;n fue transcurriendo el d&#237;a sin desfallecer, resistiendo su empuje, aunque nos superaban por su n&#250;mero. Mas, cuando el sol poniente indic&#243; la hora de desuncir los bueyes, los c&#237;cones derrotaron a los aqueos, y seis de los nuestros, de hermosas grebas, perecieron en cada barco. Los restantes pudimos escapar de la muerte&#187;.</p><p>Claro est&#225; que, si los aqueos no se hubieran entretenido emborrach&#225;ndose y haciendo otras locuras, achaque muy frecuente entre los que pretenden vivir del pillaje, habr&#237;an podido evitarse la paliza, por otra parte merecida.</p><p>Pero, en fin, si recordamos un pasaje de la <em>Odisea</em> es para que observe el lector que ya en la antigua Grecia, cuna de nuestra civilizaci&#243;n, hab&#237;a piratas. Y no pocos. El m&#225;s c&#233;lebre de todos ellos fue Pol&#237;crates, tirano de Samos, que vivi&#243; en una &#233;poca seiscientos a&#241;os anterior al nacimiento de Jesucristo. Ninguno de sus sucesores, que fueron innumerables, logr&#243; jam&#225;s superarle en arrojo ni en poder. Como suele ocurrir entre los bandidos cuando no acaban de mala muerte, hizo una carrera tan r&#225;pida como brillante.</p><p>Lleg&#243; a poseer cien naves de guerra, con las cuales extendi&#243; su dominio por todas las aguas del Egeo, al mismo tiempo que se erig&#237;a soberano de toda la costa del Asia Menor, pudiendo tratar de igual a igual a los pr&#237;ncipes m&#225;s poderosos. Hombre astuto y de una ambici&#243;n sin l&#237;mites, Pol&#237;crates quiso evitar, desde el principio de su carrera, la concurrencia de otros piratas para aumentar sus beneficios primero y m&#225;s tarde para proclamarse rey. Es el procedimiento que posteriormente seguir&#237;an otros improvisados monarcas que han existido en todos los tiempos, porque las coronas reales continuaron estando al alcance del m&#225;s fuerte. Pol&#237;crates, pirata, se propuso acabar con la pirater&#237;a de su &#233;poca, y lo consigui&#243; despu&#233;s de vencer a sus rivales de Melita y Lesbos. Lograda esta doble victoria, pudo considerarse un soberano leg&#237;timo y tener una corte fastuosa, no superada en esplendor por la de ning&#250;n otro pr&#237;ncipe.</p><p>Samos, su antigua guarida de bandolero, convirtiose r&#225;pidamente en una gran ciudad, incomparable por la magnificencia de sus palacios y la belleza de sus monumentos. Como pod&#237;a pagar a los artistas con esplendidez inusitada, hasta los de Atenas se trasladaban a Samos para servir a tan rico y poderoso se&#241;or. Tambi&#233;n los poetas se rindieron a sus d&#225;divas, y Anacreonte, delicado cantor de Baco y el placer, fue uno de sus amigos m&#225;s &#237;ntimos.</p><p>Pol&#237;crates, sin embargo, aunque cubierto de p&#250;rpura, segu&#237;a siendo un pirata de coraz&#243;n. Pod&#237;a haberse dado por satisfecho al verse inmensamente rico, pero continu&#243; entregado al pillaje por costumbre y por incorregible amor a lo ajeno. El ladr&#243;n de alto vuelo suele conservar un cierto orgullo profesional hasta despu&#233;s de haber hecho su fortuna. Pol&#237;crates cobraba un tributo a todos los navegantes extranjeros, quienes corr&#237;an el peligro de quedarse sin barco en el caso de resistirse a pagar. Supo un d&#237;a que Amasis, rey de Egipto, enviaba al de Lidia &#8212;Creso, tan famoso por sus tesoros&#8212; un regalo de incalculable valor. Pol&#237;crates, sabiendo que a Creso no se le pod&#237;an regalar sino maravillas, sintiose tentado como cuando ejerc&#237;a su antigua profesi&#243;n. Y asalt&#243; el barco de Amasis.</p><p>Quien mal anda mal acaba, dice el refr&#225;n, y Pol&#237;crates, pirata de raza, no pudo escapar a su destino. Cay&#243; v&#237;ctima de una emboscada semejante a las suyas de otro tiempo y muri&#243; en la cruz, condenado por sus fechor&#237;as.</p><p>Su muerte, sin embargo, lejos de servir de escarmiento, produjo, como era natural, efectos contrarios. La pirater&#237;a resurgi&#243; con una violencia aterradora. Era como las aguas de una presa que se desbordan al romperse el dique que las contiene. Pol&#237;crates, por haber querido ser &#250;nico en el arte de piratear, imped&#237;a a sus &#233;mulos toda acci&#243;n. Al desaparecer el tirano de Samos, volvi&#243; el Egeo a quedar infestado de piratas.</p><div><hr></div><p>Basta echar una ojeada al mapa para comprender que el mar de Grecia, con sus numerosas islas, era el m&#225;s propicio al desarrollo de una industria que ha seducido siempre a los impacientes por hacer fortuna. As&#237; como los salteadores de caminos buscaban para operar parajes agrios y fragorosos, donde eran igualmente f&#225;ciles la sorpresa de la v&#237;ctima y la fuga del agresor, un extenso y complicado archipi&#233;lago hab&#237;a de ofrecer al pirata notables ventajas para asegurar las presas con el menor riesgo.</p><p>Los griegos de la Antig&#252;edad, por otra parte, aunque dieron al mundo artistas maravillosos, poetas extraordinarios y grandes fil&#243;sofos, ten&#237;an bastante olvidadas las actividades utilitarias, y por esto eran pobres; conducta diametralmente opuesta a la observada por los fenicios, dedicados casi todos al comercio, lo cual les sirvi&#243; para enriquecerse y se&#241;orear en tierras muy distantes de la suya: primero, traficando con las sedas, joyas y especias del oriente, trasladadas a sus puertos a trav&#233;s del desierto, consiguieron tener el monopolio de ping&#252;es negocios; m&#225;s tarde extendieron su comercio por todo el Mediterr&#225;neo y hasta fundaron colonias en el &#193;frica del norte, en Espa&#241;a, en Francia, que se convirtieron, con el tiempo, en mercados siempre abiertos a su especulaci&#243;n. Navegantes intr&#233;pidos a la vez que mercaderes codiciosos, iban a comprar el &#225;mbar del B&#225;ltico y el esta&#241;o de Inglaterra para revenderlo en Tiro y Sid&#243;n, las dos ciudades rivales de Fenicia, y hasta se cree que dieron la vuelta al &#193;frica en un viaje que dur&#243; tres a&#241;os. Eran demasiado ricos para no despertar envidias, mientras los griegos, sobre todo a ra&#237;z de la guerra de Troya, se reconoc&#237;an demasiado pobres para resignarse con su suerte, raz&#243;n por la cual los m&#225;s impacientes y turbulentos se hicieron piratas.</p><p>&#191;Y qu&#233; hab&#237;a de suceder en consecuencia? Cuando el que nada posee se desprende de todos los escr&#250;pulos para mejorar de situaci&#243;n y echa por el atajo, el que lo tiene todo, naturalmente, corre el peligro de ser despojado si no se defiende. Las naves fenicias, cargadas de los preciosos productos orientales, ofrec&#237;an a la rapi&#241;a de los bandidos del Egeo el bot&#237;n m&#225;s codiciado. Al fin y al cabo, la pirater&#237;a ha sido siempre, hasta el siglo XIX de nuestra era, una enfermedad del comercio mar&#237;timo, como el escorbuto lo fue de los hombres de mar.</p><p>Los piratas pudieron sostenerse, durante miles de a&#241;os, merced a una cierta tolerancia encontrada en el poder legal de sus pa&#237;ses respectivos, poder que persegu&#237;a implacablemente al salteador de caminos por ser incompatible con el orden interior, mientras miraba con indiferencia el bandidaje ejercido en el mar, siempre que le fueran respetados sus barcos. El mar no ten&#237;a fronteras, y sus rutas quedaban libres para los aventureros de toda especie. Ning&#250;n pr&#237;ncipe sent&#237;ase inclinado a castigar a los piratas, s&#250;bditos suyos, por fechor&#237;as cometidas contra extranjeros; en cambio, hubiera fulminado a los venidos de otras latitudes cuando amenazaban la seguridad de su navegaci&#243;n. Los golpes que recibe el pr&#243;jimo no nos duelen; pero, cuando se vuelven contra nosotros, &#161;ay!, entonces ponemos el grito en el cielo.</p><p>Cuantos m&#225;s barcos tuvieran los fenicios y mayores fuesen las riquezas acumuladas merced a su gran tr&#225;fico mercantil, m&#225;s piratas saldr&#237;an del Egeo. La prosperidad del agredido estimulaba al agresor. Puede decirse que, indirectamente y con todo ser ellos los primeros perjudicados, los fenicios, con la fama de sus tesoros, fomentaban el desarrollo de la pirater&#237;a griega.</p><p>&#191;Y qu&#233; hac&#237;an, en cambio, por combatirla? Pirateaban a su vez cuando las circunstancias les eran favorables. Con una moral de mercader, acomodada a todas las situaciones, los fenicios se preocupaban sobre todo por no perder dinero; mejor dicho, por no ver disminuidas sus enormes ganancias. En su af&#225;n de resarcirse, un ardid empleado por ellos con frecuencia fue el rapto de mujeres griegas, que despu&#233;s vend&#237;an en los mercados mediterr&#225;neos acaso m&#225;s baratas que las sedas y los perfumes orientales.</p><p>El procedimiento empleado para cazarlas era el siguiente: durante sus estancias en los puertos del Egeo, invitaban a las mujeres, en todo tiempo deslumbradas por las joyas y los perifollos, a visitar sus naves, donde pod&#237;an comprar como en una tienda, por decirlo as&#237;, las &#250;ltimas novedades de la moda. Y, cuando m&#225;s numerosa era la concurrencia de compradoras, el barco maniobraba de improviso y part&#237;a con ignorado rumbo.</p><p>Hubo un rey de Creta, de la dinast&#237;a de Minos, que reuni&#243; toda su fuerza naval para emplearla contra la m&#225;s terrible plaga del mar. Como Pol&#237;crates, el pr&#237;ncipe cretense hab&#237;a sido tambi&#233;n pirata, o descend&#237;a de piratas, por manera que estaba magn&#237;ficamente preparado por conocer las tretas del enemigo y contar con una poderosa escuadra. Despleg&#243; en la empresa una energ&#237;a enorme y estuvo largo tiempo peleando con singular tes&#243;n, animado por los mercaderes fenicios que ve&#237;an en &#233;l su salvador. Lograda la victoria despu&#233;s de una lucha sangrienta que se prolong&#243; durante a&#241;os, impuso a los griegos su ley, que consist&#237;a en prohibirles el empleo de barcos tripulados por m&#225;s de cinco hombres. Era lo bastante para asegurarse contra un nuevo resurgimiento de la pirater&#237;a; pero, andando el tiempo, con la muerte del vencedor, declin&#243; la potencia guerrera de Creta y los corsarios aparecieron otra vez, multiplicados hasta lo infinito.</p><p>&#191;C&#243;mo defenderse de los mosquitos en la selva? No era m&#225;s f&#225;cil combatir a los piratas, cuya propagaci&#243;n propiciaban las circunstancias geogr&#225;ficas y el modo como se navegaba en &#233;poca tan remota. Es otra cosa que deben conocer nuestros lectores para mejor hacerse cargo. Se navegaba entonces solamente durante el d&#237;a para tener siempre la tierra al alcance de los ojos. Islas, monta&#241;as, promontorios serv&#237;an al marino para orientarse, raz&#243;n por la cual no pod&#237;a alejarse mucho de la costa. Y las noches las pasaba siempre recogido en un puerto.</p><p>Era, por consiguiente, muy hacedero para los piratas acechar la presa en las rutas m&#225;s frecuentadas y seguirla hasta su refugio. Se serv&#237;an, generalmente, de embarcaciones muy ligeras, con poco calado, para ganar a los mercantes en velocidad. As&#237;, el pesado y lento trirreme no los hubiera alcanzado nunca. Lo que pretend&#237;an los bandoleros no era siempre capturar las naves de los fenicios, sino entrar en ellas por sorpresa y llevarse lo mejor de su cargamento. Por esto las atacaban de noche, en la rada, cuando dorm&#237;an sus tripulaciones. Sabiendo donde el bajel perseguido se hab&#237;a refugiado, se deslizaban con todo sigilo hasta sus costados, protegi&#233;ndose en la sombra. Si consegu&#237;an dar muerte a los centinelas antes de haber sido descubiertos, el &#233;xito del asalto quedaba asegurado. Los dem&#225;s hombres de la tripulaci&#243;n eran cogidos en lo mejor de su sue&#241;o y degollados sin piedad.</p><p>Pod&#237;a acontecer que la fortuna les fuera tan propicia que hasta pudieran llevarse el nav&#237;o con ayuda de los mismos supervivientes de la matanza, a quienes obligaban a remar bajo una lluvia de latigazos. Pero, como no siempre salen las cosas como se han pensado, los piratas, previendo el fracaso, lo ten&#237;an todo dispuesto para escapar r&#225;pidamente. Como el malhechor de tierra adentro, que opera en descampado, conf&#237;a su salvaci&#243;n a la velocidad de su caballo, el antiguo pirata del Egeo necesitaba servirse de barcos como flechas para ponerse fuera del alcance de sus contrarios en los trances de apuro, lo mismo despu&#233;s de un abordaje que en sus golpes de mano contra las poblaciones ribere&#241;as.</p><p>Ninguna playa pod&#237;a considerarse bien defendida contra el ataque de los corsarios, constantemente en acecho. Sus habitantes, no pudiendo tener a salvo sus bienes, hab&#237;an construido en las colinas unas torres como fortalezas, donde buscaban amparo, al producirse la invasi&#243;n, para defender al menos la vida. Desde all&#237; ped&#237;an auxilio a sus vecinos del interior con humaredas si era de d&#237;a o encendiendo grandes hogueras en medio de la noche, mientras los asaltantes se entregaban al pillaje y lo destru&#237;an todo, para enseguida huir con el bot&#237;n y con los prisioneros hechos. Las ruinas de las torres levantadas como refugios se conservan todav&#237;a en la actualidad, pasados dos mil quinientos a&#241;os, por lo cual puede colegirse que deb&#237;an ser muy s&#243;lidas y resistentes.</p><div><hr></div><p>Ahora bien: si la pirater&#237;a hubo de impacientar a los fenicios, no desesper&#243; menos a los romanos despu&#233;s de la derrota de Grecia. Las guerras no dejan tras de s&#237; nada m&#225;s que la muerte, la miseria y la desmoralizaci&#243;n, sobre todo si terminan con un desastre. La pirater&#237;a vino a ser para los griegos vencidos una necesidad y algo as&#237; como un desquite. Pero no eran ellos solos los derrotados: hab&#237;a ca&#237;do tambi&#233;n Cartago, despu&#233;s de la tercera guerra p&#250;nica, de suerte que los fenicios del norte de &#193;frica, por haber perdido su poderosa rep&#250;blica mercantil, se encontraron en parecida situaci&#243;n a la de los helenos. Ambas razas reaccionaron del mismo modo, y los piratas se extendieron por el Mediterr&#225;neo.</p><p>Nada menos que cerca de un siglo tard&#243; Roma en poner remedio a este estado de cosas. Y habr&#237;a tardado, probablemente, mucho m&#225;s si los piratas, llevando su audacia a los mayores extremos, no hubieran cortado el aprovisionamiento de una ciudad que ejerc&#237;a la soberan&#237;a del mundo. Los piratas hab&#237;an herido a Roma primero en su orgullo; despu&#233;s le hicieron sentir el hambre.</p><p>La pasividad de los c&#243;nsules y del Senado romanos, que contrastaba con el poder y el esplendor del imperio, tiene una explicaci&#243;n: faltaban los marinos de raza. El tr&#225;fico por mar lo hac&#237;an extranjeros de los pa&#237;ses dominados. Y un pueblo sin tradici&#243;n marinera no se improvisa una gran potencia naval de la noche a la ma&#241;ana. Otra circunstancia vino a retardar la represi&#243;n contra los piratas: Roma se debat&#237;a en una lucha interior, la guerra civil entre los partidarios de Mario y Sila, en la que malgastaba sus energ&#237;as. Esta distracci&#243;n, pugna sangrienta, tan prolongada que lleg&#243; a ser un peligro para la estabilidad de la rep&#250;blica, envalenton&#243; a los aventureros del mar, cuya actividad hubo de acrecentarse hasta lo inaudito. Roma padec&#237;a los efectos de un bloqueo, pues no llegaba a los puertos italianos ni la tercera parte del trigo importado del &#193;frica y Egipto. El espectro del hambre hizo su aparici&#243;n.</p><p>De entre todos los piratas se distingu&#237;an por su ferocidad y su organizaci&#243;n los de Cilicia, protegidos por Mitr&#237;dates, rey de Ponto, el m&#225;s implacable enemigo de los romanos. De este modo, seg&#250;n fue pasando el tiempo, la persecuci&#243;n de naves mercantes se convirti&#243; en una verdadera guerra. Mitr&#237;dates daba amparo en sus puertos a los cilicianos y hasta les prestaba sus galeras cuando las necesitaban para mejor asegurar un golpe. Con ello, la situaci&#243;n de Roma lleg&#243; a ser desesperada.</p><p>&#8212;Algo se tiene que hacer por remediar de una vez nuestra miseria &#8212;se dijeron los prohombres&#8212;. Si terminara entre nosotros la lucha fratricida y se restableciera la unidad del poder, esos aventureros sin ley que nos acosan y nos humillan ser&#237;an aplastados como moscas.</p><p>La necesidad es una gran maestra. Roma, que se ahogaba en la pol&#237;tica y no ten&#237;a ya nada que comer, recobr&#243; su esp&#237;ritu sereno y se dispuso a cortar de ra&#237;z cuanto pudiera ser un peligro para la salud de la rep&#250;blica. El Senado volvi&#243; por sus fueros; los odios banderizos de la guerra civil fueron apagados; un general hubo de ser escogido para que planeara el exterminio de los piratas.</p><p>Dicho general fue Pompeyo, a quien se concedieron poderes dictatoriales al efecto de facilitar su labor. Conven&#237;a sobre todo que ning&#250;n impedimento legal estorbara la ejecuci&#243;n de sus resoluciones. El pueblo hab&#237;a puesto en &#233;l toda su confianza, por ser el hombre m&#225;s destacado en aquel momento cr&#237;tico.</p><p>Cuando le dijeron que deb&#237;a terminar radicalmente con el azote de la marina mercante, Pompeyo se guard&#243; mucho de contestar con una baladronada.</p><p>&#8212;Eso no es tan f&#225;cil como muchos creen &#8212;hubo de advertir. Y a&#241;adi&#243; despu&#233;s de haberlo meditado profundamente&#8212;: Tardaremos en conseguirlo.</p><p>&#8212;&#191;Qu&#233; puede durar la campa&#241;a? &#8212;le preguntaron.</p><p>&#8212;Necesito tres a&#241;os &#8212;calcul&#243;.</p><p>&#8212;Es mucho tiempo, y el hambre apremia.</p><p>&#8212;Pero yo no puedo prometer lo que no estoy seguro de conseguir. La tarea es formidable, aunque dos o tres &#233;xitos iniciales pueden aliviar nuestra situaci&#243;n. </p><p>Le fue concedido el plazo que solicitaba, y se pusieron a su disposici&#243;n todos los recursos del imperio. Pompeyo sonri&#243; satisfecho. Estaba seguro de la victoria.</p><div><hr></div><p>Los romanos, como ya hemos dicho, no eran marinos, pero pod&#237;an aprovecharse de la experiencia adquirida en el mar por los naturales de otras tierras conquistadas por Roma. Quiere esto decir que encontrar buenos pilotos, siendo tantos los extranjeros sometidos al poder imperial, no presentaba la menor dificultad.</p><p>&#8212;Los marinos no son los que deben dar la batalla &#8212;se dir&#237;a Pompeyo&#8212;. Constituyen un elemento auxiliar indispensable, que me proporcionar&#225;n los mismos pueblos de donde proceden los piratas, y la fuerza de choque la encontrar&#233; en mis legiones.</p><p>En efecto, los soldados de Roma, vencedores en todas partes, pod&#237;an combatir como compa&#241;&#237;as de abordaje, asegurando el &#233;xito de la campa&#241;a con su disciplina y su valor, con tal de que sus naves fueran conducidas por navegantes expertos. Pompeyo comprendi&#243; que, siendo innumerables los nidos de piratas, la tarea de ir destruy&#233;ndolos uno a uno, hasta limpiar por completo el Mediterr&#225;neo, pod&#237;a durar m&#225;s que su vida.</p><p>&#171;El plazo que se me concede es de tres a&#241;os: tengo el tiempo limitado&#187;, hubo de recordar. Pens&#243;, en consecuencia, simultanear los ataques, esto es, emprender la persecuci&#243;n de los merodeadores desde distintos puntos a la vez. Reunidas las galeras necesarias, dividi&#243; la poderosa escuadra en varios grupos, que operar&#237;an cada uno en una regi&#243;n diferente del Mediterr&#225;neo occidental. De este modo, la campa&#241;a iba a comenzar al mismo tiempo en las costas de Hispania, de la Galia, del &#193;frica, de Sicilia y Cerde&#241;a. Se dejaba para m&#225;s tarde el atacar a los piratas en sus nidos m&#225;s antiguos del Egeo y del Asia Menor. Pompeyo se puso al frente de las fuerzas destinadas al &#193;frica, mientras otros capitanes empleaban las suyas en la Galia e Hispania.</p><p>El &#233;xito obtenido desde un principio rebas&#243; ampliamente los c&#225;lculos m&#225;s optimistas. Los marinos extranjeros puestos al servicio de Roma cumpl&#237;an con su obligaci&#243;n, y el empuje de las legiones era incontenible. Bastaron cuarenta d&#237;as para barrer todo el bandidaje establecido entre el estrecho de Sicilia y el de Gibraltar. Y la represi&#243;n fue muy dura, porque se buscaba deliberadamente la ejemplaridad de un castigo terrible.</p><p>La segunda parte del programa, es decir, el traslado de la acci&#243;n represiva a la otra mitad del mar infestado de corsarios, vino inmediatamente, sin dar respiro a los perseguidos. Estos hu&#237;an del mar abierto para refugiarse en el laberinto de sus islas, en las costas recortadas y de senos profundos, donde ten&#237;an sus fortalezas, dejando libres las rutas del trigo, con lo cual pudo la Roma fam&#233;lica remediar su penuria. Pero Pompeyo no se daba por satisfecho. Habiendo advertido que el p&#225;nico de los piratas iba en aumento, no quiso aplazar la obtenci&#243;n de una victoria total que ten&#237;a ya a su alcance. Deb&#237;a aprovechar aquellos momentos de terror, si bien, con muy buen consejo, prometi&#243; ser clemente con todos los que se entregaran sin combatir.</p><p>Esta pol&#237;tica astuta produjo el efecto apetecido: la resistencia encontrada fue muy escasa, salvo en Cilicia, donde los piratas protegidos por el rey de Ponto se defendieron como leones. Fueron tambi&#233;n vencidos, sin embargo, y el rencoroso Mitr&#237;dates hubo de ver con espanto c&#243;mo se iban rindiendo todas sus naves y tambi&#233;n sus puertos. No tres a&#241;os, sino tres meses, hab&#237;an bastado a Pompeyo para limpiar todo el Mediterr&#225;neo, cuyos caminos comerciales, de una importancia vital para el imperio, podr&#237;an ser recorridos por los mercantes sin otros riesgos que los derivados del estado del mar. Veinte mil piratas prisioneros y otros diez mil muertos en los combates dan idea de la extensi&#243;n del mal por fin vencido. Todos los refugios y astilleros de los corsarios quedaban destruidos, as&#237; como sus barcos, de los cuales los romanos pudieron capturar cuatrocientos en buen uso, pero m&#225;s del doble estaban en el fondo del mar y otros tantos hab&#237;an sido pasto de las llamas.</p><p>Pompeyo se estableci&#243; en Cilicia, sometida a Roma, y no extrem&#243; su rigor en los castigos por estimar que la clemencia reforzaba su poder. El ensa&#241;amiento en la represi&#243;n puede tener por causa el instinto vengativo y sanguinario del que la emprende, pero m&#225;s frecuentemente descubre el miedo de un tirano que se cree rodeado de enemigos.</p><p>&#8212;Si vuelven a levantar cabeza los piratas, no ser&#225; en mis d&#237;as &#8212;aseguraba su vencedor.</p><p>Ni en los suyos ni en los de Julio C&#233;sar, que le sobrevivi&#243;. Pero, despu&#233;s de la muerte del gran conquistador, ocurrida en el a&#241;o 44 a. C., la pirater&#237;a hubo de renacer para extinguirse m&#225;s tarde por s&#237; sola con la ca&#237;da de Roma y la disgregaci&#243;n de su imperio. Pasar&#237;an m&#225;s de mil a&#241;os durante los cuales, por no haber comercio mar&#237;timo, el pillaje en el mar se hizo imposible. Para que existan ladrones es preciso que se pueda robar algo. Al desaparecer el bot&#237;n, se acabaron los piratas.</p><p>Pero no para siempre.</p>]]></content:encoded></item></channel></rss>